Vino a la isla con Moby Dick la ballena blanca. No le habran comprado todavía esta camiseta con flores que así vestido y con vaquero se lo veía en la foto. Era en aquel entonces un niño pálido y triste con más cabeza que cuerpo, tan menudo y delgado era como si la camiseta de flores la sosteniera una percha pequeña. Había desaparecido dicha foto como empezaban a desaparecer los recuerdos relativos a esta época remota de su vida. Apenas si acababa al llegar a la isla su lectura del libro de Herman Melville. No se acordaba haber leído otro en los seis años que pasó sobre la isla ni siquiera que fuera a releerlo. Quien sabe si se habra metido en la cabeza vivir las aventuras que en el libro había como de ver a Moby Dick la ballena blanca porque qué casualidad haber llegado justo en estos parajes salvajes con selva y océano y indígenos y blancos con caras de corsarios o piratas, en fin se le aparecían todos con rostros tan patibularios, esto fuera seguramente el resultado de su lectura o de su imaginación infantil. Trató en aquellos años de tener tanto valor como Ismaël que había embarcado en el ballenero cada vez que salía de pesca con su padre. Y no le resultaba nada fácil como aquel día en que su padre le dijo de coger la palanca metálica, esta barra de hierro que reposaba en el fondo del barco, una herramienta de trabajo utilizada en la minería pero que él vio manejada por los Kanak más que por mineros (aunque también los había) para excavar y desterrar plantas comestibles como el ñame o boñato. Le pesaba mucho, apenas si tenía fuerza para levantarla como si fuera a asestar un golpe terrible, a arponear lo que le resistía a su padre. Habra que decir que su padre estaba en esta edad madura donde el hombre más fuerza tiene. Además su padre que no conocera la vejez siempre había sido un hombre fuerte y lo quedara hasta su último respiro. Este supplemento de energía suya solía producir violencia como en los elementos cuando soplaba demasiado fuerte el viento que levantaba el mar, y lo temía a su padre como se temía en la isla el ciclón y su fuerza devastadora. Por eso no se negó en empuñar y blandir la palanca cuando se lo mandó y fue mucho antes que saliera el monstruo marino su cabeza de las aguas de un mar agitado y ensangrentado porque tiraba muy fuerte del hilo de pesca que si no fuera tan grueso no se hubiera resistido. Se acababa dicho hilo por un cable de acero. Más que de pesca se pudiera hablar de caza. No se cazaba la ballena blanca pero sí el tiburón azul. El mar estaba un poco picado culpa de los vientos alisios. Tambaleaba mucho la barca y más porque tiraba mucho el tiburón sin contar con el peso de su padre en este lado del barco donde trataba de sacar del agua al tiburón azul. Ya se le veía como ensombreciendo la superficie del agua con la enorme masa de su cuerpo todavía en las profundidades, a algunas metros de profundidad de un agua limpica y cristalina como era la del Pacífico en la que se podía ver muy lejos y muy adentro. Sangraba la bestia herida y nerviosa y cansada que ya estaba a punto de emerger a la superficie. Más de una hora agotadora para los músculos de su padre y para sus nervios a él fue necesario para que se acercara al costado de la embarcación. Le tocaba entrar en acción. Pegó un salto el tiburón cuando él le pegó con la palanca sin que esta se adentrara en su carne. El barco se inclinó peligrosamente y la boca abierta del tiburón pasó muy cerca de su propia cara de niño asustadísimo. Se le temblaban las piernas que se habían puesto muy flojas y fue a punto de caerse al agua donde el tiburón le esperaba porque también para él al tiburón le animaba un espíritu de venganza y mucha violencia, también el tiburón estaba herido, porque él nunca se explicó bien tanta violencia en uno si uno no fuera herido. Su padre estaba herido, su hermano estaba herido, los Kanak estaban heridos, y a veces también los elementos como si toda la isla estaba herida, y esto se lo explicaban muy bien los Kanak porque los elementos como toda la isla estaba habitada por los espiritus de los ancianos que sin lugar a dudas fueron también en su tiempo heridos.
Pero bueno él vino a la isla con Moby Dick la ballena blanca y se iba a ir de la isla no habiéndose topado más que con los Kanak y los tiburones sin que apareciera Moby Dick en persona. Se acordaba que en el libro pasaba igual, tantas páginas sin verla, de casi exasperada y desesperada lectura porque no se la veía asomar. Llegó casi a olvidarse de ella como de los tiburones porque se fue al pensionato que estaba en la ciudad. Tenía que estudiar y leer libros que no tenían nada que ver con Moby Dick la ballena blanca y ni siquiera con el tiburón azul. Lloraba como un niño aquel día que su padre lo dejó solo al pensionato y era para rato, para seis años de pensionato que sonaban a seis años de encarcelamientos, de colonia penal como la que hubo antaño en la isla seguramente para corsarios y piratas o por lo menos para personas que tendrían caras de corsarios o de piratas y era ahora con su progenitura que él tendría que convivir en el pensionato y con los Kanak. Le pidió entonces a su padre que le dejara libros porque para él todos los libros eran libros de aventuras que le hablaran de lo que pasó con Moby Dick la ballena blanca. Desgraciadamente su padre volvió con La gloire de mon père y Le château de ma mère que eran dos libros de Marcel Pagnol pero donde no aparecía Moby Dick la ballena blanca. Dejara entonces él de leer libros por mucho tiempo que pasó triste y desengañado y lejos de los suyos y sobre todo de la ballena blanca. No se daba cuenta que le daba ilusión volver a verla como la había visto en el libro de Herman Melville porque no llegaba a diferenciar en estos años lo que era ver con sus propios ojos y lo que era ver con los ojos de la imaginación. Un día le llegó la noticia del fin de su pena. Iba a dejar el pensionato porque iban a dejar la isla. Acogió la noticia con una mezcla de pena y alegría: había vivido muy mal en tan corta edad la separación con los padres, prefería incluso las palizas del padre a los malos tratos del internado que era a sus ojos como una colonia penitenciara para niños; pero por otro lado se agotaba la posibilidad de ver a Moby Dick la ballena blanca. Fueron las últimas vacaciones sobre la isla y no se perdía él ninguna ocasión de salir de pesca con el padre por si acaso... Se habra adivinado el padre el sueño del hijo porque un día en vez de ir de pesca invitó a toda la familia en el barco, que les iba a enseñar algo. En la desembocadura del río en vez de dar por la izquierda y en la primera bahía que llamaban tranquila porque protegía de los alisios dio por la derecha. Primero había que rodear el transbordador que así se llamaba el puente con cinta transportadora que derramaba el nickel de las minas en chalanas que luego lo llevaran en buques amarrados en aguas más profundas allí en "la baie tranquille". Nunca él había ido por este lado, a la derecha del transbordador, y no lo entendía porque era como un callejón sin salida, no daba en la alta mar sino que estaba rodeado de estas mismas montañas donde se explotaba el níquel o este mismo puerto de montaña donde pasaba tambaleándose peligrosamente el autobús que los llevaba al pensionato en estas horas tempranas en las que se les llevaría también a los de las colonias penitenciarias. Era como de mal aguero tirar por allí. Sintió angustia. No eran tampoco sitio de pesca que se buscara por estos parajes tan desolados, tan mugrientos porque el níquel que no caía del transbordador a las chalanas caía en las aguas del Pacifico, lo ensuciaban, mataban al coral, le quitaban fondo. Pero el barco surfeando en las aguas debía aproximarse a su meta porque su padre le quitaba velocidad al motor. No se veía nada. Aguas oscuras y las montañas cerrando la vista y su inmensa sombra en las aguas reflejada y como amenazante. Además un cielo encapotado. No estaría muy lejos la estación de las lluvias. De súbito una mole impresionante como un promontorio salido de las profundidades del agua como de años oscuros, como de un tiempo remoto y prehistórico y un olor fuerte, a muerte, a carne podrida pero de una podredumbre que remontara a siglos pasados, tal vez a los tiempos de la pesca de la ballena porque era la parte emergida de una ballena muerta. Aquí donde nunca iban fuera a parar, a encallarse, Moby Dick la ballena blanca, por eso nunca se la encontró en los seis años pasados sobre la isla y cruzando por sus mares con el barco del padre. Le dio más pena que estos barcos que se quedarón varados en puertos abandonados porque ya no habría pesca, porque ya habría muerto Moby Dick la ballena blanca.
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