dimanche 14 avril 2024

El coronel


Este lo quiero, dijo el jefe de servicio. El delegado sindical a quien venía dirigido la orden no tuvo ni tiempo de recibirlo en el local justo detrás del mostrador donde estaba yo apretando de vez en cuando sobre un botón que abría la esclusa de seguridad dando libre paso en el mismo servicio de seguridad de la empresa ferroviaria. El jefe se lo habían colocado hace muy poco en el servicio para que lo reformara. Tenía el grado de coronel en la gendarmería y no estaría muy lejos de la jubilación. A mí, la verdad, me caía bien, el coronel. No andaba con remilgos. A todos estos corruptos de la empresa les iba a devolver en el recto camino. Quiso el delegado que entrara en el despacho para hablar más tranquilo del asunto. El jefe se quedó firme y sólo añadió que si querían el seminario en Bretaña — el jefe era bretón — y se fue. Yo sólo sé que se fueron, muy poco tiempo después, todos los delegados sindicales del servicio de seguridad, a Bretaña. En cambio, no supe nunca nada de este pobre tipo que confiara en el sindicato para defenderle. A mí me pusieron en aquel puesto por esto de la reforma, por pura incompatibilidad o rechazo de los equipos de seguridad que actuaban en las lineas ferroviarias, sin precisar, claro está, que era sólo con los corruptos, no con los demás, que yo no me entendía, pero esto muy bien se lo supiera el coronel que me saludaba al paso, que era como un guiño que me hacía, que era como para decirme lo que le era impossible decirme: "tú veras lo que se les voy a hacer yo a estos corruptos". Mi caso no se podía defender pero el coronel llegó a sugerirme que mejor yo no volviera "al terreno", que allí me esperarían los muy bribones. Era un militar con un sentido de la misión. Iba a cumplir con ello y con ellos. El ex jefe de servicio y jefe de los corruptos fue desplazado para que él pudiera intervenir. Era de suponer que el orden venía de más alto. Una decisión política. De vez en cuando, y ya habían tardabo mucho, tenían que hacer la limpieza como en cualquiera casa. Olía mal. Olía a borracherías, a orgías, a todo tipo de fraude, de estafa, de falsificación. En que lios me habré metido, se diría el jefe de servicio, cuando se enterara de todo. Qué desilusión también sería la suya si quería ahí encontrar como una fraternidad de armas, ahí donde sólo había complices y vil secuaces. Lo veía pasar cada vez más tenso, más nervioso, menos seguro. ¿Tendrán razón de él? Cuando dando al botón para que se abra la esclusa de seguridad reconocía al coronel casí lamentaba haberle abierto las puertas del infierno, porque yo creía más al infierno que al paraíso, refiriéndome precisamente a este lugar que abrigaba las fuerzas de seguridad del metro por donde se accedía solamente después de bajar (estaba al nivel menos dos debajo tierra si bien recuerdo) muchas escaleras y que sólo alumbraba la luz eléctrica, o sea donde nunca entraba el sol ni se veía el cielo. Ahí perdiera el coronel su sentido de la misión como una clara visión de la civilisación humana, en este dédalo de corredores que no llevaran a ningún sitio sino al infierno. El delegado sindical era otra cosa. No era una persona mala, aunque eso de las personas malas no quiere decir nada porque personas malas pueden hacer el bien de algunos cuando personas buenas pueden hacer el mal de algunos y entonces se jugaran como buenas o malas según el bien que a uno le hace, lo que no quiera decir nada en cuanto si son buenas o malas. Acababa de hacerme mucho daño Luisa mi ex por eso del divorcio donde se refirió a mí su abogado en términos muy malos cuando no había para tanto. Me resistía sin embargo a que Luisa pasara del campo de las personas buenas a las personas malas por eso del divorcio y del abogado. El delegado sindical era de trato amable, se notaba que le gustaba la vida y las personas humanas, relacionarse con ellas y si afinidad tener relación con ellas, fuera o no esta extra conyugal. Era un hedonista en el sentido bueno de la palabra. A la relación conflictiva había preferido la relación conciliadora y por ende había dejado "el terreno" para su despacho donde acudían los desahuciados, los lastimados, en fin los perdedores a quien daba o devolvía no tanto la ilusión de que ganaran sino que él les escuchaba, lo que tampoco era del todo cierto porque además de su mujer a muchas atraía su estatudo (puesto en el sindicato, se notaba que iba a medrar) como su persona. Vestía bien, hablaba bien, también sabía callar muchas cosas, era un listillo de primera. Removía "dossiers" (era antes de la informática) y corría en los corredores del servicio de seguridad con igual de prisa que el coronel. Era curioso que estas dos personas tuvieran que relacionarse y más que pudieran entenderse. Hablaran como dos idiomas distintos aunque usando las mismas palabras, incluso cuando pensaran estar de acuerdo no lo estaran. No se enfado conmigo el delegado sindical cuando me negué a tomar la carta de la CGT, muy bien se sabía el listillo que mi caso era indefendible o sea que tenía más que perder que ganar en defenderme. La verdad, no se arriesgara él el pellejo por nadie, era un buen vividor, que se le iba a hacer, casí se lo podía entender: no se sentía como el coronel investido de una misión, no tenía que cumplir una orden, en fin no era un militar sino más bien un político o más afín con lo político que con lo militar o sea más sobornable. No eran muy altos los dos, más pequeño él todavía aunque se mantuviera más recto como si fuera él el coronel mientras el coronel iba un poco encorvado, esto sin duda por el peso de los años o de la carga debida a su autoridad y sentido de la responsabilidad. Y si todos los caminos llevan a Dios más torcidos serán sin lugar a dudas los del hedonista a quien tanto le gustaba la vida y las mujeres porque sin lugar a dudas los que llevan a Dios también llevan a la muerte y con rectitud más promptitud, que era esto más conforme con el andar de un coronel cerca de la jubilación. Este lo quiero, dijo el coronel. Es este lo quiero que me queda como lo más notable y desdichado del coronel. Aprendí luego que este lo quiero se dirigía a un pobre desgraciado, librado al coronel, para acallar el descontento de quien más logros no alcanzaba, y cómo iba a alcanzarlas (presas más codiciadas) si beneficiaban de protecciones que él ni siquiera se pudiera imaginar. Además este lo quiero me devuelve a mi propia puesta a la reforma o exclusión del servicio de seguridad. Alguien a mi encuentro habra también dicho: este lo quiero, y desgraciadamente para mí este fuera todavía de más alto rango que el coronel de gendarmería que no pudo nada por mí sino esta pequeña complicidad tácita que aquí refiero y tal vez no hubo lugar más que en mi imaginación. 

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