Habra un tácito acuerdo entre los hombres para el reparto de las mujeres, para que no se reivindicara nunca una igualdad, para que se aceptara que unos tengan más que una y otros ninguna. Esto no cabía duda respetaba la jerarquía social y así se entendiera mejor que nadie dijera nada y no porque estarían libres las mujeres de elegir a quien quisieran, eso muy bien se lo creyeran ellas pero luego eligieran el socialmente ya elegido. Qué hacían aquí los comunistas que eran para que todo sea de todos, pues como todos se emparejaran, cada uno con la suya, allá ellos si no les quedaba ningunas. ¿Quedaran todos de acuerdo con qué si no tenía uno una (por lo menos una) es que no se la mereciera? Porque no había oído él hablar de subsidio o prestación alguna que le fuera atribuido a uno que no alcanzaría tener una (por lo menos una) como cuando no se alcanza trabajo. Que no se sorprendieran entonces que se actuara en tiempos tan civilizados como salvajes, peor, como bestias, cazando mujeres, que fuera la presa de hombres. No, que no se sorprendieran ellas tampoco y se quejaran cada vez que no les había tocado el premio gordo o el premio gordo les hubiera engrosado y abandonado o tal vez abandonado sin ni siquiera engrosarlas ni revisado el sueldo a lo alto ni subido el puesto, ni nada de lo prometido cumplido en cambio de sus indudables encantos. Si no había leyes. ¿Y cómo hubiera leyes de protección válidas si no había primero leyes de reparto? Para proteger a quién si nadie se había puesto primero de acuerdo sobre el reparto. Porque muy bien se veía que nadie estaba de acuerdo y que todos robaban el pretendido bien (porque no era fruto de un reparto y en tanto no podía estar considerado como tal) de unos conservadores por no decir acumuladores de bienes ajenos que quisieran ser inalienables y privados, en fin propriedad privada. No era la mujer libre el bien de todos: ¿Cómo podía ser libre una mujer si no era el bien de todos pero de solo uno? Sí todos se robaban la mujer, dijeran lo que dijeran, fueran o no fueran comunista. Eran unos salvajes, eran unas bestias, iban hasta pelearse por una mujer: como si no hubiera otras, como si no fueran libres las mujeres. En familias acomodadas se podía oír: "primero los estudios o primero el trabajo, luego la mujer" Como si la mujer tendría que venir luego naturalmente al que tenía buenos estudios y buen trabajo, se compraría como se compra un coche de lujo. Y esto naturalmente pasaba con mujeres que se decían libres, no compradas, no ganadas a fuerza de estudio y trabajo. Pero no estaban equivocadas la buena gente acomodada que muy bien se sabía como funcionaban las mujeres porque las mujeres funcionaban ni más ni menos sino como funcionaba la sociedad, porque las mujeres no podían no funcionar como funcionaba la sociedad. Esa era toda su libertad. Y cómo iban a comportarse los hombres mal acostumbrados como lo eran a que la mujer les venga como propriedad privada entre las otras propriedades suyas, sino como proprietarios. O sea si uno había llegado a tener riquezas o un cargo importante en esta sociedad cómo no se creyera tener derecho a todas las mujeres que quisiera sin tener que rendir cuentas luego ya que no era una cuestión de reparto o sea de justicia equitativa sino de robo. Sí! de robo, porque pudiera ser de cualquiera era suya por eso de la riqueza o del alto cargo que le hacía envidiable a los ojos de todos y más que a los ojos de todos a los ojos de las mujeres supuestamentes libres en su elección pero que siempre elegían los mismos y cuando no lo alcanzaban a pesar de sus indudables encantos puestos en la balanza se quejaban delante de la justicia, amenazando a los hombres con una demanda judicial, cuando ellas mismas participaban de esta injusticia que no haya mujeres para todos los hombres sino para estos, siempre los mismos, que ellas todas se disputaban también salvajemente. Y que no se le vengan ahora con el cuento este de la seducción como de un juego sutil y delicado y muy civilizado que existiera entre el hombre y la mujer sino más bien cruel y despiadado, sádico y masoquista, en el que siempre salía un ganador y un perdedor, cuando no herido a muerte, lastimado, humillado a vida, violado. Había que decir las cosas como son y él no se hacía rezar para decirlas cuando mejor le hubiera correspondido a un sociólogo decirlas con académica autoridad, pero el sociólogo tendría una mujer o dos o tres cuando él no, ni una.
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