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samedi 1 juillet 2017

Prefacio

Me permito prevenir el querido lector sobre un conjunto de narraciones cortas que dentro de poco someteré a su atención. Fueron escritas en francés. De ahí se entendera que la traducción pueda sufrir algunas que otras incorreciones. Voy a aprovechar estas vacaciones para meter mano a la obra porque me parece que se las merecen. Todas discurren sobre una isla tan poca conocida como el autor de estas líneas. Más, diría que fueron unidos por conocer de los dioses el mismo designio. Con tantas islas del Pacífico, Tahiti, Wallis y Futuna, ... cuyo exotismo nos deja soñando, cuesta pensar que entre ellas una pueda ser marcada por el sello de la desgracia por mucho que se remonta en su pasado. Que se me disculpe entonces el querido lector si le devío un poco de las rutas turísticas para hacérsela conocer mediante el testimonio escrito de algún desdichado que compartó provisionalmente con ella su triste destino. Desde ahora en adelante llamámosle Kamadja. Es el nombre que le dieron en aquella isla. Como muy bien dirá Kamadja en unos de sus relatos hay que recordar que esta isla se dio a conocer por sus desgracias.

La primera desgracia que le tocó fue ser presidio para Francia. Louise Michel, una de las principales figuras de la Comuna de París, se acercó a los canacos durante su estancia en el presidio que fue de siete años : es más o menos el número de años que se quedó en dicha isla Kamadja. Kamadja sólo supo de la loba roja (así se la llamaba) a su regreso a la metrópoli encontrando por pura casualidad en una biblioteca uno de sus libros. Pudo confrontar y apreciar sus parecidas experiencias, vivencias, y opiniones, aunque fueran (si se limita uno a los hechos concretos) totalmente distintas y separadas por el transcurso de los siglos. Es muy posible entonces que Kamadja marcado por su lectura de Louise Michel tanto como por su estancia en el pensionato lo equiparó luego al presidio.

La segunda desgracia fue que se le descubrió níquel. Kamadja, según cuenta, estuvo en Kouaoua, un pueblo minero donde la tierra de níquel corría roja como la sangre, coloreándolo todo sobre su paso, el precioso mineral, precioso para unos pocos ricos y mortal para otros muchos pobres mineros que ahí vivían en sus aguas polutas e invadiéndolo todo, y cubriéndolo todo de barro. Lo cargaban. Lo descargaban. Arrasaban montes. Eran minas a cielo abierto. Se desfiguró al paísaje. Se murió el coral bajo capas de lodo. Pero también se murieron hombres, mineros, camioneros que transportaban el precioso níquel, revolcándose el camión o el caterpillar y cayendo en el precipicio por acercárselo demasiado y ser todo de tierra movediza y fangosa. Pero nada de manifiesto tienen los escritos de Kamadja, son pura vivencia, o como el polvo del camino para el caminante, que allí era rojo.


La tercera desgracia, como no la primera, era la violencia con la que se vivía. Violencia que tenía su base, como ya se sabe, histórica, pero también su actualidad en tiempo de Kamadja. Sin embargo, tardó en llegar a la metrópoli noticias de ello. Ya había vuelto Kamadja de su estancia en Nueva Caledonia cuando cayerón los acontecimientos de la Gruta de Ouvea que en nada le sorprendió pero dio a conocer a todos sus compatriotas la causa de los canacos. A conocer, no, mejor a desconocer. A conocer, sí, la violencia. La violencia que se alimenta con la violencia. Y fue sustento de sus días y de sus noches como el miedo que es un avatar de la violencia, que van de pareja y se extienden como una epidemia viral. Pero todo eso quedara espero más explícito después de su lectura de las pequeñas historias de Kamadja, ya que así decidí llamar al conjunto de ellas.