Qué extraña costumbre esta de leer. Y más extraña parecera ahora que menos se usa. Pero era él un viejo y empedernido lector. Ni se daba cuenta que estaba cumpliendo con una tradición muy antigua que se estaba perdiendo. Si solo levantaría la mirada de su libro vería que en el compartimento del tren de cercanías donde estaba la gente más bien se entretenía dándole a las teclas de un ordenador o de un móvil. También entrarían en mundos ficticios. No era tan cierto. Estaban conectados. Estaban más bien conectados con este mundo de la actualidad apremiante o de la diversión intrascendente. Cada vez más al abrir un libro le parecía cumplir con un ritual ancestral. Abrir un libro volvía a ser como prender fuego con dos piedras de silex en vez de darle al interuptor de la luz o al botón de la calefacción central. El lento transcurrir de la lectura como estas películas antiguas en blanco y negro tan lentas, desesperadamente lentas, era de otro tiempo, de otro tiempo cuando más tiempo uno tenía. No podía él hacer correr las hojas del libro a la velocidad de la luz o que hacían ellos correr las páginas de Internet. Cómo corrían ellos en busca de la información. Era de ver. Era alucinante. Tendría que admitirlo. Había vuelto a ser el libro un refugio. No había conseguido entrar en el mundo de las comunicaciones modernas. Había perdido pie. Todo iba demasiado rápido para él. Se refugiaba entonces en su libro. No había sido él nunca un gran lector y ahora lo era como a contratiempo, un anacronismo, era él una persona anacrónica: leía cuando todos o casi todos habían dejado de hacerlo, habían pasado a moverse sobre otros soportes: habían dejado el papel de imprenta, de la imprenta de Gutenberg, para la pantalla y la informática. Cuando no entendía él nada de informática. Esto había que reconocerlo por lo menos que si él los podía tratar a ellos (como algunos tradicionalistas no se privaran de hacerlo) de ignorantes, incluso de analfábetos, porque ya no leían les podían muy bien ellos a él devolver la gracia tratándole de ignorante y, por qué no, de analfábeto de la informática a la que no entendía nada ni se esforzaba a conocer. Ellos eran los jóvenes, las nuevas generaciones. Pero algunos de ellos sí leían. Y si levantaría él la mirada de su libro lo vería a este joven leyendo. Era de buena familia. Había que ser ahora de buena familia para leer como en los primeros tiempos de la imprenta cuando solo tendrían acceso a los libros los ricos. Pero muy bien se veía ahora que no era tanto una cuestión de dinero como de educación se diría el viejo y empedernido lector si hubiera levantado un poco la cabeza para mirar por encima de su libro. Quisiera él distinguirse del vulgar leyendo porque esto de nuevo era posible, lo había hecho posible Internet y el móvil. Blandiera él su viejo libro como ellos el último móvil de moda. El joven lector sacó de repente su móvil del bolsillo pero él no lo veía ¿cómo lo viera él si seguía leyendo? y vuelvo a ponerselo en el bolsillo tan rápidamente como lo había sacado o como si fuera uno de estos relojes de bolsillo que ya no se usaban. Mezcla de tradición y modernidad a la japonesa. ¿Sera Japonés este joven lector? No lo diría el cuento porque él no había todavía levantado la mirada de su libro que era, como lo dijimos, para él — y quien sabe si no fuera por timidez más que por educación que lo hubiera elegido desde tiempos ya remotos — un refugio.
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