Los niños como si no hubieran ganado todavía su independencia que no era ni más ni menos su derecho pleno a la vida pero que tampoco por ello se sustraían a la vida tenían lo que él llamaría una vida replegada. Pues, de vez en cuando, y como si volviera a la infancia, volvía él a esta vida replegada. Desde esta vida replegada le aparecía escandalosa y excesiva la vida de los adultos.
Había llegado la auxiliar de vida. Pronto volviera el mayordomo como lo llamaban de broma y era quien a domicilio se encargaba de la mujer enferma veinticuatro horas sobre veinticuatro aunque salía por la mañana y también algo por la tarde, además él era un hombre muy casero siempre leyendo o escribiendo. Se lo aprovechó sin embargo para replegarse en su dormitorio que era como una especie de observatorio aunque no se viera sino se oyera lo que podía ocurrir en su ausencia y entorno. Esta facultad de hacerse olvidar la aprendió desde muy pequeño: le parecía entonces que los mayores vivirían mejor o más si él no existiera como si siempre estuviera metiendo la pata en asuntos ajenos. No era mera curiosidad, no le gustaban las comadres siempre escuchando y luego murmurando, propagando rumores, difundiendo comadreos. Más se pudiera aproximar a estos científicos que ponían cámaras, como se veía en algunos documentales de vida salvaje, para observar luego la vida de animales que no toleraban su presencia ni de día ni de noche porque así le parecía a él que fuéramos nosotros los humanos o sea intolerantes los unos hacia los otros y por ende escondiéndonos o escamoteando los unos a los otros su verdadero ser. Él entonces nos dejaría ser lo que somos: unas bestias algo domesticadas ni más ni menos.
Había vuelto el mayordomo que se dirigió enseguida al cuarto de baño para las abluciones. Dejó correr el agua una barbaridad que él estaba para gritarle: "basta ya con el agua, animal", al animal que ponía sus patas en el lavabo, pero se calló. Había acabado con sus abluciones el mayordomo que se dirigía ahora al piso de arriba donde colocara su alfombra de oración, era mahometano. De paso cambió algunas palabras en árabe con la auxiliar de vida que era del Liban y luego volvió a salir ya que ella estaba entonces por qué no. La Libanesa fumaba. El humo del cigarillo le llegaba por la ventana del dormitorio que había dejado abierta. Asomaba la primavera con este cielo azul y soleado y en los árboles despuntaban los primeros brotes. Si él saliera ahora, y volviera a salir por supuesto pero no todavía, la auxiliar de vida cambiaría algunas palabras con su mujer como si su mujer estuviera capacitada para contestarle. Siempre, como lo había notado desde chico, la gente mayor adoptaba atitudes falsas a su encuentro. Les querían más al natural aunque fueran excesivos, escandalosos y egoistas y pocos atentos a los demás. Por eso tendría por fuerza que salir de su habitación, para que no se olvidaran del todo de su mujer enferma y esto pasaría tal vez si tardaría demasiado en salir, aunque de esto pudiera estar tampoco seguro, decir esto sería como compartir la opinión de los dueños, de los dueños equivocados que pensaran que sin ellos el mundo dejaría de girar y sobre todo los empleados de trabajar. Tenían por cierto otro trato, más relajado, con su mujer enferma a quien habían devuelto la risa, casi el habla, y eso se debía sin duda alguna a sus repetidos replieges en la habitación, de que no estuviera él con ellos cuando estaban con su mujer enferma. De vez en cuando le llegaba las risas de Ferial la auxiliar de vida. ¿Hacía cuanto tiempo que él no había reido en presencia de su mujer? Sí, no cabía duda alguna esto de la vida replegada les venía bien a todos, y no era que uno estaba de más, pero que los demás parecían existir más sin uno, incluso su mujer y aunque fuera enferma. Esto siempre lo había pensando que las parejas eran como dos fuerzas que se aniquilaban a fuerza de estar juntos cuando cada uno por su parte antes tenía una vida envidiable y por esta misma vida atrajó a otra vida cuando ahora le pareciera tan insípida y se lo reprocharía al otro sin darse cuenta que fuera culpa suya, de que no se volviera de vez en cuando a su habitación, a su vida replegada para que el otro pudiera seguir adelante con su vida propia que tanto le había llamado la atención.
También le gustaba oír como lo estaba oyendo al mayordomo mahometano que en su presencia se ponía tan callado y ahora de vuelta hablaba en voz alta y firme, con su natural autoridad que le valió este apodo de mayordomo, a la auxiliar de vida que por su lado algo se burlaba de él, a lo oriental, no con este afrontamiento de egos o de rebelión femenista reivindicando el poder: a ver quien sera el más fuerte, el hombre o la mujer, sino mejor esquivando la infantil y pueril más que viril manifestación de fuerza del mayordomo mahometano. Pero de haber estado él de por en medio seguro que se hubieran enfrentando, enseñando ella la cara, ante él como testigo no queriéndola perder. Cuando él, aunque a punto de salir, todavía estaba en su habitación escribiendo lo que ahora estara usted leyendo porque tenía que dejarlo ahí y echarle una mano a la auxiliar de vida que necesitara su ayuda para bajar a Sylvia su mujer en la silla de ruedas, pues no le quedaba fuerzas para andar y era un día de primavera que no tenía que echarse a perder. Además no hay vida replegada que no fuera como la de los brotes de los árboles listos para el despliegue.
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