Me permito
prevenir el querido lector sobre un conjunto de narraciones cortas
que dentro de poco someteré a su atención. Fueron escritas en
francés. De ahí se entendera que la traducción pueda sufrir algunas que otras incorreciones. Voy a aprovechar estas vacaciones
para meter mano a la obra porque me parece que se las merecen. Todas
discurren sobre una isla tan poca conocida como el autor de estas
líneas. Más, diría que fueron unidos por conocer de los dioses el
mismo designio. Con tantas islas del Pacífico, Tahiti, Wallis y
Futuna, ... cuyo exotismo nos deja soñando, cuesta pensar que entre
ellas una pueda ser marcada por el sello de la desgracia por mucho
que se remonta en su pasado. Que se me disculpe entonces el querido
lector si le devío un poco de las rutas turísticas para hacérsela
conocer mediante el testimonio escrito de algún desdichado que
compartó provisionalmente con ella su triste destino. Desde ahora en
adelante llamámosle Kamadja. Es el nombre que le dieron en aquella
isla. Como muy bien dirá Kamadja en unos de sus relatos hay que
recordar que esta isla se dio a conocer por sus desgracias.
La primera
desgracia que le tocó fue ser presidio para Francia. Louise Michel,
una de las principales figuras de la Comuna de París, se acercó a
los canacos durante su estancia en el presidio que fue de siete
años : es más o menos el número de años que se quedó en
dicha isla Kamadja. Kamadja sólo supo de la loba roja (así se la
llamaba) a su regreso a la metrópoli encontrando por pura casualidad
en una biblioteca uno de sus libros. Pudo confrontar y apreciar sus
parecidas experiencias, vivencias, y opiniones, aunque fueran (si se
limita uno a los hechos concretos) totalmente distintas y separadas
por el transcurso de los siglos. Es muy posible entonces que Kamadja
marcado por su lectura de Louise Michel tanto como por su estancia en
el pensionato lo equiparó luego al presidio.
La segunda
desgracia fue que se le descubrió níquel. Kamadja, según cuenta, estuvo en Kouaoua, un pueblo minero donde la tierra de níquel corría roja como la sangre,
coloreándolo todo sobre su paso, el precioso mineral, precioso para
unos pocos ricos y mortal para otros muchos pobres mineros que ahí
vivían en sus aguas polutas e invadiéndolo todo, y cubriéndolo
todo de barro. Lo cargaban. Lo descargaban. Arrasaban montes. Eran
minas a cielo abierto. Se desfiguró al paísaje. Se murió el coral
bajo capas de lodo. Pero también se murieron hombres, mineros,
camioneros que transportaban el precioso níquel, revolcándose el
camión o el caterpillar y cayendo en el precipicio por acercárselo
demasiado y ser todo de tierra movediza y fangosa. Pero nada de
manifiesto tienen los escritos de Kamadja, son pura vivencia, o como el
polvo del camino para el caminante, que allí era rojo.
La tercera
desgracia, como no la primera, era la violencia con la que se vivía.
Violencia que tenía su base, como ya se sabe, histórica, pero
también su actualidad en tiempo de Kamadja. Sin embargo, tardó en
llegar a la metrópoli noticias de ello. Ya había vuelto Kamadja de
su estancia en Nueva Caledonia cuando cayerón los acontecimientos de
la Gruta de Ouvea que en nada le sorprendió pero dio a conocer a
todos sus compatriotas la causa de los canacos. A conocer, no, mejor
a desconocer. A conocer, sí, la violencia. La violencia que se
alimenta con la violencia. Y fue sustento de sus días y de sus
noches como el miedo que es un avatar de la violencia, que van de
pareja y se extienden como una epidemia viral. Pero todo eso quedara
espero más explícito después de su lectura de las pequeñas
historias de Kamadja, ya que así decidí llamar al conjunto de
ellas.