vendredi 12 avril 2024

La invasión


Lo sospechaba. También lo temiera. Lo temiera más que lo sospecharía. Se lo dijo el pequeño hombre en el gimnasio donde intentaba mantener la poca salud que le quedaba. Quien hubiera sospechado que había hecho el Tchad y otras temibles campañas militares. Estuvo en Nouvelle Calédonie. Qué casualidad porque él había de niño estado allí con sus padres que formaban parte no del cuerpo militar sino académico, eran maestros de la enseñanza pública. El pequeño hombre había además pasado de un cuerpo a otro, pero con los últimos acontecimientos y a pesar de que era de salud precaria había reintegrado las fuerzas armadas. Se lo dijo a él entonces que no alcanzaban ya sus fuerzas como todas las fuerzas armadas que se oponían a la invasión. La ola de emigraciones desbordaba, invadía las tierras, todas las tierras, como un maremoto, como un Tsunami, o al mismo tiempo que las aguas que subían las invadían, porque al desastre ecológico se sumaba un desastre humano y al elemento añadían sus fuerzas igual de irreprimibles e irracundas, no había quien le resistiera, no era solo una fuerza humana era una fuerza natural contra la que no se podía luchar. Iban a ceder, dijo el pequeño hombre, todas las fronteras como si fueran vanas barreras, vanos diques que se le opusieran a la fuerza del mar. Sí, era de sospechar. Y mientras todos hablaban del peligro amarillo él lo veía más bien azul como las aguas o negro o de cualquier otro color que no fuera blanco porque ya el blanco vivía como atrinchado y demasiado seguro de sus trincheras como de sus barreras, comodamente y por qué no decir condenadamente sentado detrás e ignorando medio mundo pobre, miserable, subdesarrollado como lo llamaban con o sin desprecio, pero sobre todo expuestos a todo tipo de calamidades climáticas o no climáticas. Ahora no era el pequeño hombre que todo asustado y temblando le hablaba sino Nakédé Pierre su amigo Kanaki de Nouvelle Calédonie. Qué casualidad, qué bien, tú aquí Nakédé Pierre mi amigo de la infancia. No hay amigo ni Nakédé Pierre que valga, le respondió Nakédé, con este nombre que le sentaba ahora como un nombre de guerra. Ya no tenía, le dijo, por qué ser su amigo como de ser amigo de los blancos como él, ni de llamarle Kamadja como lo llamaba en aquel entonces, basta ya de Kamadja, basta ya de fantasía, se trataba de sobrevivir y cuando se trata de sobrevivir es sálvese quien pueda. Y de nuevo se hizo oir, aunque con voz más debil y bajita, el pequeño hombre que repetía como una letanía: que no bastaba ya su fuerza como todas las fuerzas armadas que se oponían a la invasión. Y fue entonces cuando él se dio cuenta de que sangraba el pequeño hombre, pero no sangraba sólo el cuerpo del pequeño hombre desfalleciendo sino el corazón y el alma del pequeño hombre desfalleciendo, que ya se hacía tan grande, que ya abarcaba a toda la humanidad.

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