Todo era mejor que no tener padres. Tenían padres dos meses al año y no querían que se acabasen tan pronto estos días de verano, de mar, de salvaje libertad, de reales como imaginarias aventuras, de peligrosas tentaciones, de solitarias masturbaciones, de hermandad con peleas, de árboles frutales porque había el cocotero y el plátano y el guayaba y el mango... Había el pequeño pueblo minero y un poco más allá la tribu como había el río con su agua sucia y salobre y luego el mar de agua cristalina, el pasaje sucio al mundo abierto y desconocido y virgen o así lo mirarían: con mirada nueva y fresca. Todo era mejor que el pensionato, aún las palizas, el cinturón del padre, la inevitable presencia del tiburón en las aguas del Pacífico, la inevitable presencia de los mosquitos en las húmedas y calurosas tierras tropicales. No se pudiera decir tampoco que fueran felices pero con la inocencia de la infancia lo más anodino, lo menos relevante, podía tomar proporciones limítrofes, confinantes, a estas regiones por donde solían transitar como almas ligeras los menores de edad sin sentir todavía el peso de la existencia.
El padre y con su ayuda, la de los dos hermanos, había sacado el barco del agua que parecía tronar sobre su remorque en este baldío que había delante de la casa. Lo veían más grande que nunca, domninándoles mejor que el mar, que el mar con sus olas, y les daba mayor confianza en confiarle sus pequeñas vidas, a embarcar de nuevo para nuevas aventuras marítimas. Un musgo verde, algas, se le habían pegado al casco, en su parte submergida. En esto consistiera su tarea, en quitárselas, les dijo el padre, que les dejó antes de irse unas pocas herramientas y enchufó al grifo la manguera de jardín. Tenían que alzar sus pequeños brazos para alcanzarle con un cepillo, una esponja enjabonada, y acabara el lento y menudo trabajo un profuso chorro de agua. Les apareciera de nuevo como cuando lo vieron por primera vez en Nouméa distinguiéndose entre otras embarcaciones de recreo y se imaginaban lo agradable que sería cruzar con él las aguas del Pacífico. Su casco era del color de la naranja o mejor de la mandarina que tanto les gustaba. Así les corría prisa de quitarle su velludo terciopelo verde. Gracias a ellos recobrara vida y su deslumbrante belleza. Luego subieran al barco para quitársele estas manchas de sangre y pegajosas escamas dejadas por fabulosas pescas a las que desgraciadamente no pudieron asistir durante los meses de pensionato, pero ahora sí se decían mientras frotaban, el padre se los tenía prometido, mejor los necesitaría. Estaban prometidos, como los grumetes embarcados de niño, a vivir aventuras: no había leído él a Moby dick la ballena blanca, y a historias de piratas. No soñaba tanto Bernard. Le llevaba él un año y medio a Bernard, pero Bernard era ya casí un adulto, lo tomaba todo con esta gravedad propia de los adultos, también ya había en él esta violencia del padre, incluso en sus rabias de niño había indicios de lo que se iba a convertir pronto en temibles e irreprimibles iras. No, Bernard no compartía sus sueños que eran como el material, los ladrillos constitutivos de la última barrera o pared que todavía le protegía a la vez que le prohibía el paso hacia el mundo de los mayores, mejor que se fuera Bernard para que no se le viniera todo abajo, que en Bernard ya estaba en ciernes la obra demoledora, destructiva, del tiempo: que no se construye un hombre, que un hombre surge de los escombros de la infancia. Pero se quedó con él Bernard que ahora con la manguera de riego y porque pegaba mucho el sol y porque eran niños, que les gustaban jugar como también pelearse, en vez de dirigirla hacia el barco Bernard la volvía contra él, se la cogió, se la disputó, en pocos minutos estaban hecho los dos una sopa, pero de nuevo ponían mano a la obra que era para él como acariciar el casco del Rocca, que era la marca del barco, era muy bien perfilado y a la vez suavemente incurvado; era de ver como cortaba el agua pero al aire libre sonaba como un animal manso o por lo menos en reposo que mejor le correspondía a él que lo sea y a este fin le parecía que lo estuvieran domando. Algo tardó en aparecer la figura del padre que mostraba su sonrisa de los mejores días y fue entonces cuando él pensó que todo era mejor que no tener padres. La madre les había preparado la comida. Había langostas. De noche por el arrecife se dejaban deslumbrar y coger las langostas. Las comerán con mayonesa o alioli. Al pensionato nunca comían langostas. Las langostas perdían sus colores y reflejos azules y se ponían rojas al calor del fuego cuando hervían en la olla grande donde cabían cinco porque eran cinco con el hermano pequeño. Que las langostas perdieran sus colores y reflejos lo lamentaba él y pensaba que eso no ocurría sino todo lo contrario con el barco que parecía revivir y recobrar sus colores cuando se le salía del mar como si el agua no fuera su elemento natural. Pero al primer bocado trocaba la belleza de las langostas por el sabor carnal de las mismas langostas una vez pasadas por agua hirviendo. Tanto el padre cuando echaba el barco al agua como la madre cuando echaba las langostas al agua hirviendo tiraban al suelo este mundo poéticamente habitado donde las langostas tendrían reflejos azules y el barco el color de la naranja o mejor de la mandarina. Sin embargo le habrían ayudado así no más, pescando el padre, cocinando la madre, a ser un hombre de verdad, a entrar de lleno en el mundo de los adultos, pero sólo tendrían él y su hermano Bernard — porque el pequeño se quedara con ellos en casa — padres dos meses al año no más.
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire