Había llegado a realizar el sueño de la Comuna (de Paris) que fue duramente reprimido, se dijo, luego de ver la película y lamentar tantas vidas sacrificadas para nada, para que las generaciones que vinieran luego fueran igual de mal tratadas, igual de laboriosas, igual de poco y mal educadas, igual de vidas precarias y malos condiciones de alojamiento. No era que él viviera muy bien pero ya no trabajaba para vivir muy mal. Sorprendió a todos, en mal, claro, cuando aceptó de su empresa la indemnización por despido improcedente, que le dejara apenas para vivir lo que le quedaba de vida pero nunca se arrepintió de ello. Es cierto : encontró a Sylvia, pero la vida no está hecha solo de trabajo sino, gracias a Dios, también de encuentros. Sylvia le hizo abandonar su estudio en el barrio rojo cerca de la Bastille, el undécimo distrito de París, qué casualidad que fue allí donde un poco más de un siglo más tarde tuviera que realizarse el sueño de la Comuna por su rebelión, aunque no fuera colectiva sino personal, aunque no fuera ruidosa sino callada, aunque no fuera violenta sino tranquila, y por todas estas razones concurrieran a que no fuera reconocida. No quita que él se decía que si todos siguieran su ejemplo tendría que cambiar la sociedad cuando era la sociedad la que los cambiaba a todos: no quisieran vivir todos como él vivía entonces por qué toda esta envidia a su encuentro, por qué le trataban de vago si todos soñaban por las vacaciones o jubilarse como también y paradójicamente pudieran despreciarle por no tener coche ni casa en condición ni estatuto social ya que no trabajaba. Qué poca ambición la suya, por cierto. Por cierto se había negado en subir los escalones de su empresa para llegar a jefe, se había negado en subirse encima de los demás pero también a ser aplastado por los que estarían por encima de él. Luego se encontraba solo, muy solo, tan solo como había actuado, porque le echaran encima la culpa: era el resultado de su actuación pasada su situación presente, no lo negaría él pero que no le vayan ahora a hablar de libertad cuando él solo era capaz de pagar el precio de la libertad, cuando él solo sabría que no se podía ser libre en una sociedad que no lo era y que por ende para ser libre había primero que liberarse de esta sociedad por mucho que le costara a uno: porque no se iban a creer tampoco que no había un precio que pagar y este precio podía llamarse el odio de algunos, el desprecio de otros, y el reconocimiento de ningunos, la indiferencia de todos. Sí por cierto vino Sylvia y por Sylvia dejó él su estudio del undécimo distrito de París para vivir en el apartamento de Sylvia en Saint Maur, pero ahora que Sylvia estaba enferma añoraba su alojamiento aunque fuera más pequeño, ahí habían pasado los dos los mejores momentos de su vida, ahí hicieron el amor con más frecuencia que luego en Saint Maur, y cuando pagaba el sindico de la residencia añoraba también el modesto alquiler del piso de Bastille. Fue una condición sine qua non, un logro en el contrato de despido con su empresa: que se quedara con este estudio que beneficiaba de un alquiler barato. El otro logro fue la tarjeta de transporte porque su empresa era una empresa de transporte. Con demasiado poco dinero viviría él para tener un coche o alojarse en París: era París carísimo para quien no beneficiara de una ayuda de su empresa. Todo esto que ganó era como ganar la pobreza pero una pobreza humilde y digna y libre. Había que hacer hincapie en todo ello, el balanze de lo que se ganaba y de lo que se perdía y en vista de lo que se perdía muchos habran puesto la marcha atras, no él. La honradez, la honestidad burguesa se perdía, también la obrera: la del que se ganaba la vida con el sudor de su frente. Esto se le echaran encima con disimulada envidia. Decían en la película sobre la Comuna de París (1871) que el trabajo no era un fin en sí mismo. Se lo habran olvidado desde entonces los que reclamaban el pleno empleo como también, como si iba de pareja, una política de cero tolerancia: a qué sociedad represiva se llegaba, a qué sociedad represiva no quería él participar, qué tomaran acto de su defección, le daba igual pero muy bien se lo hacían pagar: se lo merecía pensaran y él a ellos: su coche de mierda, su casa de mierda, su vida de mierda. Pero en verdad no llegaba él a ser tan violento con ellos, seguía tratándoles bien, pensando que tal vez la solución que él había adoptado no podía valer para todos y que era por eso mismo que había fracasado la Comuna: no había que obligarles a todos a vivir como uno vivía ni a pensar que el sentido que uno le daba a la vida debía de ser compartido por todos. Su llamaba era una llamada a la tolerancia cuando la sociedad se ponía cada vez más rígida, más conflictiva, más a la defensiva, como si de nuevo se estaran subiendo las barricadas. No, no quisiera él participar a una efusión de sangre, lamentar de nuevo tantas vidas sacrificadas para nada, para que las generaciones que vinieran luego (y es a todo lo contrario que pretenden) fueran igual de mal tratadas, igual de laboriosas, igual de poco y mal educadas, igual de vidas precarias y malas condiciones de alojamiento. Que hicieran como él, no más, que desistieran de una sociedad que no estaba hecha para ellos sino ellos para ella, para que los comiera más que para que ellos comieran, sin otro escandalo que el de una vida que quería vivirse plenamente en conformidad con lo que uno es y no en conformidad con lo que la sociedad es, esto era la única lección que él quería aprender de la Comuna y pagar con su vida como ellos pagaron con su vida el sueño que con ellos compartía.
Referencia:
La Commune (Paris 1871)
Un film de Peter Watkins
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