Los primeros rayos de sol vinieron a dar en los cristales desnudos de las ventanas tocando diana. Que mejor despertador en el mundo no lo ha habido, no lo hay, ni lo habrá en los tiempos venideros, según mi primo. A mi parecer, había dado un poco temprano. Pero ¿Qué es la vida? La vida es sueño, dijo Pedro Calderón de la Barca. Y yo que me levanté con sueño con sueño estaba caminando con mi primo cuando nos apareció Alvaro.
Alvaro fue la primera aparición del día y no sé si la más real o irreal de todas. Alvaro hacía milagros con su segunda piel, que así llamaba su cataplasma. Alvaro trabajaba en un hospital de Madrid. Su familia se quedó en Brasil. No era la primera vez que hacía el camino de Santiago. Tampoco éramos los primeros a quienes hacía algún beneficio, simple o curado. Alvaro no presumía de santo pero desde siempre y con mucha magnanimidad repartía segunda piel. Curado de mis ampollas, me sentí resuscitar, hijo de Lázaro, Lazarillo. Le pedí a Alvaro que me perdonara mi brusca retirada de la noche anterior cuando intervinó en la dulce plática que entreteníamos Puci y yo. Pero el buen hombre no sabía de rencor ni de celo ni de envidia ni ... sino donde se podía dormir y comer.
Al fin y al cabo, lo esencial, que se aprende y no se enseña, de pie y no sentado. Me venía bien que Alvaro por muy santo que fuera no dejara de pensar en el comer y en el dormir. Pero para el uno como para el otro y por falta de dinero se remetía a la Providencia que, decía, había sembrado el camino de Santiago de Compostela de albergues y refugios. Siempre fue correspondido en su querencia, que de memoria se sabía de cada uno la dirección, el número de plazas, si salía barato, si estaba bien colocado, bien cuidado, con cocina, con duchas, con servicios. En cualquier lugar donde estaba se representaba el más próximo y el mejor albergue que haya. Y si uno se sorprendía de su ciencia y se le agradecía respondía simplemente: <<cuando la necesidad apremia>> con discreta y humilde sonrisa, con la cabeza agachada, porque no era él para mirar a alguien por encima del hombro sino con recelo, de soslayo.
Alvaro era de estatura mediana y bien rellena como buen pan, hecho de buena harina, de cara redonda y mofletuda, de manos rollizas que juntaba con unción. Nos agradeció los últimos frutos secos y la barra de chocolate que con él compartimos. Y como nos marchábamos le pregunté si se quería venir con nosotros. Qué no, que nos fuéramos con Dios, que él esperaría aquí a las dos Brasileñas, a Puci y a Sonia, quién sabe si no estaban las pobres necesitadas también de segunda piel.
- Buen camino
- Buen camino
Nos decimos los unos a los otros. Yo sombrío, mi primo sonriendo.
Y ambos callados anduvimos lo que había de andar para llegar a Astorga y no era mucho si en vez de a pie lo hubiéramos hecho en coche. Fue mi primo quien rompió el silencio:
- Todo tiene un principio y un fin: el camino, una historia de amor, la vida, y cuando no empieza bien acaba mal.
Mi primo no era un literato: habra oído hablar de Homero, de Horacio, pero no de que Horacio le alabó a Homero por haber empezado la Iliada in media res. Sin embargo, me quería comunicar mi primo - interpretaba yo sus palabras como si fueran palabras evangélicas - que la historia de Puci y Sonia, del cocinero, de Alvaro, había comenzado con el camino que nosotros habíamos tomado como in media res. Que a mi primo le estaba obsesionando tanto lo de haber empezado el camino in media res como para fijarse en una pareja de ancianos de cuya presencia tardé en percartarme como si fueran fantasmas no míos sino de mi primo. Se los veía aparecer y desaparecer para reaparecer luego más lejos. Los adelantábamos para encontrarlos de nuevo delante de nosotros. Y esto duró mucho. Y esto se repitió mucho. Hasta que mi primo no pudiendo más, no sé si de exacerbación o de curiosidad, los alcanzó y tiró la cosa al claro: alternaban con otra pareja en coche.
Me pasó igual que a mi primo menos que en lo que me toca no se trataba de una pareja de ancianos. En la línea divisoria, entre cielo y tierra, se perfilaba el gracioso cuerpo de la nórdica. Con los versos del poeta me refería a la curvada figuración de un cuerpo entre dos luces, a la toponimia oscura de sus huecos, a la profunda culminación de un seno. Durante horas y horas fue mi guía, fue mi norte, fue el aliciente de mi vida al aire libre. Y en cuanto pensaba alcanzarlo se volatilizaba para aparecer más lejos aquel espejismo que pedía a gritos mi cuerpo de hombre que no había conocido mujer desde hacían no sé sabe cuantos días con sus noches. El amor atrae como la muerte. Es el amor a lo desconocido amor a la muerte. No hay otro amor que el amor a la muerte. En aquellos términos confié mi despecho amoroso a mi primo que me aconsejó sustituir la muerte por Dios.
Imagínese en medio de la llanura, al pie de la montaña, un castillo como salido de un cuento de hada, que allí quién se lo esperaría. Lo que se ofrecía a nuestros ojos no era menos que la Astorga del marqués don Alvaro Pérez Osorio, del rey Bermudo, del emperador Octavio Augusto. Nos acercamos al Palacio Episcopal de Astorga que enfrente había un restaurante. Dejé de mirar al Palacio para mirar a la carta. Primo - dije - aquí estamos en el centro de la Maragatería y se propone cocido Maragato. Pero íbamos a pasar de largo. Para el primo este restaurante era de mucha categoría.
- ¿En que categoría pones tú a los peregrinos?
Le pregunté
- En la más noble, honrada, y santa que haya en la tierra.
Dijo de un tirón el santo varón
La verdad en cuanto a categoría también se ha pensado para pícaro en el efecto desastroso de los picardos que venían en peregrinación, de romeros, a Compostela. Pero bien me callé, mejor le recordé la santa figura de Alvaro y lo que nos dijo: que con la credencial se nos hacía un precio como que también tenían buenos vinos. Que el primo siempre fue comedido aunque no con el vino que es sangre de Cristo y gustado de prelado. No se hizo más rogar y entramos en Palacio. Digo en Palacio porque fuimos recibidos como principes en la antesala del restaurante que se me antojaba como la antecamara del Palacio de enfrente. A guisa de letra de recomendación enseñé la credencial, lo mismo hizo el primo. Y, tal como Alvaro nos lo tenía aconsejado, dije que estábamos recomendados de parte del señor del albergue.
Había detrás del mostrador una azafata que no habra desmerecido de cortesana: muy peripuesta, muy risueña, muy amable, que nos miró de arriba abajo. Notó que estábamos sin afeitar, sin peinar, que no llevábamos corbata ni traje de etiqueta ni cara de haber llevado uno en toda nuestra pícara vida. En fin, nuestra vestimenta daba mucho que hablar pero no se alteró, no se inmutó, no habló de ello sino que nos dejó plantados ahí con un <<sereís muy amables, señores caballeros, de esperarme, que ahora les voy a presentar mi señora.>> Vino sin tardar una señora muy mayor que había perdido la sonrisa pero conservaba el sentido de los negocios puesto que en este sentido dio algunas directivas a la que ahora me aparecía ser nada más que una empleada. Y como tal nos acompañó a una sala grande y vacía donde sólo comía el personal. Asistimos a un vaivén de fuentes que salían llenas mientras otras volvían vacías.
Pregunté de donde venían y a donde iban cuando - en sala tan aireada, tan compuesta, tan atractiva, de tantos brillantes, de tantas tapicerías y colgaduras, de dama principal con miras al Palacio Episcopal - estábamos tan solos. A lo cual siempre muy amable, siempre muy sonriente, una camarera nos avisó que había allí otra sala todavía más aireada, más compuesta, más atractiva, de más brillantes, de más tapicerías y colgaduras, de dama de más alcurnia pero muy recatada respecto a desconocidos que no se les fuera presentados. Llegaba el Cocido Maragato. Callarse y comer resultaba como siempre ser lo mejor. El Cocido Maragato era el menú principal de casa tan noble y tan rica donde mi primo pidió patatas a lo pobre y vino de mesa.
El Cocido Maragato estaba compuesto de tres platos. Como es costumbre cristiana santiguarse empecé en nombre del padre a comerme la carne, con el hijo comí las legumbres, y la sopa que es de menos sustancia con el espiritu santo, amen de postre que ya estaba empachado. Que no fue comérmelo todo en una asentada sino en tres asentadas. A mi primo que con el vino soltaba la lengua no quise hablar con la boca llena ni aguar el vino con el caudal de mis palabras. De postre como queda dicho pedimos la cuenta. Cuando la vio mi primo, dio las patatas a lo pobre por muy ricas y llamó al vino de mesa Tinto de Rioja. Se levantó de mesa, abandonó la sala, llegó a la antesala con paso noble y reposado, allí fue saludado, se nos adelantó, se nos franqueó la puerta, y salió mi primo del restaurante episcopal como el rey de su casa y yo en pos de él como principe fiel a la corona.
Iba yo luego por la calle doblado por la cintura. Que no de risa. Que de las dos manos me sostenía la barriga con ansias y ganas de devolverlo todo y con ello el alma como él que se encuentra en estado de pecado mortal. Dijo el muy primo mío que en el pecado va la penitencia y que comer tanto después de tres días de ayuno (quería decir de poco comer) era como crucificarse. Llegados al albergue huí escaleras arriba que es donde estaban los dormitorios salmoniando los versos de maestre Pereira que siempre me prestan su socorro:
Un hombre sube con su cruz pequeña/ Sube un hombre pequeño
Hacían ruido mis tripas y me retorcía de dolor debajo de las sábanas igual que un gusano debajo de la suela del peregrino.