Caminaba despacito hacia el lugar del encuentro ajedrecístico.¿ será su mente un tablero en blanco y negro donde se movieran piezas del juego de ajedrez? ¡Ni hablar! Había como media hora de recorrido. Tiempo para pensar. Por esto le gustaba andar. No tanto por el paisaje. Le agradaba el paisaje, estas casas tranquilas a cada lado de la carretera como descansando en paz, una paz burguesa bien merecida y a la que volvieran después del trabajo, la oficina, la tienda, volvieran y no será tampoco su mente un tablero en blanco y negro donde se moviera piezas del juego de ajedrez. No quita que algunos de ellos estarán compitiendo como él. Eran aficionados. Los aficionados tenían otras preocupaciones. Otras cosas les pasaran por la mente. Ya se los veía durante la semana laboral por el camino de vuelta a casa preocupados como si llevarían a cuestas su trabajo pero ira disminuyendo la carga conforme se acercaran a su casa. Las veía él como si fueran hechas para ello: para aliviarle la carga, sus casas. Él no tenía casa, algunos como él vivirían también en un piso aunque se veía pocos edificios grandes, pesados, que no aliviaran tanto de la carga, al contrario recargarían demasiado el paisaje. Pero obligarían a levantar la mirada hacia el cielo, como se decía en otros tiempos de las iglesias con sus campanarios, y ahora de los rascacielos, porque iglesias se veía muy bien pocas. Pero tampoco había rascacielos en Saint-Maur que era donde él vivía. En cambio sí había cristianos de buena cepa, cristianos con buenas casas que por ende no mirarían tanto al cielo. Entre ellos, como queda dicho, había incluso algunos como él que mejor mirarían un tablero de ajedrez en fines de semana, que mejor que ir a misa a rezar irían a su club de ajedrez a jugar, a competir para variar. Pero todavía no había llegado. Le quedaba por caminar. Es apenas si llegaba a este camino peatonal que pudiera considerarse como el casco viejo de la pequeña ciudad o el centro comercial porque ahí no faltaba tiendas y cafes y restorantes y algunos días bajo las arcanas y sus bovedades tenía lugar el mercado. Pero era domingo y en el empedrado no se cruzaba con mucha gente. Sólo estaba abierto el Prisunic y un lavadero y unos pobres que iban o salían del lavadero porque había que ser pobre para no tener en casa ni siquiera una lavadora mientras en el Prisunic iban mejor vestido. Hacía poco pensaba fue de compras al Prisunic pero conoció a otro lavadero. Y de nuevo casas de cada lado de la carretera, casas tranquilas que algo le infudieran de su paz cristiana porque no se sentía muy nervioso a la hora de ir a competir. En esto justamente pensaba. De si hubiera un gran miedo que lo presidiera a todo: el miedo a la muerte. Y los demás miedos no fueran entonces más que miedos subalternos. Se decía que si no existiera este miedo fundamental no existiera tampoco este otro de perder la partida de ajedrez que algo le atenazaba aunque no quisiera reconocerlo. Pero durante la partida a veces le temblaban las manos y se le aceleraba el pulso en los momentos álguidos del juego, cuando pugnaba para vencer, cuando no fuera para no perder. Estaba a poco de llegar. Le pasó por la cabeza que no quería bastante a este juego, el ajedrez, porque sino en su mente se dibujaría un tablero en blanco y negro donde se movieran las piezas que sería como jugar a ciegas cuando esto era más bien propio de los Grandes Maestros de ajedrez, que eran profesionales. Mientras él estaba ahora pensando en otra cosa y era dejar el terrible miedo ancestral de la muerte para el del fuego que no lo era menos, que también remontaría a los primeros tiempos de la humanidad. Este fuego era para él el fuego de la pasión y en esta pasión también fundamental, primordial del hombre, había la mujer o sea el amor. Entonces si había un Gran Amor que lo presidiera a todo, como un Gran Incendio que lo incendiera a todo: el amor a la mujer, los demás no serían más que amores subalternos. Se decía ahora que si no existiera este amor fundamental, este incendio primordial, no existiera tampoco este amor al juego y no se le viera llegar hoy en día domingo a las dos de la tarde a este edificio que se parecía o le hacía pensar a una antigua fábrica y la veía como de ladrillos rojos, como si fueran las llamas del infierno que ahí les quemaría, les abrasara a todos, cuando no el amor al juego.
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