Este lo quiero, dijo el jefe de servicio. El delegado sindical a quien venía dirigido la orden no tuvo ni tiempo de recibirlo en el local justo detrás del mostrador donde estaba yo apretando de vez en cuando sobre un botón que abría la esclusa de seguridad dando libre paso en el mismo servicio de seguridad de la empresa ferroviaria. El jefe se lo habían colocado hace muy poco en el servicio para que lo reformara. Tenía el grado de coronel en la gendarmería y no estaría muy lejos de la jubilación. A mí, la verdad, me caía bien, el coronel. No andaba con remilgos. A todos estos corruptos de la empresa les iba a devolver en el recto camino. Quiso el delegado que entrara en el despacho para hablar más tranquilo del asunto. El jefe se quedó firme y sólo añadió que si querían el seminario en Bretaña — el jefe era bretón — y se fue. Yo sólo sé que se fueron, muy poco tiempo después, todos los delegados sindicales del servicio de seguridad, a Bretaña. En cambio, no supe nunca nada de este pobre tipo que confiara en el sindicato para defenderle. A mí me pusieron en aquel puesto por esto de la reforma, por pura incompatibilidad o rechazo de los equipos de seguridad que actuaban en las lineas ferroviarias, sin precisar, claro está, que era sólo con los corruptos, no con los demás, que yo no me entendía, pero esto muy bien se lo supiera el coronel que me saludaba al paso, que era como un guiño que me hacía, que era como para decirme lo que le era impossible decirme: "tú veras lo que se les voy a hacer yo a estos corruptos". Mi caso no se podía defender pero el coronel llegó a sugerirme que mejor yo no volviera "al terreno", que allí me esperarían los muy bribones. Era un militar con un sentido de la misión. Iba a cumplir con ello y con ellos. El ex jefe de servicio y jefe de los corruptos fue desplazado para que él pudiera intervenir. Era de suponer que el orden venía de más alto. Una decisión política. De vez en cuando, y ya habían tardabo mucho, tenían que hacer la limpieza como en cualquiera casa. Olía mal. Olía a borracherías, a orgías, a todo tipo de fraude, de estafa, de falsificación. En que lios me habré metido, se diría el jefe de servicio, cuando se enterara de todo. Qué desilusión también sería la suya si quería ahí encontrar como una fraternidad de armas, ahí donde sólo había complices y vil secuaces. Lo veía pasar cada vez más tenso, más nervioso, menos seguro. ¿Tendrán razón de él? Cuando dando al botón para que se abra la esclusa de seguridad reconocía al coronel casí lamentaba haberle abierto las puertas del infierno, porque yo creía más al infierno que al paraíso, refiriéndome precisamente a este lugar que abrigaba las fuerzas de seguridad del metro por donde se accedía solamente después de bajar (estaba al nivel menos dos debajo tierra si bien recuerdo) muchas escaleras y que sólo alumbraba la luz eléctrica, o sea donde nunca entraba el sol ni se veía el cielo. Ahí perdiera el coronel su sentido de la misión como una clara visión de la civilisación humana, en este dédalo de corredores que no llevaran a ningún sitio sino al infierno. El delegado sindical era otra cosa. No era una persona mala, aunque eso de las personas malas no quiere decir nada porque personas malas pueden hacer el bien de algunos cuando personas buenas pueden hacer el mal de algunos y entonces se jugaran como buenas o malas según el bien que a uno le hace, lo que no quiera decir nada en cuanto si son buenas o malas. Acababa de hacerme mucho daño Luisa mi ex por eso del divorcio donde se refirió a mí su abogado en términos muy malos cuando no había para tanto. Me resistía sin embargo a que Luisa pasara del campo de las personas buenas a las personas malas por eso del divorcio y del abogado. El delegado sindical era de trato amable, se notaba que le gustaba la vida y las personas humanas, relacionarse con ellas y si afinidad tener relación con ellas, fuera o no esta extra conyugal. Era un hedonista en el sentido bueno de la palabra. A la relación conflictiva había preferido la relación conciliadora y por ende había dejado "el terreno" para su despacho donde acudían los desahuciados, los lastimados, en fin los perdedores a quien daba o devolvía no tanto la ilusión de que ganaran sino que él les escuchaba, lo que tampoco era del todo cierto porque además de su mujer a muchas atraía su estatudo (puesto en el sindicato, se notaba que iba a medrar) como su persona. Vestía bien, hablaba bien, también sabía callar muchas cosas, era un listillo de primera. Removía "dossiers" (era antes de la informática) y corría en los corredores del servicio de seguridad con igual de prisa que el coronel. Era curioso que estas dos personas tuvieran que relacionarse y más que pudieran entenderse. Hablaran como dos idiomas distintos aunque usando las mismas palabras, incluso cuando pensaran estar de acuerdo no lo estaran. No se enfado conmigo el delegado sindical cuando me negué a tomar la carta de la CGT, muy bien se sabía el listillo que mi caso era indefendible o sea que tenía más que perder que ganar en defenderme. La verdad, no se arriesgara él el pellejo por nadie, era un buen vividor, que se le iba a hacer, casí se lo podía entender: no se sentía como el coronel investido de una misión, no tenía que cumplir una orden, en fin no era un militar sino más bien un político o más afín con lo político que con lo militar o sea más sobornable. No eran muy altos los dos, más pequeño él todavía aunque se mantuviera más recto como si fuera él el coronel mientras el coronel iba un poco encorvado, esto sin duda por el peso de los años o de la carga debida a su autoridad y sentido de la responsabilidad. Y si todos los caminos llevan a Dios más torcidos serán sin lugar a dudas los del hedonista a quien tanto le gustaba la vida y las mujeres porque sin lugar a dudas los que llevan a Dios también llevan a la muerte y con rectitud más promptitud, que era esto más conforme con el andar de un coronel cerca de la jubilación. Este lo quiero, dijo el coronel. Es este lo quiero que me queda como lo más notable y desdichado del coronel. Aprendí luego que este lo quiero se dirigía a un pobre desgraciado, librado al coronel, para acallar el descontento de quien más logros no alcanzaba, y cómo iba a alcanzarlas (presas más codiciadas) si beneficiaban de protecciones que él ni siquiera se pudiera imaginar. Además este lo quiero me devuelve a mi propia puesta a la reforma o exclusión del servicio de seguridad. Alguien a mi encuentro habra también dicho: este lo quiero, y desgraciadamente para mí este fuera todavía de más alto rango que el coronel de gendarmería que no pudo nada por mí sino esta pequeña complicidad tácita que aquí refiero y tal vez no hubo lugar más que en mi imaginación.
dimanche 14 avril 2024
vendredi 12 avril 2024
La invasión
Lo sospechaba. También lo temiera. Lo temiera más que lo sospecharía. Se lo dijo el pequeño hombre en el gimnasio donde intentaba mantener la poca salud que le quedaba. Quien hubiera sospechado que había hecho el Tchad y otras temibles campañas militares. Estuvo en Nouvelle Calédonie. Qué casualidad porque él había de niño estado allí con sus padres que formaban parte no del cuerpo militar sino académico, eran maestros de la enseñanza pública. El pequeño hombre había además pasado de un cuerpo a otro, pero con los últimos acontecimientos y a pesar de que era de salud precaria había reintegrado las fuerzas armadas. Se lo dijo a él entonces que no alcanzaban ya sus fuerzas como todas las fuerzas armadas que se oponían a la invasión. La ola de emigraciones desbordaba, invadía las tierras, todas las tierras, como un maremoto, como un Tsunami, o al mismo tiempo que las aguas que subían las invadían, porque al desastre ecológico se sumaba un desastre humano y al elemento añadían sus fuerzas igual de irreprimibles e irracundas, no había quien le resistiera, no era solo una fuerza humana era una fuerza natural contra la que no se podía luchar. Iban a ceder, dijo el pequeño hombre, todas las fronteras como si fueran vanas barreras, vanos diques que se le opusieran a la fuerza del mar. Sí, era de sospechar. Y mientras todos hablaban del peligro amarillo él lo veía más bien azul como las aguas o negro o de cualquier otro color que no fuera blanco porque ya el blanco vivía como atrinchado y demasiado seguro de sus trincheras como de sus barreras, comodamente y por qué no decir condenadamente sentado detrás e ignorando medio mundo pobre, miserable, subdesarrollado como lo llamaban con o sin desprecio, pero sobre todo expuestos a todo tipo de calamidades climáticas o no climáticas. Ahora no era el pequeño hombre que todo asustado y temblando le hablaba sino Nakédé Pierre su amigo Kanaki de Nouvelle Calédonie. Qué casualidad, qué bien, tú aquí Nakédé Pierre mi amigo de la infancia. No hay amigo ni Nakédé Pierre que valga, le respondió Nakédé, con este nombre que le sentaba ahora como un nombre de guerra. Ya no tenía, le dijo, por qué ser su amigo como de ser amigo de los blancos como él, ni de llamarle Kamadja como lo llamaba en aquel entonces, basta ya de Kamadja, basta ya de fantasía, se trataba de sobrevivir y cuando se trata de sobrevivir es sálvese quien pueda. Y de nuevo se hizo oir, aunque con voz más debil y bajita, el pequeño hombre que repetía como una letanía: que no bastaba ya su fuerza como todas las fuerzas armadas que se oponían a la invasión. Y fue entonces cuando él se dio cuenta de que sangraba el pequeño hombre, pero no sangraba sólo el cuerpo del pequeño hombre desfalleciendo sino el corazón y el alma del pequeño hombre desfalleciendo, que ya se hacía tan grande, que ya abarcaba a toda la humanidad.
lundi 8 avril 2024
El tipo
Sería cosa de contar, no sé. Hoy jugué con un tipo de Noisiel porque en Noisiel participé a un torneo de ajedrez, y digo tipo porque pertenece a un genero que llamaríamos tipo o porque así me gusta llamarlo. Estaba muy nervioso, por eso de perder o mejor de no perder y se relajó luego porque me ganó pero no por eso dejó de ser un tipo. Casa, coche, tal vez mujer, hijos, no llegué a saberlo, pero sí vida tranquila y vuelta al ajedrez una vez jubilado, hay que ocuparse. Cuando se dice tipo quiere decirse tipo normal y corriente. Bueno sí, por qué va a ser malo, tampoco muy simpático, los tipos no suelen ser muy simpáticos tampoco muy antipáticos, normal, normal y corriente el tipo. También tal vez digo tipo porque falto de vocabulario descriptivo para afinar el tipo que no era grande ni pequeño o sí más bien pequeño. Le dí un apretón de mano al final de su partida ganada para que se alegrara y relajara un poco y un poco se alegró y relajó, pero no mucho. Hay un cita de Walter Benjamín por Joan Juaristi antes de su poema In Memoriam Gabriel Moral Zabala que dice así en referencia a la vida de cada uno: " ... casi todos los vínculos fuertes que ha padecido en ella tienen su origen en hombres sobre cuyo carácter destructivo está todo el mundo de acuerdo." Pues no, perdona Jon Juaristi o perdona Walter Benjamín, pero yo lo padecido más lo debo a los tipos, y no lo digo por eso de la partida que me ganó, aunque también lo diré, quien sabe, por la partida que perdí. Este sabor amargo de la vida como también este color gris se lo achacó a los tipos que llevan vida normal y corriente, ligeramente aburrida o divertida. Nunca conseguí deshacerme de ellos por completo. Llegarón a arruinarme no sólo la partida pero la existencia. Siempre me sentí muy desarmado como muy desahuciado frente a ellos. Dan la pauta donde yo suelo meter la pata. No lo hago adrede pero disconforme. Lo toman todo con mucha seriedad o gravedad, de vez en cuando saltaran una broma bebiendo una copa. Me pareció el tipo ser buena gente, los tipos son buena gente, pero por donde asirlo, persona escurridiza, no se libra, o no tiene asidero. El tipo quiso que analicemos la partida y fuimos en una sala un poco apartada de la donde se seguía jugando. Quería aprender de mí, en lo que toca al juego claro, beneficiarse de una experiencia, de un saber que se limitara al ajedrez. Tanto años de trabajo compartiendo competencias, granjeando competencias, con este ahínco para medrar. No tardó mucho entonces en darse cuenta que no era yo la persona idónea para lo que se proponía. Le felicité otra vez al tipo que se fue sin pedir más análisis y me fue entonces con este libro: Poesía reunida de Joan Juaristi, que lo tenía en la mochila en caso de emergencia o como premio de consolación, para leérmelo en el tren, luego me la jugué de poeta (a ver si me salía mejor que el ajedrez) y del mismo boli con el que escribí en la hoja de la partida me salió otras malas jugadas como las que nos depara la vida: Del existir/ El duro reprimir/ Cuántos concurren/ En su modesto vivir/ A nuestro morir/ A nuestro morir/ Sin tregua/ Formidable rompecabezas/ Entrañable ser para la muerte/ Maldad congenital/ Estrambóticos pareceres/ Y este fluido del desaparecer/ Corre sin aparecer/ Mientras tanto malas noticias a telediario/ Amordazada hiena tienes tanta pena/. Se me fue sin embargo todo en el tren ya que el tipo no estaba ni cualquier otro tipo pero sí esta mujer que tenía un tipazo como para olvidársele uno de todo, de todos los tipos, pero no hablaré de esta mujer aunque le encontré en el tipazo esta metafísica profundidad que por mucho que reflexione no la alcance el tipo. No, decididamente no me gustaba este final. Joan Juaristi decía también que no le gustaba la idea de que haya escrito todo un poema para solo este retruecano del final. No no había escrito solo para esto de tipo y tipazo. Además no era esto la verdad de la historia sino que dejé de mirar a la mujer cuando me dí cuenta que a los tipos le tienen que gustar las mujeres con tipazo.
samedi 6 avril 2024
Moby Dick la ballena blanca
Vino a la isla con Moby Dick la ballena blanca. No le habran comprado todavía esta camiseta con flores que así vestido y con vaquero se lo veía en la foto. Era en aquel entonces un niño pálido y triste con más cabeza que cuerpo, tan menudo y delgado era como si la camiseta de flores la sosteniera una percha pequeña. Había desaparecido dicha foto como empezaban a desaparecer los recuerdos relativos a esta época remota de su vida. Apenas si acababa al llegar a la isla su lectura del libro de Herman Melville. No se acordaba haber leído otro en los seis años que pasó sobre la isla ni siquiera que fuera a releerlo. Quien sabe si se habra metido en la cabeza vivir las aventuras que en el libro había como de ver a Moby Dick la ballena blanca porque qué casualidad haber llegado justo en estos parajes salvajes con selva y océano y indígenos y blancos con caras de corsarios o piratas, en fin se le aparecían todos con rostros tan patibularios, esto fuera seguramente el resultado de su lectura o de su imaginación infantil. Trató en aquellos años de tener tanto valor como Ismaël que había embarcado en el ballenero cada vez que salía de pesca con su padre. Y no le resultaba nada fácil como aquel día en que su padre le dijo de coger la palanca metálica, esta barra de hierro que reposaba en el fondo del barco, una herramienta de trabajo utilizada en la minería pero que él vio manejada por los Kanak más que por mineros (aunque también los había) para excavar y desterrar plantas comestibles como el ñame o boñato. Le pesaba mucho, apenas si tenía fuerza para levantarla como si fuera a asestar un golpe terrible, a arponear lo que le resistía a su padre. Habra que decir que su padre estaba en esta edad madura donde el hombre más fuerza tiene. Además su padre que no conocera la vejez siempre había sido un hombre fuerte y lo quedara hasta su último respiro. Este supplemento de energía suya solía producir violencia como en los elementos cuando soplaba demasiado fuerte el viento que levantaba el mar, y lo temía a su padre como se temía en la isla el ciclón y su fuerza devastadora. Por eso no se negó en empuñar y blandir la palanca cuando se lo mandó y fue mucho antes que saliera el monstruo marino su cabeza de las aguas de un mar agitado y ensangrentado porque tiraba muy fuerte del hilo de pesca que si no fuera tan grueso no se hubiera resistido. Se acababa dicho hilo por un cable de acero. Más que de pesca se pudiera hablar de caza. No se cazaba la ballena blanca pero sí el tiburón azul. El mar estaba un poco picado culpa de los vientos alisios. Tambaleaba mucho la barca y más porque tiraba mucho el tiburón sin contar con el peso de su padre en este lado del barco donde trataba de sacar del agua al tiburón azul. Ya se le veía como ensombreciendo la superficie del agua con la enorme masa de su cuerpo todavía en las profundidades, a algunas metros de profundidad de un agua limpica y cristalina como era la del Pacífico en la que se podía ver muy lejos y muy adentro. Sangraba la bestia herida y nerviosa y cansada que ya estaba a punto de emerger a la superficie. Más de una hora agotadora para los músculos de su padre y para sus nervios a él fue necesario para que se acercara al costado de la embarcación. Le tocaba entrar en acción. Pegó un salto el tiburón cuando él le pegó con la palanca sin que esta se adentrara en su carne. El barco se inclinó peligrosamente y la boca abierta del tiburón pasó muy cerca de su propia cara de niño asustadísimo. Se le temblaban las piernas que se habían puesto muy flojas y fue a punto de caerse al agua donde el tiburón le esperaba porque también para él al tiburón le animaba un espíritu de venganza y mucha violencia, también el tiburón estaba herido, porque él nunca se explicó bien tanta violencia en uno si uno no fuera herido. Su padre estaba herido, su hermano estaba herido, los Kanak estaban heridos, y a veces también los elementos como si toda la isla estaba herida, y esto se lo explicaban muy bien los Kanak porque los elementos como toda la isla estaba habitada por los espiritus de los ancianos que sin lugar a dudas fueron también en su tiempo heridos.
Pero bueno él vino a la isla con Moby Dick la ballena blanca y se iba a ir de la isla no habiéndose topado más que con los Kanak y los tiburones sin que apareciera Moby Dick en persona. Se acordaba que en el libro pasaba igual, tantas páginas sin verla, de casi exasperada y desesperada lectura porque no se la veía asomar. Llegó casi a olvidarse de ella como de los tiburones porque se fue al pensionato que estaba en la ciudad. Tenía que estudiar y leer libros que no tenían nada que ver con Moby Dick la ballena blanca y ni siquiera con el tiburón azul. Lloraba como un niño aquel día que su padre lo dejó solo al pensionato y era para rato, para seis años de pensionato que sonaban a seis años de encarcelamientos, de colonia penal como la que hubo antaño en la isla seguramente para corsarios y piratas o por lo menos para personas que tendrían caras de corsarios o de piratas y era ahora con su progenitura que él tendría que convivir en el pensionato y con los Kanak. Le pidió entonces a su padre que le dejara libros porque para él todos los libros eran libros de aventuras que le hablaran de lo que pasó con Moby Dick la ballena blanca. Desgraciadamente su padre volvió con La gloire de mon père y Le château de ma mère que eran dos libros de Marcel Pagnol pero donde no aparecía Moby Dick la ballena blanca. Dejara entonces él de leer libros por mucho tiempo que pasó triste y desengañado y lejos de los suyos y sobre todo de la ballena blanca. No se daba cuenta que le daba ilusión volver a verla como la había visto en el libro de Herman Melville porque no llegaba a diferenciar en estos años lo que era ver con sus propios ojos y lo que era ver con los ojos de la imaginación. Un día le llegó la noticia del fin de su pena. Iba a dejar el pensionato porque iban a dejar la isla. Acogió la noticia con una mezcla de pena y alegría: había vivido muy mal en tan corta edad la separación con los padres, prefería incluso las palizas del padre a los malos tratos del internado que era a sus ojos como una colonia penitenciara para niños; pero por otro lado se agotaba la posibilidad de ver a Moby Dick la ballena blanca. Fueron las últimas vacaciones sobre la isla y no se perdía él ninguna ocasión de salir de pesca con el padre por si acaso... Se habra adivinado el padre el sueño del hijo porque un día en vez de ir de pesca invitó a toda la familia en el barco, que les iba a enseñar algo. En la desembocadura del río en vez de dar por la izquierda y en la primera bahía que llamaban tranquila porque protegía de los alisios dio por la derecha. Primero había que rodear el transbordador que así se llamaba el puente con cinta transportadora que derramaba el nickel de las minas en chalanas que luego lo llevaran en buques amarrados en aguas más profundas allí en "la baie tranquille". Nunca él había ido por este lado, a la derecha del transbordador, y no lo entendía porque era como un callejón sin salida, no daba en la alta mar sino que estaba rodeado de estas mismas montañas donde se explotaba el níquel o este mismo puerto de montaña donde pasaba tambaleándose peligrosamente el autobús que los llevaba al pensionato en estas horas tempranas en las que se les llevaría también a los de las colonias penitenciarias. Era como de mal aguero tirar por allí. Sintió angustia. No eran tampoco sitio de pesca que se buscara por estos parajes tan desolados, tan mugrientos porque el níquel que no caía del transbordador a las chalanas caía en las aguas del Pacifico, lo ensuciaban, mataban al coral, le quitaban fondo. Pero el barco surfeando en las aguas debía aproximarse a su meta porque su padre le quitaba velocidad al motor. No se veía nada. Aguas oscuras y las montañas cerrando la vista y su inmensa sombra en las aguas reflejada y como amenazante. Además un cielo encapotado. No estaría muy lejos la estación de las lluvias. De súbito una mole impresionante como un promontorio salido de las profundidades del agua como de años oscuros, como de un tiempo remoto y prehistórico y un olor fuerte, a muerte, a carne podrida pero de una podredumbre que remontara a siglos pasados, tal vez a los tiempos de la pesca de la ballena porque era la parte emergida de una ballena muerta. Aquí donde nunca iban fuera a parar, a encallarse, Moby Dick la ballena blanca, por eso nunca se la encontró en los seis años pasados sobre la isla y cruzando por sus mares con el barco del padre. Le dio más pena que estos barcos que se quedarón varados en puertos abandonados porque ya no habría pesca, porque ya habría muerto Moby Dick la ballena blanca.
jeudi 4 avril 2024
La Comuna de París
Había llegado a realizar el sueño de la Comuna (de Paris) que fue duramente reprimido, se dijo, luego de ver la película y lamentar tantas vidas sacrificadas para nada, para que las generaciones que vinieran luego fueran igual de mal tratadas, igual de laboriosas, igual de poco y mal educadas, igual de vidas precarias y malos condiciones de alojamiento. No era que él viviera muy bien pero ya no trabajaba para vivir muy mal. Sorprendió a todos, en mal, claro, cuando aceptó de su empresa la indemnización por despido improcedente, que le dejara apenas para vivir lo que le quedaba de vida pero nunca se arrepintió de ello. Es cierto : encontró a Sylvia, pero la vida no está hecha solo de trabajo sino, gracias a Dios, también de encuentros. Sylvia le hizo abandonar su estudio en el barrio rojo cerca de la Bastille, el undécimo distrito de París, qué casualidad que fue allí donde un poco más de un siglo más tarde tuviera que realizarse el sueño de la Comuna por su rebelión, aunque no fuera colectiva sino personal, aunque no fuera ruidosa sino callada, aunque no fuera violenta sino tranquila, y por todas estas razones concurrieran a que no fuera reconocida. No quita que él se decía que si todos siguieran su ejemplo tendría que cambiar la sociedad cuando era la sociedad la que los cambiaba a todos: no quisieran vivir todos como él vivía entonces por qué toda esta envidia a su encuentro, por qué le trataban de vago si todos soñaban por las vacaciones o jubilarse como también y paradójicamente pudieran despreciarle por no tener coche ni casa en condición ni estatuto social ya que no trabajaba. Qué poca ambición la suya, por cierto. Por cierto se había negado en subir los escalones de su empresa para llegar a jefe, se había negado en subirse encima de los demás pero también a ser aplastado por los que estarían por encima de él. Luego se encontraba solo, muy solo, tan solo como había actuado, porque le echaran encima la culpa: era el resultado de su actuación pasada su situación presente, no lo negaría él pero que no le vayan ahora a hablar de libertad cuando él solo era capaz de pagar el precio de la libertad, cuando él solo sabría que no se podía ser libre en una sociedad que no lo era y que por ende para ser libre había primero que liberarse de esta sociedad por mucho que le costara a uno: porque no se iban a creer tampoco que no había un precio que pagar y este precio podía llamarse el odio de algunos, el desprecio de otros, y el reconocimiento de ningunos, la indiferencia de todos. Sí por cierto vino Sylvia y por Sylvia dejó él su estudio del undécimo distrito de París para vivir en el apartamento de Sylvia en Saint Maur, pero ahora que Sylvia estaba enferma añoraba su alojamiento aunque fuera más pequeño, ahí habían pasado los dos los mejores momentos de su vida, ahí hicieron el amor con más frecuencia que luego en Saint Maur, y cuando pagaba el sindico de la residencia añoraba también el modesto alquiler del piso de Bastille. Fue una condición sine qua non, un logro en el contrato de despido con su empresa: que se quedara con este estudio que beneficiaba de un alquiler barato. El otro logro fue la tarjeta de transporte porque su empresa era una empresa de transporte. Con demasiado poco dinero viviría él para tener un coche o alojarse en París: era París carísimo para quien no beneficiara de una ayuda de su empresa. Todo esto que ganó era como ganar la pobreza pero una pobreza humilde y digna y libre. Había que hacer hincapie en todo ello, el balanze de lo que se ganaba y de lo que se perdía y en vista de lo que se perdía muchos habran puesto la marcha atras, no él. La honradez, la honestidad burguesa se perdía, también la obrera: la del que se ganaba la vida con el sudor de su frente. Esto se le echaran encima con disimulada envidia. Decían en la película sobre la Comuna de París (1871) que el trabajo no era un fin en sí mismo. Se lo habran olvidado desde entonces los que reclamaban el pleno empleo como también, como si iba de pareja, una política de cero tolerancia: a qué sociedad represiva se llegaba, a qué sociedad represiva no quería él participar, qué tomaran acto de su defección, le daba igual pero muy bien se lo hacían pagar: se lo merecía pensaran y él a ellos: su coche de mierda, su casa de mierda, su vida de mierda. Pero en verdad no llegaba él a ser tan violento con ellos, seguía tratándoles bien, pensando que tal vez la solución que él había adoptado no podía valer para todos y que era por eso mismo que había fracasado la Comuna: no había que obligarles a todos a vivir como uno vivía ni a pensar que el sentido que uno le daba a la vida debía de ser compartido por todos. Su llamaba era una llamada a la tolerancia cuando la sociedad se ponía cada vez más rígida, más conflictiva, más a la defensiva, como si de nuevo se estaran subiendo las barricadas. No, no quisiera él participar a una efusión de sangre, lamentar de nuevo tantas vidas sacrificadas para nada, para que las generaciones que vinieran luego (y es a todo lo contrario que pretenden) fueran igual de mal tratadas, igual de laboriosas, igual de poco y mal educadas, igual de vidas precarias y malas condiciones de alojamiento. Que hicieran como él, no más, que desistieran de una sociedad que no estaba hecha para ellos sino ellos para ella, para que los comiera más que para que ellos comieran, sin otro escandalo que el de una vida que quería vivirse plenamente en conformidad con lo que uno es y no en conformidad con lo que la sociedad es, esto era la única lección que él quería aprender de la Comuna y pagar con su vida como ellos pagaron con su vida el sueño que con ellos compartía.
Referencia:
La Commune (Paris 1871)
Un film de Peter Watkins
mardi 2 avril 2024
Todo era mejor que no tener padres
Todo era mejor que no tener padres. Tenían padres dos meses al año y no querían que se acabasen tan pronto estos días de verano, de mar, de salvaje libertad, de reales como imaginarias aventuras, de peligrosas tentaciones, de solitarias masturbaciones, de hermandad con peleas, de árboles frutales porque había el cocotero y el plátano y el guayaba y el mango... Había el pequeño pueblo minero y un poco más allá la tribu como había el río con su agua sucia y salobre y luego el mar de agua cristalina, el pasaje sucio al mundo abierto y desconocido y virgen o así lo mirarían: con mirada nueva y fresca. Todo era mejor que el pensionato, aún las palizas, el cinturón del padre, la inevitable presencia del tiburón en las aguas del Pacífico, la inevitable presencia de los mosquitos en las húmedas y calurosas tierras tropicales. No se pudiera decir tampoco que fueran felices pero con la inocencia de la infancia lo más anodino, lo menos relevante, podía tomar proporciones limítrofes, confinantes, a estas regiones por donde solían transitar como almas ligeras los menores de edad sin sentir todavía el peso de la existencia.
El padre y con su ayuda, la de los dos hermanos, había sacado el barco del agua que parecía tronar sobre su remorque en este baldío que había delante de la casa. Lo veían más grande que nunca, domninándoles mejor que el mar, que el mar con sus olas, y les daba mayor confianza en confiarle sus pequeñas vidas, a embarcar de nuevo para nuevas aventuras marítimas. Un musgo verde, algas, se le habían pegado al casco, en su parte submergida. En esto consistiera su tarea, en quitárselas, les dijo el padre, que les dejó antes de irse unas pocas herramientas y enchufó al grifo la manguera de jardín. Tenían que alzar sus pequeños brazos para alcanzarle con un cepillo, una esponja enjabonada, y acabara el lento y menudo trabajo un profuso chorro de agua. Les apareciera de nuevo como cuando lo vieron por primera vez en Nouméa distinguiéndose entre otras embarcaciones de recreo y se imaginaban lo agradable que sería cruzar con él las aguas del Pacífico. Su casco era del color de la naranja o mejor de la mandarina que tanto les gustaba. Así les corría prisa de quitarle su velludo terciopelo verde. Gracias a ellos recobrara vida y su deslumbrante belleza. Luego subieran al barco para quitársele estas manchas de sangre y pegajosas escamas dejadas por fabulosas pescas a las que desgraciadamente no pudieron asistir durante los meses de pensionato, pero ahora sí se decían mientras frotaban, el padre se los tenía prometido, mejor los necesitaría. Estaban prometidos, como los grumetes embarcados de niño, a vivir aventuras: no había leído él a Moby dick la ballena blanca, y a historias de piratas. No soñaba tanto Bernard. Le llevaba él un año y medio a Bernard, pero Bernard era ya casí un adulto, lo tomaba todo con esta gravedad propia de los adultos, también ya había en él esta violencia del padre, incluso en sus rabias de niño había indicios de lo que se iba a convertir pronto en temibles e irreprimibles iras. No, Bernard no compartía sus sueños que eran como el material, los ladrillos constitutivos de la última barrera o pared que todavía le protegía a la vez que le prohibía el paso hacia el mundo de los mayores, mejor que se fuera Bernard para que no se le viniera todo abajo, que en Bernard ya estaba en ciernes la obra demoledora, destructiva, del tiempo: que no se construye un hombre, que un hombre surge de los escombros de la infancia. Pero se quedó con él Bernard que ahora con la manguera de riego y porque pegaba mucho el sol y porque eran niños, que les gustaban jugar como también pelearse, en vez de dirigirla hacia el barco Bernard la volvía contra él, se la cogió, se la disputó, en pocos minutos estaban hecho los dos una sopa, pero de nuevo ponían mano a la obra que era para él como acariciar el casco del Rocca, que era la marca del barco, era muy bien perfilado y a la vez suavemente incurvado; era de ver como cortaba el agua pero al aire libre sonaba como un animal manso o por lo menos en reposo que mejor le correspondía a él que lo sea y a este fin le parecía que lo estuvieran domando. Algo tardó en aparecer la figura del padre que mostraba su sonrisa de los mejores días y fue entonces cuando él pensó que todo era mejor que no tener padres. La madre les había preparado la comida. Había langostas. De noche por el arrecife se dejaban deslumbrar y coger las langostas. Las comerán con mayonesa o alioli. Al pensionato nunca comían langostas. Las langostas perdían sus colores y reflejos azules y se ponían rojas al calor del fuego cuando hervían en la olla grande donde cabían cinco porque eran cinco con el hermano pequeño. Que las langostas perdieran sus colores y reflejos lo lamentaba él y pensaba que eso no ocurría sino todo lo contrario con el barco que parecía revivir y recobrar sus colores cuando se le salía del mar como si el agua no fuera su elemento natural. Pero al primer bocado trocaba la belleza de las langostas por el sabor carnal de las mismas langostas una vez pasadas por agua hirviendo. Tanto el padre cuando echaba el barco al agua como la madre cuando echaba las langostas al agua hirviendo tiraban al suelo este mundo poéticamente habitado donde las langostas tendrían reflejos azules y el barco el color de la naranja o mejor de la mandarina. Sin embargo le habrían ayudado así no más, pescando el padre, cocinando la madre, a ser un hombre de verdad, a entrar de lleno en el mundo de los adultos, pero sólo tendrían él y su hermano Bernard — porque el pequeño se quedara con ellos en casa — padres dos meses al año no más.
dimanche 31 mars 2024
Eliot
Eliot. Tanto tiempo sin verte, Eliot. No me contestó. O sí a su manera perruna. Ni siquiera con un ladrido. No ladraba mucho Eliot. Pero con esta mirada muy suya que se me había olvidado con el tiempo, me hablaba Eliot. Siempre esta tristeza con ternura o esta ternura con tristeza en los ojos muy grandes y muy negros de Eliot. Irresistibles sin embargo. Pero no quisiera más que le dé de comer o de beber.¿Qué quería entonces Eliot de mí su amo? También esto de amo había yo dejado de serlo desde que no dependía de mí ni de nadie, su suerte. No, no te he olvidado Eliot, le dije yo por si acaso esto era su pregunta o lo que quería saber Eliot. Se acercó. Estaba al alcance de la mano. No, no fuera posible que buscara el cariño. Eliot, le dije, hay que ser razonable, hay que admitir la realidad. Me pareció que su mirada se puso más triste a no ser que fuera más tierna, haciendo en ambos casos la demanda más apremiante. Algo de reproche también le vi en los ojos. Que los tenía muy abiertos, más abiertos que nunca, aunque también más fijos. Tal vez por eso le vi este algo de reproche. Tendría yo que repasar los recuerdos de hace un par de años hacia atrás para saber lo que pasó para que me venga ahora Eliot con cara de reproche. Tardé mucho eso sí para llevarle al veterinario. Pero lo que Eliot no sabría (aunque tal vez ahora lo supiera él todo) es que el día anterior llamé a la clínica y les expliqué todo pero me dijerón que podía esperar, que no era un caso de emergencia y además la veterinaria que le cuidaba a Eliot no estaría antes de pasado mañana. No insistí mucho, esto es cierto. Y más cierto es ahora que hubiera debido insistir yo más. Pero es que me acabarón convenciendo al oponer su objetividad científica universal a mi subjetividad personal. Y eso le dije a Eliot pensando que me comprendiera mejor que nunca porque donde estaría se entendiera todo, incluso se leyera en los pensamientos. Esto era la idea que yo me hacía de la nueva vida de Eliot. Y por ello tampoco me extraño mucho de verlo después de tantos años aunque sea en sueño porque muy bien me sabía que Eliot haría todo para alcanzarme. No había distancia fuera interestelar que nos pudiera separar, que Eliot no pudiera recorrer a la velocidad de la luz. No me mires así Eliot, por favor. Sí, es verdad que yo te dí algunas que otras patadas pero bien te las merecías. ¿No me amenazara de una denuncia a la SPA, verdad Eliot? Además el plazo de caducidad de la instancia para los animales es más corto que para nosotros los humanos, te lo digo Eliot aunque no me gusta recordártelo pero por si acaso... En cambio lo que sí me gusta recordarte es lo bueno que yo fue contigo. No insistes con la mirada Eliot. Es verdad que empeoró nuestra relación a medida que empeoraba tu salud y que algo te castigaba cuando meaba en la casa, y algo más te pegaba cuando cagabas en la casa porque también era más trabajo para mí y esto tienes que entenderlo Eliot. Algunos te habran abandonado en la autopista, se hace mucho esto, sabes Eliot, de abandonar a su perro en la autopista, y yo no digo que no se me pasó por la cabeza pero, tienes que enterderlo Eliot, te habías convertido en un verdadero desastre, aunque no tendras que perdonármelo porque no lo hicé, tal vez por eso de no tener un coche. Mierda de perro llegué a decirte en vez de Eliot, eso sí que es verdad que lo dije, lo recuerdo, lo reconozco, lo confeso, pero compréndelo Eliot: es que estaba harto de tanta mierda. Nada me había acostumbrado a ello. Estar prevenido es estar preparado se dice, pues yo Eliot no estaba preparado: erás tú Eliot mi primer perro y te puedo asegurar que no habra otro más después de ti, y no es eso Eliot una prueba de amor, de fidelidad, de inconsolable pérdida. Ya ves, Eliot, algunos toman un perro trás de otro cuando yo no, cuando yo no te puedo olvidar. Y esto vale Eliot tanto en bien como en mal. Pero cómo has cambiado Eliot. Nadie pensara que tú pudieras cambiar todavía. Se te le nota en la mirada Eliot que has dejado de ser este adorable y cariñoso yorkshire, la gente cambia así cuando le pasa algo grave, nada es entonces de extrañar, pero tampoco te da derecho Eliot de mirarme a mí de esta forma tan dura y acusadora de qué, dime de qué, de malos tratos a mí que te he cuidado tanto. Recuerdas Eliot cuantas veces al día (sobre todo los últimos) tuve que salirte porque te meabas encima. Pues te salía y te meabas encima. No es eso para enfadarse. Olías a peste y con este mismo olor te fuiste, entonces supe que olías a muerte y este olor a muerte es para los humanos la menos soportable Eliot. Recuerdas cuando te llevaba al cuarto de baño, que te enjabonaba y lavaba con agua tibia y luego te secaba con una toalla o el secador de Sylvia, no eran estos tratos muy humanos, y no me los agradecía, todo lo contrario, no te dejabas hacer, casi quería morderme, entonces sí que me enfadaba y te ponía agua fría y ya no te acariciaba sino que te friccionaba, te frotaba y refrotaba fuerte, para que se te quitara el olor pero también para bajarte los humos. Y tú peor te ponías y peor me ponía yo como es natural Eliot. Y llegamos así a tales extremos, sobre todo yo claro. A veces pienso que repetía yo contigo lo de mi padre conmigo y entonces no es que me lo reprocharía más a mí sino que lo entendía mejor a mi padre. Aunque sí me venía de vez en cuando un pobre Eliot pero era pensando en mí más que en ti Eliot, tengo que reconocerlo. Lo que no recordaras (aunque ahora tal vez de todo sabras) Eliot era cuando acabé llevándote a la clínica veterinaria. Para tu último viaje te pagué el taxi. Nadie te quería acompañar sino yo. El taxi creo que acabó enterándose aunque te llevaba escondido dentro de la mochila pero me vio tan triste y te juró Eliot que yo lo era por mucho que te llevaste de mí el recuerdo de esta cara de enfado, de cólera, de ira, que no solía ser mi cara de siempre pero sí de los últimos tiempos en que te pusiste tan insoportable, tan inaguantable, aunque mejor debería decir enfermo y era yo que no lo soportaba, que no lo aguantaba, que tú lo estes, enfermo, muy enfermo, Eliot. Tienes que saber Eliot que en nuestra sociedad, la humana digo yo, cada vez los aguantamos menos a los enfermos y qué decir de los viejos porque tú ya eras viejo e incontinente Eliot. Y me lo recuerdo como si fuera ayer Eliot una vez en la clínica cuando te quisieran llevar y fue después de hacerme unas preguntas sobre ti y lo que yo quisiera que pasara contigo porque harán según mi voluntad y como si quisiera yo que desaparezca todas las pruebas materiales de un crimén pedí que te quemarán y con tus cenizas que hagan lo que quieran. Pero ahora no te lo creeras, somos tan contradictorios los humanos, cuando te quisieran llevar dije a la chica de la blusa blanca que a ver, a ver, tal vez habría algo por ver y por hacer para que vivieras, que no podías haber muerto, y ahora lo sé porque te veo y aunque fuera en sueño y aunque fuera con este nuevo aire tuyo que ya no es con esta tristeza con ternura o esta ternura con tristeza sino con esta dura y acusadora o acusadora y dura mirada que me lanzas desde un más allá donde te creeras todo permitido o que se te lo perdonara todo a ti y a mí nada.
vendredi 29 mars 2024
El ser primitivo
No era para él un ser que hubiera dejado de existir hacia millones de años para dejar sitio al ser civilisado. En eso caen todos, pensaba. Cuando él muy bien lo sabía, lo sentía vivir y con capacidades íntimas y frustradas. Cuando andaba por la calle era este ser primitivo que andaba por la calle y también cuando hacia el amor era este ser primitivo que hacia el amor con una como cuando se peleaba con uno era este ser que se peleaba con uno aunque ya ni hacia el amor con una ni se peleaba con uno y por eso decía que le frustraba al ser primitivo. Sin embargo en su niñez vivía muchísimo más el ser primitivo aunque aún no follaba porque a ver si unos piensan que es el ser que folla el ser primitivo, por esta necesidad que tienen todos a identificar, a apuntar con el dedo, a menospreciar. Luego hay esto de que el ser primitivo se hubiera despedido de ellos con la infancia, que allí lo relegarían como en la infancia de la humanidad. Bueno, por cierto, si tanto añoraban a su infancia es que en su infancia habran vivido en paz con el ser primitivo y a veces con el recuerdo trataran de recuperarlo, pero entonces le daban una forma inusitada y civilisada, que lo mutilara, que lo falsificara, pero sera más adecuada a su vida actual tan necesitada de recuerdos pensaran cuando era el ser primitivo que les faltaban. Porque no era primero sensaciones difusas, impresiones, que le invadían a uno y tratara luego de concretarlas en imagenes y sonidos como para crear su propia ficción de hombre civilisado, para caer en esta mentira que pudiera compartir con los demás. No, no había como él para remontar el tiempo si fuera necesario de allí rescatar al hombre primitivo. Cuántas veces no había revivido momentos pasados que se dicen perdidos cuando están en uno como está en uno el ser primitivo que se nutre solo de sensaciones, de impresiones, pero se rehusaba a volverlas imagenes y era el hombre primitivo que se negaba a ello que era como querer identificarle, darle esta identificación falsa, este carné de identidad propio del hombre civilisado pero no del hombre primitivo que así se negaba a vivir en su mundo, en su sociedad deletérea, que le era prejudicial. Quien lo creyera ahora si dijera que cuando más se le acercaba al hombre primitivo era cuando más se sentía creativo, en la creatividad estaba más que en el amor o en la guerra el ser primitivo, libre de toda inhibición, fuerte de toda intuición. Sí para él sentirse muy primitivo era sentirse muy creativo, sentir el rebullir interior, una efervescencia como un desprendimiento de burbujas gaseosas, un fervor como un calor muy intenso. Sentía él que entonces había reanudado con el ser primitivo porque era él quien se mantenía más cerca de este hogar, de este fuego que es la vida humana. Luego, claro, pasarle a imagenes y sonidos, a palabras, era la tarea siempre engañadora y mutiladora donde en parte se perdiera al hombre primitivo, a esta vida que tanto le faltaba a uno, pero que ya no sabía más apreciar que como un hombre civilisado o sea a través de la cultura de que tanto bien se decía pero que en alejarse demasiado del hombre primitivo también se alejaría de la vida, de la vida que se pasaba de la cultura porque no era cierto que en la cultura no estuviera él, y quien sabe si en ella vinieran otros o todos, en busca del ser primitivo.
Pero también ocurre que a veces sea el ser primitivo que acude en ayuda de uno, a su encuentro, a auxiliarle como aquel día en aquella playa donde tanto brillaba el sol. Fue cuando Alfonso le explicó el significado de los tres S: SEA SEX AND SUN. Es como la conjunción de los astros cuando estas tres condiciones se reunen, le dijo el buen amigo, y como no le podía faltar entonces a uno el ser primitivo. Sin duda se explicaría por esta conexión con la naturaleza de la cual no puede desprenderse añadido al despertar de los instintos que no sona ni más ni menos que como el despertar del ser primitivo. Llegó, como es de adivinar, a esta playa acompañado, y como era una playa de nudistas se desnadurón. Eran Adan y Eva como a los primeros tiempos del mundo. Siempre cuando un hombre y una mujer se presentan uno al otro desnudos vuelven a tiempos remotos, prehistóricos. No fuera preciso entonces que haya entre ellos una pequeña historia que se pudiera llamar de amor según y conforme los codigos románticos de su época, y aunque la haya. María era la amiga de la amiga de su amigo Alfonso que se la presentó justo el día anterior que ella María, le llevaría en coche a dicha playa en las cercanías de Malaga. Iban justo de tiempo. Por la mañana siguiente, dijo Alfonso, y antes de que despuntara el sol estarían todos menos ella en el coche dirección las alpujarras para esta excursión en bici que lo había traído a él de Paris, y no volvieran nunca más a verse. María muy bien se lo sabía pero no que él desconfiaba del ser primitivo por algunos fallos que tenía y de los cuales le resultaría a él vergonzoso confiarse. Así que no se le dijo nada. Le gustaba María. Este cuerpazo de mujer que tenía María aunque se le veía bien claro la cicatriz. A María le habían operado de un cáncer. Una larga raya fina y blanca le recorría el tórax pasando justo por debajo del pecho como soslayándolo. Cómo le gustaba el pecho de María. Y qué decir de sus largas piernas con este garbo que tenían. No se atrevería aunque todo le llevaría a esto, a prolongar la mirada, siguiendo las piernas de María hacia arriba, hasta este rincón de las delicias que no eran como sus partes vergonzosas a él, y más verguenza le daba que no cumplieran con su función primitiva, porque ya habían dado señales flojos y se había sentido él como abandonado por el ser primitivo que llevaba dentro, muy dentro, donde sentía sus impulsos, como si luchara en vano para salir, como si quería erguirse y no lo pudiera. Estaba él frente a María no como el primer hombre frente a la primera mujer sino como un hombre solo frente al desastre, frente a su propio desastre, que él, él solo, era un desastre. Le invitó entonces María a darse un baño. Y fue a tirarse al agua como uno se tira a un precipicio. María ahora se parecía a una sirena y con voz irresistible le invitaba a acercarse de ella. No podía resistirle. Le rodearón los brazos de María y las piernas de María. No podía escaparle. Empezó él a moverse muy lentamente y María le correspondía y eran como lentas ondulaciones del cuerpo de María, partiendo de las caderas acogedoras de María que es apenas si él se dio cuenta que el milagro había ocurrido, pero él no creía en los milagros, quien había hecho su aparición era el ser primitivo para ayudarle a cumplir con María. Gritó María. Recordara él siempre este grito de María. Claro que no era él sino el hombre prehistórico que le sacó este grito a María pero él no se lo dijera nunca. A María le temblaba todo el cuerpo, era como si vibraba al unísono y con el suyo de cuerpo. Quiso María volver a la playa. Quedó él nadando. Quería él en este día tan soleado perderse en el mar como de alegria porque le había dado a María pero sobre todo devuelto al ser primitivo.
mardi 26 mars 2024
El buenazo
No sabría él decir cuando hemos dejado de ser fines para ser medios o si siempre no fuimos más que medios nosotros los hombres para las mujeres. Hay tantos casos claros, evidentes, que saltan a los ojos aunque no parezca ser a los ojos de los hombres que siguen considerándose no sólo como el centro del mundo pero peor todavía como fin para las mujeres. Luego se sorprenden cuando hay prolongamientos, cuando en otros se prolongan, es que su itinerario no se detiene en ellos, son hitos que marquan el camino y tal vez este camino no tiene fin como no tiene fin sus esperanzas, sus deseos y quien sabe si sus caprichos. Pueden, llamarles como quiera, concretarse en carreras y volverse ellas muy oportunistas, ser entonces el medio o la oportunidad para una mujer vuelve a ser lo mismo y muy distinto y distante de ser su fin, ni siquiera el fin de sus historias de amor.
Se sorprendió cuando Luisa le comunicó lo difícil que le resultaba ligar. Acababan de divorciar. Cierto es que habían tenido una vida de pareja más bien corta sobre todo en consideración del tiempo que se habían esperado o por lo menos él había esperado que ella acabara sus estudios de medicina en España para venir a vivir con él a Francia. Ahí pudiera ejercer ella como médico. El MIR, sí eso el MIR aunque él no supiera decir lo que era el MIR sino uno concurso muy difícil que Luisa no tendría que pasar para trabajar si viniera a Francia, pero de allí a pensar que se casaría con él por este fin le resultaba imposible imaginar. Se querían. Esto del amor no tiene causas ni razones. Pero si no fuera amor o mejor si el romanticismo no fuera más que el amor del hombre hacia la mujer y no lo contrario de la mujer hacia el hombre como se suele pensar, como si el amor de la mujer no fuera subordinado a ciertas condiciones que el hombre tuviera que cumplir. Resultó entonces que él no cumplió. No se trataría tanto del acto matrimonial como acto de fe sino de otro contrato más tácito que existiera entre un hombre y una mujer y que por ende no lo vieran con los mismos ojos y si enamorados no enamorados con el mismo amor, con la misma visión del amor. Así se explicaría mejor que Luisa le pueda hablar tan descaradamente de sus pretendidos cuando tuvieron que verse para finalizar los tramites de divorcio. Por cierto no estaban enfadados el uno contra el otro. Había una separación de cuerpo si uno se atiene al lenguaje jurídico. Pero como decía el suegro corrían peligro de formar estas parejas chewing gum por esto mismo de que no había ruptura tajante y se comunicaban entre ellos. No habían tenido hijos y esto facilitaba el divorcio. Pero tantas cosas quedaban pendientes, de estas cosas de que no se hablaban. Luisa preferería hablarle de sus novios o de sus ilusiones amorosas como si fuera él un buen amigo o un viejo conocido. Más de una vez le invitó ella a Fontainebleau donde tenía un piso mejor entretenido, recordaba haber notado, que el que habían tenído. Hicieron el amor aunque se preguntaba él si eso era el amor y por qué ella lo hacía. Le recordaba otro día más lejano cuando todavía compartían el mismo piso y de vuelta del trabajo se libró a él sin más preambulos y tal vez sin más amor. Fue él quien le encontró el puesto de "faisant fonction d'interne" a Fontainebleau para que no estuvieran tan lejos el uno del otro. Aceptó ella Saint Jean de Mont, que estaba muchísimo más lejos. Quería ser médico eso sí y el contrato tácito aunque no llegarón a formalisarlo, a hablar de él entre ellos, sería que él fuera el medio que le permitiera a ella cumplir con este sueño que era ser médico, que él le ayudara a ser médico, y la ayudó a encontrar a Saint Jean de Mont como a Fontainebleau pasando revista de los anuncios. Pero poco después de su regreso de Saint Jean de Mont fue a vivir ella sola en su piso de Fontainebleau porque Paris Fontainebleau tampoco estaba muy cerca. Le dijo que viniera con ella, que se trasmudaran. No sabía él muy bien ahora porque no quisó, porque se quedó en Paris. Una casa en condición era las palabras esta vez de la suegra y de que él se acordaba. Una casa en condición era la condición imprescindible para que se concretara el amor en matrimonio, para que fueran un matrimonio, los padres de él propusieron un apartamento a Luisa que luego no ofrecieron. De ello se resintió Luisa. Que la hubiera engañado él, que hubiera ido con otra tal vez no hubiera sido tan grave. La casa en condición iba de pareja con su puesto de médico: él sería el medio para que se realisarían ambos condiciones digamos materiales. Esto sí eran como los preambulos o primicias del amor: si no se cumplieran no podían gozarlo, no estaría ella en condición para disfrutarlo. Pues su piso de Fontainebleau sin duda se acercaba más a esta casa en condición de la cual Angelita la suegra hablaba y que él no supo ofrecerle y que sus padres acabarón negándole después de habérselo prometido. También quisiera Luisa que él se sintiera orgulloso, como lo era toda su familia, que ella fuera médico cuando a él le daba igual que fuera médico o enfermera o maestra de escuela como su madre lo fue, incluso ama de casa llegó a decirle como para bajarle el humo y le picó y de ello ella no se olvidara nunca. Tampoco se pudiera imaginar que él la dejara, le dijo. No, que le viniera a fallar este medio, no se lo podía imaginar y tal vez por ello tratara que aún divorciado le ayudara él a rehacer su vida, tal vez por ello le habló de este hombre en casa de quien con una amiga fueron invitada y a quien ella habló y le gustó. Andaba a su lado, lo recordaba, y le hablaba de este hombre mientras recorrían las calles de París y no las verían de absorta y contrariada como era por su disgusto amoroso. No era médico como ella o como él con quien acabó casándose años más tarde, que se lo dijo a él su hermano ya que no viniera más ella a pedirle consejos para ligar. Un buenazo dijo su hermano con quien ha tenido un hijo. Como que él fue una temporada este buenazo. Casi se lo agradeciera de tomar el relevo. Conociera como él conoció, de allí el uso de este término militar, a Antonio el suegro, el teniente coronel jubilado a quien tanto se parecía Luisa que tal vez le haya hablado de estrategia o sea de medios para llegar a sus fines y quien sabe si primero a identificar los blancos, los buenazos, porque tenían que ser buenos medios, porque no pudieran ser considerado en si mismo sino por todo lo que le permitiera hacer a una.
El también volvió a casarse aunque tardó más en olvidarla a Luisa si acaso la olvidó casándose con Sylvia pero sí en ello le ayudó Sylvia y lo que Sylvia fuera muchísimo más guapa y algo más grande, que muy pequeña era Luisa y muy poco probable es que haya crecido mientras tanto como que con los años se hubiera hecho más guapa, aunque eso de los años más entrada en edad estaba Sylvia pero la belleza le quitaba años. Ya se sabe todo es una cuestión de apariencia y Sylvia aparentaba tener menos de lo que tenía y no se pregunta la edad a las mujeres y él en consideración de ello no supo de su edad hasta que se casarón Sylvia y él que tampoco ya era muy joven y es que además vivieron diez años juntos antes de casarse y fue también antes de que Sylvia cayera enferma y se casarón por eso del hermano, para protegerla dijo la amiga de Sylvia, para que si no pudiera llevarse ella sola la llevara él y no el hermano que sino la pusiera en un manicomio. No sabía él lo que sabían ellas: la amiga de Sylvia y Sylvia, que temía a Alzheimer porque no sabía él ni siquiera lo que era Alzheimer o quien era este tío, de haberlo sabido, de haber sabido que era un médico, otra vez un médico, tal vez habra hecho marcha atrás aunque fuera ya tarde porque por primera vez se sentía querido, no se había sentido querido nunca asi con Luisa y que le importaba a él que no fuera médico Sylvia, no le dijo él a Luisa que le daba igual que fuera médico o enfermera o ama de casa y pudiera añadir ahora que fuera peluquera porque era eso que era Sylvia peluquera y de las mejores peluqueras que haya porque eso sí que contaba a sus ojos: ser bueno en lo suyo y no era cierto que Luisa fuera buena en lo suyo porque más de una vez se quejó de que no se llevaba bien con las enfermeras cuando un buen médico tenía que ser querido de sus enfermeras; Sylvia era muy querida de sus empleadas, una de sus empleadas le estaba a él cortando el pelo cuando se lo pasó a Sylvia diciendo que ella no podía con tanto pelo y Sylvia le propuso a él un chocolate que una cliente le había regalado una caja entera de chocolotes y fue así como se conocierón, luego le escribió él un poema a Sylvia sobre sus ojos azules pero le había mirado también el escote aunque esto no viniera en el poema. Sin contar el bombón de chocolate. Fueron como diez años teniendo en la boca este bombón de chocolote y saboreándolo despacito, luego empeoro la cosa, cayó Sylvia enferma y tuvo él que cuidarla, que cuidarla cada vez más y si no fuera por las ayudas no hubiera podido con ello. Diez años que duraba la cosa pero en nombre de su amor no se sentía él como en derecho de preguntarse si ella Sylvia lo hubiera elegido entre tantos, porque tenía a muchos pretendidos Sylvia, no mirando a los diez primeros años sino a los que vinieran después o sea otra vez porque era un buenazo o sea un medio para fines otra vez desconocidos de él, como que las cosas se repetían y por qué no se repitieran si él no había cambiado, si él era el buenazo de siempre, el buenazo de servicio diría su hermano que también se lo había aprovechado como todos los de su familia se lo habían aprovechado. Pero no, porque su madre cuando vió a Sylvia se sorprendió de que se lo quisiera y era verdad que él se sintió querido por Sylvia como nunca se sintió querido. El mismo sobrino de Sylvia tuvo que reconocerlo a pesar de eso la herencia: "Sí, lo vuestro es una historia de amor". Y por cierto los diez primeros años abocaban en este sentido pero cada año más que pasaba él con una mujer enferma abocaran en sentido opuesto, le confirmaría en su teoría sobre los medios y los fines, que él no fuera más que un medio cuando se hubiera considerado como un fin, el fin que se hubiera propuesto Sylvia y fuera de vivir con él, de amarlo porque fuera él su fin en la vida. Le parecía ahora todo eso un tanto presumido, presumir un tanto de lo que él era en los ojos tan azules, tan hermosos, de Sylvia, de como ella lo viera: ¿como un fin o como un medio? Pero tirando por allí él muy bien se sabía que las cosas no son como son sino según como se las mira y entonces sólo quiso cambiar de enfoque, hablando de Sylvia como de Luisa, dejar en tanto que hombre de verse como fin y término para las mujeres pero mejor como medios de perseguir sus propios fines que muy bien pudieran ser tan ajenos al hombre que propios de la mujer. En cuanto a la verdad él no supiera decirla, ni él ni nadie supiera decirla, e importaba poco si la mentira o la ficción también pudiera ser aleccionadora. Además quien sabe si la finalidad de su vida no se le escapa tanto al hombre como a la mujer y solo fueran capaces de ver a los medios que a veces confundieran con los fines, fines que nunca alcanzaran del todo.
dimanche 24 mars 2024
El hombre sin mujer (y lo que decía)
Habra un tácito acuerdo entre los hombres para el reparto de las mujeres, para que no se reivindicara nunca una igualdad, para que se aceptara que unos tengan más que una y otros ninguna. Esto no cabía duda respetaba la jerarquía social y así se entendiera mejor que nadie dijera nada y no porque estarían libres las mujeres de elegir a quien quisieran, eso muy bien se lo creyeran ellas pero luego eligieran el socialmente ya elegido. Qué hacían aquí los comunistas que eran para que todo sea de todos, pues como todos se emparejaran, cada uno con la suya, allá ellos si no les quedaba ningunas. ¿Quedaran todos de acuerdo con qué si no tenía uno una (por lo menos una) es que no se la mereciera? Porque no había oído él hablar de subsidio o prestación alguna que le fuera atribuido a uno que no alcanzaría tener una (por lo menos una) como cuando no se alcanza trabajo. Que no se sorprendieran entonces que se actuara en tiempos tan civilizados como salvajes, peor, como bestias, cazando mujeres, que fuera la presa de hombres. No, que no se sorprendieran ellas tampoco y se quejaran cada vez que no les había tocado el premio gordo o el premio gordo les hubiera engrosado y abandonado o tal vez abandonado sin ni siquiera engrosarlas ni revisado el sueldo a lo alto ni subido el puesto, ni nada de lo prometido cumplido en cambio de sus indudables encantos. Si no había leyes. ¿Y cómo hubiera leyes de protección válidas si no había primero leyes de reparto? Para proteger a quién si nadie se había puesto primero de acuerdo sobre el reparto. Porque muy bien se veía que nadie estaba de acuerdo y que todos robaban el pretendido bien (porque no era fruto de un reparto y en tanto no podía estar considerado como tal) de unos conservadores por no decir acumuladores de bienes ajenos que quisieran ser inalienables y privados, en fin propriedad privada. No era la mujer libre el bien de todos: ¿Cómo podía ser libre una mujer si no era el bien de todos pero de solo uno? Sí todos se robaban la mujer, dijeran lo que dijeran, fueran o no fueran comunista. Eran unos salvajes, eran unas bestias, iban hasta pelearse por una mujer: como si no hubiera otras, como si no fueran libres las mujeres. En familias acomodadas se podía oír: "primero los estudios o primero el trabajo, luego la mujer" Como si la mujer tendría que venir luego naturalmente al que tenía buenos estudios y buen trabajo, se compraría como se compra un coche de lujo. Y esto naturalmente pasaba con mujeres que se decían libres, no compradas, no ganadas a fuerza de estudio y trabajo. Pero no estaban equivocadas la buena gente acomodada que muy bien se sabía como funcionaban las mujeres porque las mujeres funcionaban ni más ni menos sino como funcionaba la sociedad, porque las mujeres no podían no funcionar como funcionaba la sociedad. Esa era toda su libertad. Y cómo iban a comportarse los hombres mal acostumbrados como lo eran a que la mujer les venga como propriedad privada entre las otras propriedades suyas, sino como proprietarios. O sea si uno había llegado a tener riquezas o un cargo importante en esta sociedad cómo no se creyera tener derecho a todas las mujeres que quisiera sin tener que rendir cuentas luego ya que no era una cuestión de reparto o sea de justicia equitativa sino de robo. Sí! de robo, porque pudiera ser de cualquiera era suya por eso de la riqueza o del alto cargo que le hacía envidiable a los ojos de todos y más que a los ojos de todos a los ojos de las mujeres supuestamentes libres en su elección pero que siempre elegían los mismos y cuando no lo alcanzaban a pesar de sus indudables encantos puestos en la balanza se quejaban delante de la justicia, amenazando a los hombres con una demanda judicial, cuando ellas mismas participaban de esta injusticia que no haya mujeres para todos los hombres sino para estos, siempre los mismos, que ellas todas se disputaban también salvajemente. Y que no se le vengan ahora con el cuento este de la seducción como de un juego sutil y delicado y muy civilizado que existiera entre el hombre y la mujer sino más bien cruel y despiadado, sádico y masoquista, en el que siempre salía un ganador y un perdedor, cuando no herido a muerte, lastimado, humillado a vida, violado. Había que decir las cosas como son y él no se hacía rezar para decirlas cuando mejor le hubiera correspondido a un sociólogo decirlas con académica autoridad, pero el sociólogo tendría una mujer o dos o tres cuando él no, ni una.
vendredi 22 mars 2024
El señor Pereira
Ha muerto hace mucho tiempo ya pero yo lo recuerdo como si fuera ayer, se debiera a esto de que estuvimos muy cerca, físicamente muy cerca digo yo, y fue cuando me invitó a comer y era la primera vez que nos veíamos y no era exactamente en su casa. Me había detenido el portero cuando quisé entrar, él justo salía, en su edificio y me preguntó el portero que llevaba gorro y traje de portero a quien buscaba y yo dije al señor Pereira tal vez con algún acento francés o de suburbano porque estábamos en la Moncloa y él estaba a punto de decirme que no estaba el señor Pereira y me negaba el paso, lo que era contrario a mi sentido de la libertad y hubiera pasado lo que hubiera pasado a no ser que fuera el señor Pereira que como queda dicho él justo salía y dijo, llamándole por su nombre al portero porque los porteros también tienen nombre, que me dejara pasar y a mí, llamándome también por mi nombre y como si fuera un viejo conocido suyo me dijo que le acompañase a la taberna que era donde iba el señor Pereira. Me viene ahora todo abultado porque todo ocurrió tan de prisa, de súbito encontrarse uno con el señor Pereira, como todos estos momentos que llegan cuando se les han esperado tanto y a la larga dejado de esperar. Le había dicho a Sylvia mi mujer voy a ver al señor Pereira. Recuerdo que diciéndole esto me sorprendí a mí mismo. No quita que al día siguiente estaba en Madrid, había cogido el primer vuelo Paris-Madrid directo. Lo recuerdo porque una vez llegado en Madrid llamé alarmado a Sylvia. El distribuidor acababa de tragarse la tarjeta de crédito. Necesitaba decírselo aunque ella no pudiera nada. Era poco antes de ver al señor Pereira que tampoco pudiera hacer nada para que la recuperase. En cambio yo me propusé, qué verguenza, traducir los relatos del señor Pereira que mucho me habían gustado al francés. Sin embargo al poco de hablar conmigo y empezar comiendo el primer plato el señor Pereira mirándome bien a los ojos me dijo: "usted lo que quiere no es traducirme sino escribir". Era muy directo el señor Pereira, menos lo era el escritor que tenía su nombre y dejaba correr un poco la imaginación antes de ir al meollo del asunto. Pero había que decir, como me lo dijo el mismo señor Pereira, que toda su vida fue viajante, de ahí su forma de mirar que no dejaba lugar a engaño y de decir las cosas sin más rodeos, de ir al grano cuando fuera preciso ir al grano. Me pusé rojo, tal vez blanco. Sonrió entonces con tristeza y gravedad el señor Pereira que por lo menos así me pareció a mí y me invitó a tomar un secundo plato. Qué me iba a creer ahora si yo le dijera que me habían gustado un montón sus relatos. Además no sería tampoco decirle toda la verdad porque no sería decirle lo que me dijo la bibliotecaria que sabía más de libros que yo, sobre todo cuando venían escritos en castellano. Me había dicho la bibliotecaria que no le encontraba ningún sabor a sus relatos, insípidos le salían. No era así el señor Pereira y aunque era ya un hombre entrado en edad se notaba que las mujeres le debían haber encontrado algún encanto, algún que otro aliciente, en la conversación claro está, pero también en su persona, se notaba que no lo había visto en carne y hueso al señor Pereira la bibliotecaria y en sus años mozos. No era muy grande el señor Pereira pero sí era grande si se le equiparaba con los de su generación, tenía muy buen porte además y muy buenos modales que ya tienden a perderse y, sobre todo, sabía comportarse bien en las peores situaciones como la en que le habría metido yo con mi visita improvisada e inoportuna. Lo menos que se pudiera decir es que si no era tanto su éxito en la ficción sí muy bien lo fue en la vida real y de eso podía yo dar testimonio. No llegé a subir en el edificio de lujo con portero que tenía en Madrid el señor Pereira pero sí un par de años después, y fue mi secundo encuentro con el escritor y poeta, a otro que tenía en León donde conocí a su mujer, que los dos sabían muy bien recibir cuando en cambio yo no pudiera decir con certeza y menos con objetividad si muy bien supe acoger tanto entusiasmo por verme, aunque fuera fingido, falso, como lo fuera todo falso en sus relatos, porque a ello no estaba tan acostumbrado y me sorprendió aunque fuera en bien y me dejó tan callado mientras hablaba el cuentista a mi primo que desgraciadamente no sabia media palabra de español pero sí presentaba mejor que yo o representaba mejor que yo todo lo que podíamos representar a sus ojos y era por lo menos a Francia y al francés donde tanto le hubiera gustado el señor Pereira que yo le tradujiera aunque esto también plantearía como en vano trató de explicármelo algún que otro problema con las casas editoriales que tenían a sus propios traductores y estrategias que incluyeran o no una posible traducción. Debía haberle hablado sin embargo de mi afición al ajedrez porque dijo que no compartía esta afición conmigo y de no compartirla le había siempre sorprendido. A mí me sorprendía menos ya que como se dice no se puede a la vez tener suerte con las mujeres y con el juego y a mí me parecía muy mujeriego el señor Pereira, digo, tenía buenas trazas de haberlo sido mujeriego y algunas trazas quedaban en sus relatos y quien sabe si por eso le repelaba a la bibliotecaria el señor Pereira que compartía su amor a la literatura con su amor a las mujeres, no quedando en él sitio para el juego como no fuera amoroso. No había que olvidar que primero escribió poemas el señor Pereira y quien sabe si su primer poema no fue escrito para su primer amor, si no fuera un poema de amor (había unos muy bonitos a su madre) y si lo de contar no le vino luego cuando había de contarle algo a las muchachas, algo de su agrado, donde el mejor papel lo desempeñaría una mujer (protagonistas de casi todos sus relatos), fuera esta mujer La barbera alemana como en uno de sus cuentos que venía seleccionado en Cuento español contemporáneo aunque empezaba a fechar la dicha recopilación de cuentos de las ediciones Catedra en Letras Hispánicas que no se olvidarón de recordar al señor Pereira como escritor de cuentos cuando quisiera yo con estas pocas y torcidas y apretadas líneas recordarle como persona y esto por muy poco que lo conociera y coincidiéramos en el tiempo y en el espacio y por lo mucho que coincidiéramos y fuera de las páginas de un libro y por lo mucho que me lo crea yo aunque no fuera verdad. Hace quinze años ya que ha muerto el señor Pereira que contaría todavía con algunos lectores pero ya no con mujeres y conmigo sí, va sin decirlo, aunque no sé si me voy a leer por segunda vez La barbera alemana o como último homenaje que yo rendiría esta vez al escritor de relatos breves.
jeudi 21 mars 2024
Una vida replegada
Los niños como si no hubieran ganado todavía su independencia que no era ni más ni menos su derecho pleno a la vida pero que tampoco por ello se sustraían a la vida tenían lo que él llamaría una vida replegada. Pues, de vez en cuando, y como si volviera a la infancia, volvía él a esta vida replegada. Desde esta vida replegada le aparecía escandalosa y excesiva la vida de los adultos.
Había llegado la auxiliar de vida. Pronto volviera el mayordomo como lo llamaban de broma y era quien a domicilio se encargaba de la mujer enferma veinticuatro horas sobre veinticuatro aunque salía por la mañana y también algo por la tarde, además él era un hombre muy casero siempre leyendo o escribiendo. Se lo aprovechó sin embargo para replegarse en su dormitorio que era como una especie de observatorio aunque no se viera sino se oyera lo que podía ocurrir en su ausencia y entorno. Esta facultad de hacerse olvidar la aprendió desde muy pequeño: le parecía entonces que los mayores vivirían mejor o más si él no existiera como si siempre estuviera metiendo la pata en asuntos ajenos. No era mera curiosidad, no le gustaban las comadres siempre escuchando y luego murmurando, propagando rumores, difundiendo comadreos. Más se pudiera aproximar a estos científicos que ponían cámaras, como se veía en algunos documentales de vida salvaje, para observar luego la vida de animales que no toleraban su presencia ni de día ni de noche porque así le parecía a él que fuéramos nosotros los humanos o sea intolerantes los unos hacia los otros y por ende escondiéndonos o escamoteando los unos a los otros su verdadero ser. Él entonces nos dejaría ser lo que somos: unas bestias algo domesticadas ni más ni menos.
Había vuelto el mayordomo que se dirigió enseguida al cuarto de baño para las abluciones. Dejó correr el agua una barbaridad que él estaba para gritarle: "basta ya con el agua, animal", al animal que ponía sus patas en el lavabo, pero se calló. Había acabado con sus abluciones el mayordomo que se dirigía ahora al piso de arriba donde colocara su alfombra de oración, era mahometano. De paso cambió algunas palabras en árabe con la auxiliar de vida que era del Liban y luego volvió a salir ya que ella estaba entonces por qué no. La Libanesa fumaba. El humo del cigarillo le llegaba por la ventana del dormitorio que había dejado abierta. Asomaba la primavera con este cielo azul y soleado y en los árboles despuntaban los primeros brotes. Si él saliera ahora, y volviera a salir por supuesto pero no todavía, la auxiliar de vida cambiaría algunas palabras con su mujer como si su mujer estuviera capacitada para contestarle. Siempre, como lo había notado desde chico, la gente mayor adoptaba atitudes falsas a su encuentro. Les querían más al natural aunque fueran excesivos, escandalosos y egoistas y pocos atentos a los demás. Por eso tendría por fuerza que salir de su habitación, para que no se olvidaran del todo de su mujer enferma y esto pasaría tal vez si tardaría demasiado en salir, aunque de esto pudiera estar tampoco seguro, decir esto sería como compartir la opinión de los dueños, de los dueños equivocados que pensaran que sin ellos el mundo dejaría de girar y sobre todo los empleados de trabajar. Tenían por cierto otro trato, más relajado, con su mujer enferma a quien habían devuelto la risa, casi el habla, y eso se debía sin duda alguna a sus repetidos replieges en la habitación, de que no estuviera él con ellos cuando estaban con su mujer enferma. De vez en cuando le llegaba las risas de Ferial la auxiliar de vida. ¿Hacía cuanto tiempo que él no había reido en presencia de su mujer? Sí, no cabía duda alguna esto de la vida replegada les venía bien a todos, y no era que uno estaba de más, pero que los demás parecían existir más sin uno, incluso su mujer y aunque fuera enferma. Esto siempre lo había pensando que las parejas eran como dos fuerzas que se aniquilaban a fuerza de estar juntos cuando cada uno por su parte antes tenía una vida envidiable y por esta misma vida atrajó a otra vida cuando ahora le pareciera tan insípida y se lo reprocharía al otro sin darse cuenta que fuera culpa suya, de que no se volviera de vez en cuando a su habitación, a su vida replegada para que el otro pudiera seguir adelante con su vida propia que tanto le había llamado la atención.
También le gustaba oír como lo estaba oyendo al mayordomo mahometano que en su presencia se ponía tan callado y ahora de vuelta hablaba en voz alta y firme, con su natural autoridad que le valió este apodo de mayordomo, a la auxiliar de vida que por su lado algo se burlaba de él, a lo oriental, no con este afrontamiento de egos o de rebelión femenista reivindicando el poder: a ver quien sera el más fuerte, el hombre o la mujer, sino mejor esquivando la infantil y pueril más que viril manifestación de fuerza del mayordomo mahometano. Pero de haber estado él de por en medio seguro que se hubieran enfrentando, enseñando ella la cara, ante él como testigo no queriéndola perder. Cuando él, aunque a punto de salir, todavía estaba en su habitación escribiendo lo que ahora estara usted leyendo porque tenía que dejarlo ahí y echarle una mano a la auxiliar de vida que necesitara su ayuda para bajar a Sylvia su mujer en la silla de ruedas, pues no le quedaba fuerzas para andar y era un día de primavera que no tenía que echarse a perder. Además no hay vida replegada que no fuera como la de los brotes de los árboles listos para el despliegue.
mercredi 20 mars 2024
El amor al juego
Caminaba despacito hacia el lugar del encuentro ajedrecístico.¿ será su mente un tablero en blanco y negro donde se movieran piezas del juego de ajedrez? ¡Ni hablar! Había como media hora de recorrido. Tiempo para pensar. Por esto le gustaba andar. No tanto por el paisaje. Le agradaba el paisaje, estas casas tranquilas a cada lado de la carretera como descansando en paz, una paz burguesa bien merecida y a la que volvieran después del trabajo, la oficina, la tienda, volvieran y no será tampoco su mente un tablero en blanco y negro donde se moviera piezas del juego de ajedrez. No quita que algunos de ellos estarán compitiendo como él. Eran aficionados. Los aficionados tenían otras preocupaciones. Otras cosas les pasaran por la mente. Ya se los veía durante la semana laboral por el camino de vuelta a casa preocupados como si llevarían a cuestas su trabajo pero ira disminuyendo la carga conforme se acercaran a su casa. Las veía él como si fueran hechas para ello: para aliviarle la carga, sus casas. Él no tenía casa, algunos como él vivirían también en un piso aunque se veía pocos edificios grandes, pesados, que no aliviaran tanto de la carga, al contrario recargarían demasiado el paisaje. Pero obligarían a levantar la mirada hacia el cielo, como se decía en otros tiempos de las iglesias con sus campanarios, y ahora de los rascacielos, porque iglesias se veía muy bien pocas. Pero tampoco había rascacielos en Saint-Maur que era donde él vivía. En cambio sí había cristianos de buena cepa, cristianos con buenas casas que por ende no mirarían tanto al cielo. Entre ellos, como queda dicho, había incluso algunos como él que mejor mirarían un tablero de ajedrez en fines de semana, que mejor que ir a misa a rezar irían a su club de ajedrez a jugar, a competir para variar. Pero todavía no había llegado. Le quedaba por caminar. Es apenas si llegaba a este camino peatonal que pudiera considerarse como el casco viejo de la pequeña ciudad o el centro comercial porque ahí no faltaba tiendas y cafes y restorantes y algunos días bajo las arcanas y sus bovedades tenía lugar el mercado. Pero era domingo y en el empedrado no se cruzaba con mucha gente. Sólo estaba abierto el Prisunic y un lavadero y unos pobres que iban o salían del lavadero porque había que ser pobre para no tener en casa ni siquiera una lavadora mientras en el Prisunic iban mejor vestido. Hacía poco pensaba fue de compras al Prisunic pero conoció a otro lavadero. Y de nuevo casas de cada lado de la carretera, casas tranquilas que algo le infudieran de su paz cristiana porque no se sentía muy nervioso a la hora de ir a competir. En esto justamente pensaba. De si hubiera un gran miedo que lo presidiera a todo: el miedo a la muerte. Y los demás miedos no fueran entonces más que miedos subalternos. Se decía que si no existiera este miedo fundamental no existiera tampoco este otro de perder la partida de ajedrez que algo le atenazaba aunque no quisiera reconocerlo. Pero durante la partida a veces le temblaban las manos y se le aceleraba el pulso en los momentos álguidos del juego, cuando pugnaba para vencer, cuando no fuera para no perder. Estaba a poco de llegar. Le pasó por la cabeza que no quería bastante a este juego, el ajedrez, porque sino en su mente se dibujaría un tablero en blanco y negro donde se movieran las piezas que sería como jugar a ciegas cuando esto era más bien propio de los Grandes Maestros de ajedrez, que eran profesionales. Mientras él estaba ahora pensando en otra cosa y era dejar el terrible miedo ancestral de la muerte para el del fuego que no lo era menos, que también remontaría a los primeros tiempos de la humanidad. Este fuego era para él el fuego de la pasión y en esta pasión también fundamental, primordial del hombre, había la mujer o sea el amor. Entonces si había un Gran Amor que lo presidiera a todo, como un Gran Incendio que lo incendiera a todo: el amor a la mujer, los demás no serían más que amores subalternos. Se decía ahora que si no existiera este amor fundamental, este incendio primordial, no existiera tampoco este amor al juego y no se le viera llegar hoy en día domingo a las dos de la tarde a este edificio que se parecía o le hacía pensar a una antigua fábrica y la veía como de ladrillos rojos, como si fueran las llamas del infierno que ahí les quemaría, les abrasara a todos, cuando no el amor al juego.
lundi 18 mars 2024
El lector bilingüe
Le resultaría difícil deshacerse de una de las dos lenguas y podía arriesgar el símil que fuera como dejar de vivir con una de las dos mujeres de su vida, lo podía arriesgar porque el español que no era su lengua materna (la primera mujer de uno siendo su madre) llegó incluso a personificarse o concretarse en una mujer que ahora no supiera decir si la quiso porque represantaba a este otro idioma por él querido más que por su persona. Si su amor por el español pudo llegar hasta aquí como lo veremos enseguida no es de extrañar, ¿No somos seres de palabras y más que otro lo será el lector, más quien no se conformaría con sólo hablar en una lengua sino también leer en esta lengua? Esta práctica suya de leer a la vez en francés y en español que sería entonces como amar en francés y en español remontaba a su infancia cuando la conoció a ella como a su idioma. A uno le trabaja un idioma más que trabaja o estudia este idioma porque el español volvió a ser también su lengua de estudio pero le trabajaba como le pudiera trabajar un amor, lo devoraba, se apoderaba de su persona. Pero al poco tiempo de casados divorciarón. Pudiera ser pura defensa más propia del francés que suya, porque él solo hubiera sido incapaz de deshacerse de ella. Hubo en effecto un periodo de su vida en la que él fue totalmente submergido o enamorado del español, que le llevó sin duda a casarse con ella. ¿Acabara en él el francés rechazándola como en nuestra carne se rechazaría un cuerpo extranjero? Pero no lo consiguió del todo tal vez porque el español no se habría sólo incrustado en su carne pero estaba ya en su sangre. Trás unos cuantos años en que no quiso ni hablar el castellano volvió este amor suyo de la lengua que era de la palabra porque esto de la sangre y de la carne es pura tontería y lo menos pensado, lo que menos tomamos en serio, lo del ser de palabra que somos ante todo, sí que es pura verdad y por lo menos la verdad de su vida, no solamente de su amor porque su vida no fue desgraciadamente sólo hecha de amor. También se consolaría él ahora leyendo en español de su pérdida, de la perdida de ella, cuando primero trató de olvidarla leyendo exclusivamente en francés, pero no tardó mucho en convertirse en un lector bilingüe. En él seguía vivo este doble amor que era ante todo amor de la lengua y gracias a estos dos lenguas le parecía a él sentir, vivir, doblemente. Se diría de él que no era el mismo en francés que en español. Por ello, cuando se casó con ella, quiso el español dominar y no lo pudo, volvió con más fuerza, volvió redivivo el francés. La engaño. Los dos se engañaron. Ella le dijo que tenía a un bisabuelo que fuera francés. Como que ella quería ser francesa, como que a ella le llamaba el francés cuando a él le llamba el español. Difícil de entender pero pudiera él haberlo entendido que a ella le pasaba igual que a él pero en sentido apuesto, al revés: que a ella lo que le atraía en él era el francés cuando a él en ella era el español, pero ella quería dejar de ser española, aunque tampoco lo consiguiera, cuando él quería dejar de ser francés, aunque tampoco lo consiguiera. Fue una buena leccion porque mejor se aprende a sus expensas. Como que ahora y aunque sin ella tuviera que convivir con las dos lenguas y se pudiera hablar de él, quien sabe si también de ella, como de un auténtico bilingüe, habiendo en él tanto amor por cada una de las dos lenguas pero tenían primero que desencarnarse, que no ser ella, que no ser él, que ser el verbo; tuvieron que volver a aprender que al principio había el verbo, antes que el verbo se hiciera carne.
samedi 16 mars 2024
El caso Ernesto
Él olía las buenas historias por escribir cuando les llegaban. En esto se pudiera decir que tenía talento de cuentista, luego tenía pereza para escribirlas. Así el día que volvió a encontrar a Antonio, este ya no trabajaba al Instituto Cervantes, y era en este restaurante chino donde tan bien se comía porque estaba en el barrio chino y que excepto Antonio y Luis que estaba con él todos eran chinos o por lo menos asiáticos, y allí fue cuando le preguntó a Antonio donde había pasado Ernesto que ya no se lo veía más ni siquiera en los sótanos de la biblioteca del Instituto Cervantes. Le contestó Antonio que no le extrañaba, que la ... no sé acordaría él cómo la llamó y si lo supiera el pudor se le prohibiría repetirlo, además él siempre había sentido, como era natural, más inclinación, más afecto, hacia las mujeres que los hombres, y hacia esta bibliotecaria en particular que a Ernesto con quien era difícil intercambiar, que refunfuniaba y miraba de reojo. Pero ya no miraría más a nadie Ernesto, a nadie que estuviera en el recinto del Instituto Cervantes porque no estaba, porque había desaparecido puesto que nadie tenía noticia de Ernesto. Era un hombre mayor Ernesto pero no para tanto, no para jubilarse. Tal vez lo habran puesto en un manicomio porque Antonio decía que esta bibliotecaria era como para ponerle loco a uno. La verdad no quedaba más en el Instituto Cervantes que bibliotecarias. Se fue Antonio. Se fue Ernesto. Solo quedó ella y vino otra que no fuera macho sino hembra aunque sí macho lo fueran un poco las dos. No quitara que a él les cayera bien las dos, sería que él era no feminista pero eso sí muy feminino, que las cosas no son como se parecen, a pesar de ello tenía todos los atributos de un hombre aunque no los usara mucho. Sin embargo el caso Ernesto no era sin recordarle estos tiempos en los que estaba en el Instituto de Montfort que no era una biblioteca sino un gimnasio donde oficiaba él de profe de cultura física. Sólo venían mujeres en la sala de arriba y eran sus cursos de cuarenta y cinco minutos de ejercicios que se limitaban a la parte inferior del cuerpo, piernas, caderas, no pasaba de la cintura, cuando en la de abajo donde sólo venían los hombres y había máquinas de culturismo se trabajaba más bien de la cintura arriba. Pues en el Instituto de Montfort era todo al revés que en el Instituto Cervantes. Se fueron las mujeres y quedarón los hombres. Había que decir, aunque esto no se dice, que eran todos homosexuales, muy simpáticos de verdad y muy amigos de las mujeres, pero cada uno en su casa y Dios en la de todos. Así habría que imaginar que Ernesto se fue a su casa para siempre jamás. No se lo habran comido. Nunca había él oído decir que las mujeres fueran antropófagas aunque Antonio no estaba muy lejos de creérselo. Tampoco a él las bibliotecarias del Instituto Cervantes le parecían lesbianas. Que habrían divorciado no significaría nada en estos tiempos muy duros para la convivencia heterogénea. Esto de la complementaridad de que se hablaba mucho no parecía funcionar tanto. En materia de sexo si se limitaría a ello pero si se limitaría a ello tal vez funcionaría mejor la cosa. Estas mujeres no iban bien decía Antonio y suponía él que quería decir Antonio que no irían bien de la cabeza. En este caso no era Ernesto quien debía ir al manicomio. Pero los tiempos habían cambiado: ya no se mandaba sólo a las mujeres al manicomio sino a todos los que estaban refractorios al sistema vigente y a este mejor parecían acomodarse las mujeres que alcanzaban altos cargos, luego, claro está, de haber sido las mejores alumnas y estudiantes. Se aprende pronto o no se aprende nunca. Esto de que era una sociedad de hombres habría que verlo y si lo era para cuánto tiempo lo sera, se preguntaban. Antonio estaba todavía recuperándose de un divorcio y él estaba con una mujer enferma. Yo y mi circunstancia, diría Ortega y Gasset. ¿Cómo podían ver las cosas de otra forma entonces? Que las cosas no son como son sino como se las ve. Para ellos las mujeres eran así, así como se las veían o imaginaban. Pero volvamos a Ernesto. Ernesto era el tipo mismo que no se podía imaginar con una mujer. ¿Habra tenido una familia Ernesto? Ernesto no era así, le dijo Antonio que quería sin duda decirle que Ernesto no fue siempre así. Ella, la bibliotecaria, tenía la culpa, ella fue quien lo había hecho así: un zombi, la sombra de lo que habría sido y tal vez quedaba siendo pero sólo en casa y para los suyos si todavía tenía casa y a los suyos: que todo se puede hechar a perder por culpa de una mujer, fuera esta una bibliotecaria. Bueno tampoco se lo había visto mucho, tampoco había tenido mucha oportunidad él para fraternizar con Ernesto, ya se lo habían relegado al sótano del Instituto Cervantes, a los archivos y es solo porque a veces pedía él libros muy antiguos como últimamente a Icada, Nevda, Diada, de Rosa Chacel que la bibliotecaria debido a la defección de Ernesto tuvo que ir a buscar en el sótano. El caso Ernesto sería de investigar más pero él le preguntaba ahora a Antonio si era buena esta gelatina verde que le servían de postre. Antonio que era de confianza y muy buen cliente del restaurante dijo que sí. Entonces pidió una gelatina verde para él y otra para Luis que es de lastimar no participó mucho de la conversación porque también salía (aunque nunca se sale) de un divorcio que también perdió. En cuanto a él y a pesar de todo lo dicho la bibliotecaria le quedaba gustando ¿Qué se le iba a hacer si uno estaba perdido o iba a su perdición? Lo diran las mujeres: "todos los hombres son iguales". Y muy bien hubiera bajado él al sótano con la bibliotecaria ahora que no estaba Ernesto, como si fuera él otro Ernesto o para saber de una vez para siempre lo que le había pasado a Ernesto en el sótano para que no volviera nunca a aparecer.
jeudi 14 mars 2024
El refugio
Qué extraña costumbre esta de leer. Y más extraña parecera ahora que menos se usa. Pero era él un viejo y empedernido lector. Ni se daba cuenta que estaba cumpliendo con una tradición muy antigua que se estaba perdiendo. Si solo levantaría la mirada de su libro vería que en el compartimento del tren de cercanías donde estaba la gente más bien se entretenía dándole a las teclas de un ordenador o de un móvil. También entrarían en mundos ficticios. No era tan cierto. Estaban conectados. Estaban más bien conectados con este mundo de la actualidad apremiante o de la diversión intrascendente. Cada vez más al abrir un libro le parecía cumplir con un ritual ancestral. Abrir un libro volvía a ser como prender fuego con dos piedras de silex en vez de darle al interuptor de la luz o al botón de la calefacción central. El lento transcurrir de la lectura como estas películas antiguas en blanco y negro tan lentas, desesperadamente lentas, era de otro tiempo, de otro tiempo cuando más tiempo uno tenía. No podía él hacer correr las hojas del libro a la velocidad de la luz o que hacían ellos correr las páginas de Internet. Cómo corrían ellos en busca de la información. Era de ver. Era alucinante. Tendría que admitirlo. Había vuelto a ser el libro un refugio. No había conseguido entrar en el mundo de las comunicaciones modernas. Había perdido pie. Todo iba demasiado rápido para él. Se refugiaba entonces en su libro. No había sido él nunca un gran lector y ahora lo era como a contratiempo, un anacronismo, era él una persona anacrónica: leía cuando todos o casi todos habían dejado de hacerlo, habían pasado a moverse sobre otros soportes: habían dejado el papel de imprenta, de la imprenta de Gutenberg, para la pantalla y la informática. Cuando no entendía él nada de informática. Esto había que reconocerlo por lo menos que si él los podía tratar a ellos (como algunos tradicionalistas no se privaran de hacerlo) de ignorantes, incluso de analfábetos, porque ya no leían les podían muy bien ellos a él devolver la gracia tratándole de ignorante y, por qué no, de analfábeto de la informática a la que no entendía nada ni se esforzaba a conocer. Ellos eran los jóvenes, las nuevas generaciones. Pero algunos de ellos sí leían. Y si levantaría él la mirada de su libro lo vería a este joven leyendo. Era de buena familia. Había que ser ahora de buena familia para leer como en los primeros tiempos de la imprenta cuando solo tendrían acceso a los libros los ricos. Pero muy bien se veía ahora que no era tanto una cuestión de dinero como de educación se diría el viejo y empedernido lector si hubiera levantado un poco la cabeza para mirar por encima de su libro. Quisiera él distinguirse del vulgar leyendo porque esto de nuevo era posible, lo había hecho posible Internet y el móvil. Blandiera él su viejo libro como ellos el último móvil de moda. El joven lector sacó de repente su móvil del bolsillo pero él no lo veía ¿cómo lo viera él si seguía leyendo? y vuelvo a ponerselo en el bolsillo tan rápidamente como lo había sacado o como si fuera uno de estos relojes de bolsillo que ya no se usaban. Mezcla de tradición y modernidad a la japonesa. ¿Sera Japonés este joven lector? No lo diría el cuento porque él no había todavía levantado la mirada de su libro que era, como lo dijimos, para él — y quien sabe si no fuera por timidez más que por educación que lo hubiera elegido desde tiempos ya remotos — un refugio.
mardi 12 mars 2024
Vida y literatura
Nada difícil era para él imaginar que en el club de lectura que se reunira el 14 de mayo en torno a Formas de volver a casa de Alejandro Zambra habra por lo menos una que dira: "Alejandro Zambra nos muestra el Chile de mediados de los años ochenta a partir de la vida de un niño de nueve años" que es lo que viene escrito en la contraportada del libro, pero él también había leído el libro y no había por lo tanto visto al Chile de mediados de los años ochenta. Un autor por muy bueno que sea no puede hacernos ver lo que nunca hemos visto, esto funcionara se decía él para los que ya se conocen al Chile y que entonces se exclamaran aunque tampoco fuera cierto: "Sí eso es lo que yo he vivido, como bien nos lo enseña Alejandro Zambra". Le gustaba mucho verlas reaccionar así en el club de lectura con su mayoría de mujeres, con este su contento, con esta su ilusión, por cierto muy bien entretenida por el autor, de una vivencia común, de unos recuerdos por compartir. Pasaba entonces de la lengua del autor a la lengua de esas mujeres y se daba cuenta entonces él del trabajo del autor que fue de pasar de esas lenguas vulgares ( por muy distinguidas que fueran) a la literaria que las federaba a todas, porque entre ellas no había tanto acuerdo, se disputaban puntos de vista, opiniones distintos. Sí, le gustaba verlas pero él no veía al Chile de los años ochenta porque nunca fue a Chile.
Era distinto con Jaime. Jaime era su amigo chileno aunque no le gustaba tanto a Jaime que se le diga chileno. Jaime era francés y como tal se consideraba desde que vino a Francia, por esto de Pinochet y de la dictadura. Cuando Jaime le hablaba de Allende, más bien le hablaba Jaime de Allende que de Pinochet, se lo hacía más próximo porque Jaime le era más próximo, más próximo que cualquier autor fuera este chileno. Jaime era de otra generación que Alejandro Zambra. Jaime no solo contaba. Jaime fue actor. Tenía él en Jaime a un actor narrador. Jaime tuvo que irse porque le iban a matar, porque iban por él, por Jaime despuès de haber matado a Allende. Se le aproximó mucho, demasiado a Allende, para que lo dejaran ahora con vida a Jaime. Por eso se fue. Jaime le enseño fotos de Santiago, de Valparaíso, de San Pedro de Atacama, de sus hijas, parece no tener nada que ver lo uno con lo otro pero sin las hijas y las hermanas y las parejas de Jaime, sin las mujeres de Jaime, el Chile le hubiera parecido a él inhabitado. Venía la casa de Jaime, el barrio de Jaime, con los acontecimientos que allí tuvieron lugar, y los cambios que le tocó vivir. Le gustó Formas de volver a casa de Alejandro Zambra pero si él tenía ahora alguna idea de Chile como de sus habitantes no era gracias a Alejandro sino a Jaime Prat Corona. Los Prat Corona procedían de Cataluña. Este apellido sonaba a catalan no cabía duda. Sin embargo. Jaime no de frente sino cuando le daba la espalda fue cuando le sorprendió esta forma del cráneo de Jaime cuya estatura era la de un indio pero también este cráneo debía ser el de un indio. Tampoco le disgustaría a Jaime tener orígenes mapuche porque creía él recordar que Jaime le había hablado mucho y en bien de los mapuches, que se los tenía olvidado a los mapuches en su novela Alejandro Zambro, no Jaime aunque solo fuera Jaime de espalda o un Jaime que daba la espalda ofreciéndole así el occiput mapuche. Jaime se había paseado por regiones áridas, desérticas y montañosas de Chile en su último viaje a Chile, en zonas donde solo habría chilenos y tal vez indios chilenos. Pero la mayor parte de la vida de Jaime había transcurrido en Francia donde había sido Jefe corrector, o sea el dominio del francés de Jaime era mucho mayor que el suyo, en nombre como en consideración de ello muy bien se pudiera decir que Jaime era más francés que él. No era el francés primero una lengua y no se pudiera considerar que donde se hablaba este idioma había francés, mejor sería que circundarlo a un territorio. Este amor por la lengua la compartía él con Jaime. Eso les llevaba a menudo a hablar literatura. Jaime había leído a Flaubert como Alejandro Zambra. No, no como Alejandro Zambra que no tuvo paciencia con las descripciones. Jaime se lo había leído entero. Jaime le habló de Flaubert como Alejandro Zambra no pudiera hablarle de Flaubert porque para ello habra que apreciar sus extensas descripciones, o sea su prosa que es amor a la lengua y no solo que se le cuente a uno una historia. Hablando de historia pero esta vez con H mayúscula, pues a Jaime y se pudiera decir a toda la generación de Jaime les gustaba la Historia. No era tan verdad o seguro por la de Alejandro Zambra. Se acordaba él de uno de la generación de Zambra que le caía muy bien como le caía muy bien Zambra, hay que decirlo: a ver si unos piensan que les tiene inquina o animadversión a los de esta generación. Pues este también tuvo que pasar sin leerlas varias páginas de nada menos que Los Miserables de Victor Hugo porque no se hablaba más que de Historia y se perdía el hilo de la narración o sea de la pequeña historia. Eso lo había notado él en Jaime que siempre prevalecía la Historia con H mayúscula sobre la historia anecdótica. Por eso tal vez fueron gente que se jugaban el pellejo: no contaría tanto su propia y pequeña historia como la gran Historia con H mayúscula. Por eso tal vez no había escrito ningún libro Jaime Prat Corona cuando Alejandro Zambra iba por su tercera novela.