samedi 16 mars 2024

El caso Ernesto


Él olía las buenas historias por escribir cuando les llegaban. En esto se pudiera decir que tenía talento de cuentista, luego tenía pereza para escribirlas. Así el día que volvió a encontrar a Antonio, este ya no trabajaba al Instituto Cervantes, y era en este restaurante chino donde tan bien se comía porque estaba en el barrio chino y que excepto Antonio y Luis que estaba con él todos eran chinos o por lo menos asiáticos, y allí fue cuando le preguntó a Antonio donde había pasado Ernesto que ya no se lo veía más ni siquiera en los sótanos de la biblioteca del Instituto Cervantes. Le contestó Antonio que no le extrañaba, que la ... no sé acordaría él cómo la llamó y si lo supiera el pudor se le prohibiría repetirlo, además él siempre había sentido, como era natural, más inclinación, más afecto, hacia las mujeres que los hombres, y hacia esta bibliotecaria en particular que a Ernesto con quien era difícil intercambiar, que refunfuniaba y miraba de reojo. Pero ya no miraría más a nadie Ernesto, a nadie que estuviera en el recinto del Instituto Cervantes porque no estaba, porque había desaparecido puesto que nadie tenía noticia de Ernesto. Era un hombre mayor Ernesto pero no para tanto, no para jubilarse. Tal vez lo habran puesto en un manicomio porque Antonio decía que esta bibliotecaria era como para ponerle loco a uno. La verdad no quedaba más en el Instituto Cervantes que bibliotecarias. Se fue Antonio. Se fue Ernesto. Solo quedó ella y vino otra que no fuera macho sino hembra aunque sí macho lo fueran un poco las dos. No quitara que a él les cayera bien las dos, sería que él era no feminista pero eso sí muy feminino, que las cosas no son como se parecen, a pesar de ello tenía todos los atributos de un hombre aunque no los usara mucho. Sin embargo el caso Ernesto no era sin recordarle estos tiempos en los que estaba en el Instituto de Montfort que no era una biblioteca sino un gimnasio donde oficiaba él de profe de cultura física. Sólo venían mujeres en la sala de arriba y eran sus cursos de cuarenta y cinco minutos de ejercicios que se limitaban a la parte inferior del cuerpo, piernas, caderas, no pasaba de la cintura, cuando en la de abajo donde sólo venían los hombres y había máquinas de culturismo se trabajaba más bien de la cintura arriba. Pues en el Instituto de Montfort era todo al revés que en el Instituto Cervantes. Se fueron las mujeres y quedarón los hombres. Había que decir, aunque esto no se dice, que eran todos homosexuales, muy simpáticos de verdad y muy amigos de las mujeres, pero cada uno en su casa y Dios en la de todos. Así habría que imaginar que Ernesto se fue a su casa para siempre jamás. No se lo habran comido. Nunca había él oído decir que las mujeres fueran antropófagas aunque Antonio no estaba muy lejos de creérselo. Tampoco a él las bibliotecarias del Instituto Cervantes le parecían lesbianas. Que habrían divorciado no significaría nada en estos tiempos muy duros para la convivencia heterogénea. Esto de la complementaridad de que se hablaba mucho no parecía funcionar tanto. En materia de sexo si se limitaría a ello pero si se limitaría a ello tal vez funcionaría mejor la cosa. Estas mujeres no iban bien decía Antonio y suponía él que quería decir Antonio que no irían bien de la cabeza. En este caso no era Ernesto quien debía ir al manicomio. Pero los tiempos habían cambiado: ya no se mandaba sólo a las mujeres al manicomio sino a todos los que estaban refractorios al sistema vigente y a este mejor parecían acomodarse las mujeres que alcanzaban altos cargos, luego, claro está, de haber sido las mejores alumnas y estudiantes. Se aprende pronto o no se aprende nunca. Esto de que era una sociedad de hombres habría que verlo y si lo era para cuánto tiempo lo sera, se preguntaban. Antonio estaba todavía recuperándose de un divorcio y él estaba con una mujer enferma. Yo y mi circunstancia, diría Ortega y Gasset. ¿Cómo podían ver las cosas de otra forma entonces? Que las cosas no son como son sino como se las ve. Para ellos las mujeres eran así, así como se las veían o imaginaban. Pero volvamos a Ernesto. Ernesto era el tipo mismo que no se podía imaginar con una mujer. ¿Habra tenido una familia Ernesto? Ernesto no era así, le dijo Antonio que quería sin duda decirle que Ernesto no fue siempre así. Ella, la bibliotecaria, tenía la culpa, ella fue quien lo había hecho así: un zombi, la sombra de lo que habría sido y tal vez quedaba siendo pero sólo en casa y para los suyos si todavía tenía casa y a los suyos: que todo se puede hechar a perder por culpa de una mujer, fuera esta una bibliotecaria. Bueno tampoco se lo había visto mucho, tampoco había tenido mucha oportunidad él para fraternizar con Ernesto, ya se lo habían relegado al sótano del Instituto Cervantes, a los archivos y es solo porque a veces pedía él libros muy antiguos como últimamente a Icada, Nevda, Diada, de Rosa Chacel que la bibliotecaria debido a la defección de Ernesto tuvo que ir a buscar en el sótano. El caso Ernesto sería de investigar más pero él le preguntaba ahora a Antonio si era buena esta gelatina verde que le servían de postre. Antonio que era de confianza y muy buen cliente del restaurante dijo que sí. Entonces pidió una gelatina verde para él y otra para Luis que es de lastimar no participó mucho de la conversación porque también salía (aunque nunca se sale) de un divorcio que también perdió. En cuanto a él y a pesar de todo lo dicho la bibliotecaria le quedaba gustando ¿Qué se le iba a hacer si uno estaba perdido o iba a su perdición? Lo diran las mujeres: "todos los hombres son iguales". Y muy bien hubiera bajado él al sótano con la bibliotecaria ahora que no estaba Ernesto, como si fuera él otro Ernesto o para saber de una vez para siempre lo que le había pasado a Ernesto en el sótano para que no volviera nunca a aparecer.

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