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dimanche 6 mai 2018

¡No hay tierra firme!


Roza bajo tus pies la superficie
Quien pisa fuerte se hunde
Y si alguien te pregunte
¿A dónde vas?¿De dónde vienes ?
Díle que por los mares
De Dios vas y vienes
Porque eres tú caminante
De a pies navegante
Que arenales son esquivas realidades
Que arrecifes son subrepticias verdades
Y tú vigía no grites ¡Tierra adelante !
Que ya sabes : ¡No hay tierra firme !

samedi 5 mai 2018

Me descubro

Un pasado renovado
Pide caridad de sueño
Vigilia de antepasados
Sé de todos menos yo extraño
De gesto libre y desarraigado
Ellos firmes y bien colocados
Alas mojadas de pez volando
Tranquilas y certeras maniobras de funámbulo
Cetrina tez de membrillo
Locutor absorto
Trasquilado siervo
De pie arodillado a la altura de mi ser vivo
Concienzudamente examinando el sin relieve
Quien a muerte no va vestido de fastuoso ropaje

vendredi 17 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo dieciséis: el 11 de abril)

Había helicópteros en el cielo. Era azul con su disco de oro. Parecía pintado por un niño: claro, luminoso, sencillo, sin nubes de adorno, pero sí con raudas moscas cruzándole de par en par. Causaba asombro verlas en medio de tanta pureza. No se explicaba su presencia insólita, tal vez maligna. Sonaban no sé qué alarma. El crecido zumbido de su revoloteo le ponía a uno los nervios de punta. Nos encaminábamos hacia la Catedral de Santiago de Compostela.

Un trozo de la acera estaba en obras con el pavimento levantado. Cayó un peregrino. Dejó en tierra santa la huella indeleble de su traspié. Las inmediaciones de las grandes ciudades no son muy seguras. Ya se derribó la muralla que cercaba la ciudad. En cambio hay carreteras de circunvalación difíciles de franquear. Se cruzan puentes debajo de los cuales pasan trenes o ríos de coches. En la superficie asfaltada de la ancha y llana y larga y monótona carretera se comprueba la dilatada extensión de una población moderna.

Es que entre cada agrupación de viviendas baratas, de locales comerciales, de sedes sociales o sucursales, de oficinas, de administraciones, de ..., hay un espacio incompresible que casi no se nota en coche pero donde parece hundirse el mundo de tan despersonalizado como es: este no man's land, esta nada, o como quiera llamarse es donde el ciudadano de a pie siente angustia vital, y el peregrino, a dos pasos de conseguir lo que se propusó, siente desfallecer su fe.

A Marc-André le exaltaba demasiado la inminencia del peligro o encontronazo con la Historia para sentir cualquier otro movimiento del alma. En cuanto a mí me sentía un poco atontado como este peregrino que dió un traspié en el Camino y sera por los muchos que yo dí aunque no dejaran huellas. A mi primo le pasaba algo raro. Estaba más ensimismado que nunca, con las facciones del rostro fijas e inexpresivas, con el cuerpo tenso y estirado, parecía una talla del Apóstol: ¿habrá caído en ese estado de ánimo, más propio de los santos o de los que están en vías de beatificación, que se llama ataraxia?

Llegábamos adonde el día anterior comimos y bebimos sin remilgos sobre mesas de madera que de por vida no habrán conocido mantel. Desde fuera, se presentaba como un almacén con la grisalla de sus paredes desconchadas y la chapa ondulada de su techo, pero en un rótulo venía escrito Pulpería. Desde dentro, era una bodega si se consideraban los toneles que se extendían a lo largo de una inmensa sala hasta un mostrador donde chorreaba vino, sidra, cerveza, pero como pudimos averiguarlo anoche también se servía pulpo y de lo mejor aliñado que haya. Aquel, digamos cobertizo, encontrándose todo cuesta abajo, hacía, nos parecía, papel de línea de demarcación entre lo añadido que toda ciudad moderna no puede salvar aunque la desfigure un tanto y la ciudad propiamente dicha.

Dejando atrás la pulpería entrábamos de lleno y por primera vez en Santiago de Compostela. Santiago de Compostela, por su gesto adusto, por su mineral indumentaria, nos recordaba a Villafranca del Bierzo aunque la ciudad de maestre Pereira, pura y castiza, no pecaba de modernidad, no daba en la contrucción a ultranza, no mezclaba los géneros ... Por lo tanto, tampoco resultaría siempre fácil distinguir un peregrino de un turista entre los que visitaban Santiago si no fuera por el suplemento de equipaje que pasaba menos desapercebido que el suplemento de alma. Habíamos dejado las mochilas en el albergue. Sin mochilas éramos como peregrinos vestidos de paisano y bien podíamos pasar por turistas: ¿no habíamos tomado el taxi, el autobús? Además, no se refería El Correo Gallego a nosotros todos de forma indiferenciada hablando: de la llegada de miles de turistas y peregrinos.

En la Praza de Obradoiro donde acabábamos de llegar creí reconocer en medio de la multitud a Santiago de peregrino. El mismo que tenía visto en el monasterio de Samos con el sombrero de alas anchurosas y reviradas, con el bordón y la consabida concha ... en fin, tal y como se lo representaba. Se lo dije a Marc-André. Es lógico que en Santiago haya muchos Santiagos, ¿son naturales de aquí o no? me contestó enseñándome a otros que pasaban por allí y riéndose para sus adentros, el muy bribón, de mi ingenuidad.

Mientras tanto los helicópteros seguían trazando en el cielo y en torno a la Catedral de Santiago sus círculos concéntricos. Cuando el sol daba en el tabique metálico de la carlinga, del fuselaje, y en las palas de la hélice, cuando el sol en los helicópteros refulgía, aquellos casi coronaban la enorme testa de la Catedral con la aureola dorada del santo. Pero, a contraluz, se cambiaban en negras moscas, en aves de mal aguero, e intentaban rodear la mole de la Catedral como si se cerniera sobre ella la amenaza del atentado. La policía, con gorras y gafas de sol, algunos con brazalete, salía a todas luces de una película americana donde siempre hay tiroteos o bombas de efecto retardado. Parecía que se lo han tomado en serio lo de los periodistas.

Advertí, entre la gente sentada en el umbral de la Catedral, la disimulada presencia de un ciego mendicante, fui buscando con la mirada a su Lazarillo. Lo había perdido en el correr de los siglos hallándose siempre más sólo y más extremada su pobreza. Levanté los ojos y volví a ver las negras moscas. Se oía su zumbido entre oleadas de voces humanas, pero no hubo explosión. El manso rebaño de Dios, cuya fila vista desde el cielo paradójicamente representara una serpiente casi dormida al decaído sol del atardecer, se movía tan lentamente, con un estremecimiento de todo el cuerpo, que no parecía avanzar sino sobrecogerse de fervor religioso o de frío.

En la Oficina del Peregrino una escalera de caracol le permitió conservar sus curvas, su retorcida línea, hasta el breve rellano del primer piso donde pasaba su cabeza de reptil por una puerta entreabierta. De allí salían enajenados o exorcizados, los peregrinos que luego, uno por uno, iban rodando escaleras abajo, como anillos rotos que se desolidarizaran de repente de su cuerpo, metiendo así fin a su vida de peregrino. Allí estaban, detrás de un mostrador, con la cabeza agachada, rellenando papeles, los elegidos al servicio de la Compostela. Sólo pedían la Credencial. Y nosotros que temíamos que nos preguntaran: ¿Que por qué habíamos hecho el Camino de Santiago? ¿Qué si teníamos fe? Cuando permanecieron cabizbajos o bien fuéramos nosotros quienes no nos atreviéramos a mirarlos en los ojos para no encontrar la mirada de Dios en la de sus siervos.

mercredi 15 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo quince: el Monte do Gozo)

Recuerdo la parada de autobús. Pero no sé cuánto habíamos andando, ni donde estábamos exactamente, ni cuándo llegó; sólo sé que con el autobús fue consumida la ruptura entre nosotros y el paisaje que desfilaba detrás del cristal. Nos parecía haber dejado en el camino a un amigo entrañable y su sonriente faz se había nublado. Veíamos el gesto desconsolador y grave de su brazo y el leve temblor de su mano en las ramas de los árboles con sus estremecidas hojas. Nos comunicaba su estado de ánimo a no ser que fuera el nuestro.

Ensimismados, meditabundos, preocupados por si se nos iba a conceder la Compostela. Venía en la Guía del Peregrino que sólo se la otorgaba a los que habían hecho los cien últimos kilómetros del trazado jacobeo a pie. Pues, el último sello que figuraba en nuestra Credencial era él de Palas de Rei y de Palas de Rei a Santiago de Compostela había unos sesenta y seis kilómetros.

Sentíamos desasosiego en las piernas que colgaban inútiles de la cintura abajo. Y, por mucho que nos arrellanábamos en el asiento, la parte superior de nuestro cuerpo tendía a desmoronarse hacia delante, libre de la mochila cuyas correas sujetaban los hombros y lo echaban para atrás cuando andábamos. Eramos como bestias de carga privadas de su carga, rumiando ideas que no llegaban a ser ideas, entorpecidos, adormilados, dando de vez en cuando cabezadas, procurando sin duda repasar lo vivido o revivir lo pasado - y experimentando sólo un paciente sufrir - 

Supimos que eran periodistas pero no descubrimos su condición de peregrinos antes de que se apearan del autobús y les ayudásemos a recoger sus mochilas. Igual se aburrirían en el autobús para armar una bronca de pareja y confesarnos luego que temían un atentado para mañana en la Catedral de Santiago de Compostela. Para que les creyésemos se valieron de su autoridad de periodista. Lo sabían de buena tinta; y, a ver, si lo pensábamos un poco: es que no recordábamos el atentado del 11 de noviembre y el atentado del 11 de mayo y ¿qué día era mañana? El día siguiente era el domingo 11 de abril del año 2004: el año del Jubileo, del Gran Indulto Cósmico, de la pascua altísima que sólo surge cuando el día del Apóstol cae en domingo. Esto tampoco lo sabíamos ¿a qué no, verdad? Pues, como los demás, el atentado del 11 de abril pasara a la historia con su numeración fatídica.

Marc-André no podía estarse quieto en su asiento. Siempre supo que la Historia no está cargada de tinta sino de sangre humana. No se iba a perder la oportunidad de este encuentro con la Historia. Aquella eventualidad de que nuestra pequeña historia personal fuese a dar con la gran Historia universal, aunque fuese para morirnos, le parecía tan natural a Marc-André como que los ríos vayan a dar al mar, una imagen de sorprendente belleza que no dejaba de aturdirle. Por su parte, dejó pasmados a los periodistas, hablándoles de acaecer humano y de circunstancia histórica, de camino que desemboca en carretera general, de accidentes dramáticos que marcan la Historia de la humanidad, de hitos en la marcha de dicha humanidad, de horizontes que conforme íbamos avanzando retrocedían, de ideales al alcance de la mano que no se dejan atrapar, de espejismos que sedientes no podíamos menospreciar.

- ¿Tú también irás?

Me preguntó la periodista. 

Tenía unos ojos como para llevar gafas, y aunque no puedo asegurar que las llevaba me parecía verle los ojos como al acecho detrás de unos gruesos lentes. A mí, la verdad, no me preocupaba mucho la gran Historia. Encontraba mucho más divertidas y menos comprometidas las pequeñas historias de maestre Pereira, y así se lo dije. 

- ¿Pereira me suena, no será ese señor escritor? 

Preguntó la periodista. 

Sí, eso es, y muy amigo mío, le respondí. Entonces, como era de prever, se fijó más en mí y menos que nunca en su compañero de bronca. Yo también a ella la estuve mirando, pero lo que yo veía de su persona era bien poco en consideración de lo que disimulaba el respaldo del asiento que nos separaba; quizá, ¡váyase a saber uno!, aquella incógnita doblada de imposibilidad era lo que a mí más me animaba. Porque de gustar en ella no sé lo que había que me gustaba.

No nos dejó el autobús en Santiago de Compostela, ni siquiera al pie del Monte do Gozo, sino en una parada de autobús, porque cuando bajamos no teníamos ni idea de donde estábamos. Sin embargo, una vez cargada la mochila en la espalda, tuvimos que ir cuesta arriba siguiendo a la pareja de periodistas que parecían mejor informados que nosotros.

Nos dejamos en el Monte do Gozo. Los periodistas fueron admitidos en el albergue de los peregrinos mientras a nosotros nos dijeron que ya no había plazas pero que si queríamos nos colocarían - y eso sin consideración de nuestra edad - en el albergue de la juventud. De nuevo nos sentimos como excluidos del paraíso peregrinal. A ver si nos consideraban como unos turistas. Fuimos entonces a parar en uno de aquellos caserones dispuestos a cada lado de una calle, equidistantes y semejantes, pero que sabíamos ahora diferenciar no sólo por su número sino también por su precio.

Que se me perdone el juego de palabras pero si fuera por mí el Monte do Gozo no merecería llamarse así ya que no llegué a gozarla. No llegué a tener más noticias de la periodista. Se añadía sin embargo a la lista de las mujeres encontradas en el Camino. No me perseguían las mujeres, más bien me huían. Lo que sí me perseguía a mí era la lujuria. Pensando en ellas todas pensé en lo que dijo en sus Confesiones San Agustín: no quieras que las sílabas permanezcan fijas pero que pasen pronto, de modo que otras les sucedan, y que puedas tú oír todo el discurso. Que uno se consuele como puede.

En este punto no estaba yo al final de mis atribulaciones. Me quería aleccionar el Camino. Para mí no había descanso. Ya tumbado boca abajo y medio dormido sentí una presencia femenina. Aprovechándose de la hora como de la oscuridad había entrado la intrusa, pero el cuchicheo de las voces la delataba a ella y al muchacho de abajo que la estuvo esperando. ¡Ojalá! fuera la hembra en bragas de León que - estando yo arriba esta vez - pegaría un salto iluminando la noche con la blancura de su cuerpo desnudo.

Pero la muchacha sobre el muchacho de abajo estaba y gemía, y gemía la litera, una onda se propagó por toda la tubería metálica, que me quedé como electrificado. Con un cuidado de padres fornicando - hacia el hijo escuchando - intentaban disimular su goce, pero, desgraciadamente, lo sentía yo subir en ellos como en los montantes de la litera. No pude menos que repetir dentro de mí el nombre del dichoso lugar que nos acogía a todos en su cumbre: Monte do Gozo, Monte do Gozo, Monte do Gozo, Monte do ...














mardi 14 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo catorce: una noche en Palas de Rei)

Todo cuesta abajo torcimos a la izquierda. En una esplanada que dominaba el valle, con el río Miño y su embalse abajo, delante de un bar restaurante, había montado un tinglado. Se espachurraba el Octopus vulgaris sobre viscosas tablas de madera. 

No era nada apetitoso, pero veníamos con mucha hambre y ganas de probar el pulpo a feira. Era como ver sus tripas al aire libre, ensangrentadas y polvorientas, con tonos rosados y ocres, y todas aquellas babosas ventosas, abiertas como bocas hambrientas. O bien, imagínese una fe tan arraigada y pegada a nosotros: con ocho tentáculos provistos de dos filas de ventosas; y tan sabrosa y exquisita a la hora de probársela.

En el comedor repleto de gente había que armarse de paciencia para que le colocase a uno el camarero y luego le llevase la cesta de pan con la botella de vino tinto. Estábamos a lo que comíamos pero de un cierto modo comulgábamos con todos los demás que con nosotros comían. Nos movía la misma necesidad, compartíamos las mismas condiciones: las promiscuas mesas y sus indiferentes sillas. Las cuales como empedernidas solteronas intentaban ligar aproximándonos los unos con los otros en aquel reducido recinto donde coincidíamos por milagro o por una voluntad ajena a nosotros que unos llaman Dios, y otros el azar, y yo las sillas. Nos costó mucho trabajo despegarnos de ellas, levantarnos, marcharnos. Lo achacábamos a los pulpos y sus ventosas pero bien pudiera ser culpa del vino, que con él nos entró mucha pereza.

Poco a poco el paisaje retomó posesión de nosotros. Se adueñó de nosotros como la amada del amado. La gozamos a ella o ella a nosotros. Y eso hasta la puesta del sol. Nos dejó exaustos en el umbral de un albergue. Por desgracia, estaba completo. Algún hueco había en el mismísimo suelo para colocar un saco de dormir si queríamos. No, no queríamos. Mejor íbamos a repetir la experiencia del taxi como quien ha probado la manzana del pecado original y ya no puede evitar de darle otro bocado.

Nos llevó a Palas de Rei donde por poco nos durmiéramos al sereno. Primero fuimos al albergue y fue nuestra primera desilusión: nos sentimos como rechazados del "paraíso peregrinal". Recordamos entonces lo que nos dijo Alvaro: que conforme nos íbamos acercando a Santiago de Compostela resultara más difícil encontrar plazas libres en los albergues, había que llegar cuanto antes. No estábamos solos en el Camino, sobre todo desde Astorga donde confluyen dos calzadas: el Camino Francés y la Vía de Plata.
De toda manera - comentó Marc-André por despecho - con albergarnos no más de una noche nos tratan como a vagabundos. Precisó Marc-André que a los vagabundos en la Edad-Media les estaba prohibido quedarse más de un día en poblado. 

Segundo fuimos a visitar hoteles cuyos dueños lo sentían mucho pero no tenían nada para nosotros. Era noche cerrada. 

Lo tercero fue vagar por la noche como almas en penas, para no decir como vagabundos. Y eso hasta que un señor de muy respetable edad se apiadara de nosotros. Por lo menos esto pensábamos en un principio. Pero, ni el ojeador avezado que era a fin de cuentas, ni a la anciana con cara de bruja a quien nos dirigió y aquella noche nos dio un techo, les hiciera yo entrar en el cuadro de Donenico Ghirlandaio como personajes ejercitando una obra de caridad: alojar a los peregrinos.

En una animada calle céntrica - que allí nos llevó el viejo, que allí nos esperaba la vieja - al alcance de atribulados y cansados peregrinos, entre pitos y flautas, mirando la pared desnuda donde colgaba el crucifijo, se nos fue la noche.

dimanche 12 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo trece: Donde se vuelve a hablar de lo de siempre y del peregrino italiano)

En el dilatado cielo azul de una radiante mañana el sol explotaba como una bomba despachando sus afilados rayos por toda la tierra circundante. Pisábamos la hierba húmeda que lloraba su noche. A la luz del día se desvanecía en su verde sábana el rocío del alba. La tierra gallega rezuma de poesía que, bárbaros, exprimíamos bajo nuestras botas. 

Había viñas. La inclemencia del sol - dijo Marc-André - sólo se perdona por estos viñedos que alegrarán el corazón del buen bebedor. Auguraban de un buen vino de mesa en la otra ribera del río Miño. De repente, pasó entre nosotros una sombra fugitiva. La seguía una figura esbelta y huidiza de piel muy blanca. La sombra llevaba a guisa de mochila una guitarra en su fonda oscura. La moza de piel color de alabastro bailara por él, celebraran a Baco. No, dijo Marc-André, el peregrino italiano no llegaba a beber vino porque antes se comía la uva en la cepa, pero sí tenía trazas de dormir al raso y de pedir limosna. 

Se lo había encontrado en Sahagún. En cuanto lo vio le devolvió a los de su infancia, a aquellos vagabundos como los llamaban en su pueblo por ignorancia, por prejuicios, pero también por sus harapos y por su amor al vino. Marc-André compartió con el peregrino italiano su almuerzo. Llevaba, según le confesó, días comiendo uvas y un dolor de tripas que le obligaba a detenerse en contra de su voluntad, aunque no de la divina a la cual se doblegaba y cedía con ansias. En cambio, el peregrino italiano entendía mucho de simbología en torno al Apóstol Santiago. De él aprendió Marc-André que la concha representa una mano que se abre para realizar obras piadosas. Con conocimiento de causa se sintió Marc-André en la obligación de no dejarle antes de que aceptase su óbolo. Se lo agradeció con creces y con muchas alabanzas a Dios.

Antes de que prorrumpiera en críticas sobre el uso de la peregrinación como pretexto para la mendicidad y el vagabundeo le tomé la delantera a mi primo dirigiéndome a Marc-André. Tu peregrino italiano tendría como la barbera alemana algo que hacerse perdonar. Me miró Marc-André con gestos de no comprender. Sí - insistí - a la alemana le buscaba la policía. La alemana - cuenta maestre Pereira - no quería separarse de la legión andariega donde nadie sabía el nombre de nadie, ni el lugar de origen, ni importaba su vida anterior. Mi peregrino italiano, de cuyo nombre quisiera acordarme, no es sino un pobre diablo - replicó Marc-André de forma terminante. 

Yo no sé quién es - repuso mi primo - pero sí lo que le falta. Respondimos a una voz: un suplemento de alma. Sólo se piensa - continuó el primo sin inmutarse - en el viento cuando hace calor o frío, porque refresca o porque resfría. Pero quién piensa en el viento cuando no hace calor ni frío, cuando no se echa de menos el aire de su invisible abanico. Parece que no existe ni hace falta que exista. Así se olvida uno de su alma y no le hace falta cuando no le anima la fe. Así van por el mundo unos desalmados. También - diría yo - estará de cuerpo presente nuestra alma, o sea, en el cuerpo como en su lecho de muerte. Pero más bien me parecería a mí que lo que nos quería decir mi primo aquel día y de manera tan enrevesada, que no lo llegamos a entender, es lo que dijo la Santa en el Libro de la vida: como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Porque no estoy muy lejos de pensar como la Santa: que lo mismo pasa ahora en el Camino que en los conventos de antaño, que quien busca ahí su salvación bien puede encontrar su perdición, que muchas son las tentaciones por los que ya no tienen buenas inclinaciones.

Nos absorbía el paisaje. Nada de contemplación. No nos asomábamos a una ventana para mirarlo detalladamente. No lo mirábamos desde fuera, o sea, desde dentro de una casa, formábamos parte del paisaje, éramos como criaturas de Dios caídas ex-abrupto en el cosmos. La naturaleza como prueba ontológica de la existencia de Dios o de nosotros en Dios así como estábamos metidos en ella. Llegábamos a sentirla, llegábamos a sentirlo, eso sí.

Un regla metálica que trazara una recta entre dos líneas paralelas conseguiría mejor imponer su fría geometría al espacio virginal de una hoja que el puente de Portomarín a nosotros. Sin embargo, su altiva y adusta figura que se levantaba entre cielo y tierra, como entre una ribera y otra, nos hizo apresurar el paso; y a Marc-André recordar que el peregrino italiano le había hablado de la peregrinación como trasunto del viaje final que todos tendremos que hacer un día u otro.

De momento, frente a nosotros se alzaba un collado poblado de casas y edificios modernos. Era Portomarín. Una vez pasado el puente y cruzado la carretera se empezaba a subir las verdes laderas de la colina por unos peldaños de piedra gastada. Resultaban ser las de otro puente viejo y encorvado aunque no inútil puesto que fue subidos en sus espaldas cómo desembocábamos a nivel de la primera calle.

Era día de feria. Había bullicio. Vida mercantil y campesina. Seguimos cuesta arriba. Mi primo encontró en la iglesia de San Juan - que era la primera que se le presentó - algo del trato divino que requería su alma. En la iglesia entramos los tres y salimos los tres contentos aunque por motivos distintos. En la credencial de Marc-André como en la mía venía un sello más. Por fuerza había que ganarse la Compostela. En cuanto a mi primo, bastante tenía con ganarse el cielo. Allá él, si llegados a Santiago de Compostela le faltaban sellos para el dichoso documento, porque mientras buscaba a Dios rezando, de rodillas frente al altar, nosotros dos buscábamos, de pie y no con menos ganas de encontrarlo, al cura para que nos pusiese el sello en la credencial.

Cuando cada uno hubo encontrado lo suyo, tuvimos que desandar lo andado, que bajar lo subido,y, aunque pasábamos por donde habíamos pasado, vimos lo que no habíamos visto. Estaban entre dos puestos de venta. El peregrino italiano sentado con su guitarra . Al son de la guitarra intentaba unos pasos de baile la muchacha de tez tan blanca, traslúcida. Parecía representar a la muerte y su danza. De su mano convertida en providencia de los pobres, es decir en concha, dejó caer Marc-André una limosna en una escudilla que allí había. Y nos fuimos. Aunque no antes de haberles saludado como de los nuestros:

- Buen camino
- Buen camino

Pero, apenas nos hubimos alejado, cuando nos llamaron la atención unos aperos de labranza y entre ellos una guadaña, que, sin duda por su forma romántica de media-luna, nos recordó a la pareja de peregrinos mendicantes.

samedi 11 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo doce: la casa rural)

Tampoco podíamos atrasarnos mucho: era perder el beneficio del viaje en coche. Queríamos quemar etapas porque íbamos cortos de tiempo. Aquel día debimos pasar de largo Sarria porque no lo recuerdo. Consultó mi memoria como otros consultan un álbum de fotografías y no me salé ninguna foto sobre Sarria. 

En cambio, sí, veo el cuerpo encorvado de Marc-André apoyado en su bordón. Si queríamos seguir adelante ¡allá vosotros! yo de aquí no me muevo - fue más o menos lo que nos dijo. El pobre hombre estaba a punto de reventar. No podía más. Había aguantado todo lo que podía aguantar. Además, no nos habíamos recuperado todavía del resfriado que cogimos en el Cebreiro.

Nos hallábamos delante de una casa de turismo rural. Se ponía el sol. Pero mi primo quería seguir adelante y nos pedía un supplemento de alma. Quien - prosiguió - recorre el Camino con fe dejara de pensar en llegar cuanto antes al albergue para encontrar libre una litera, en dónde parar a la hora de la comida, porque no ha venido para dormir o para comer, como tampoco ha venido a hacer turismo y acomodarse en una casa rural. Por ello es preciso tener un suplemento de alma, para elevarse por encima de su condición y sólo el alma puede elevarnos si está animada por la fe.

Me recordaba las preguntas de maestre Pereira: ¿Que por qué lo hacíamos? ¿Qué si teníamos fe? Muy bien me sabía que si Marc-André vino a estas tierras era en busca de sus antepasados y, a loas de Parsifal o Arturo, de la inmortalidad: recibió un aviso que por no ser de Dios sino de su médico tomaba muy en serio. No miraba al cielo (o si lo miraba lo miraba sin miramientos) ni iba en pos de una reliquia. Iba a Thule, en los confines del mundo. Así se llamaba en tiempo de los druidas, de los celtas, el ahora bien conocido Finisterre. En cuanto a mí, me parece que vine porque venía mi primo.

Habíamos llegado por sendas de bosque atravesando carballeiras (robledal) y caminos de tierra a campo traviesa, dejando Sarria atrás. Estábamos entre Barbadelo y Rente. No se podía ganar mucho sobre la etapa de mañana y se nos haría de noche antes de que alcanzamos el próximo albergue. Y él que haya recorrido más camino no tendrá nada de más, y él que haya recorrido menos camino no tendrá nada de menos. Todo eso le dije a mi primo, como que a mí me sonaba bien los consonantes: lo turístico con lo místico.

Sin embargo, no nos atrevíamos a dar un paso más hacia la casa rural. Aparentaba ser de mucha categoría. Se notaba que era una antigua finca rústica reformada. Tenía mucho cachet. Nos quedamos algún rato contemplativo e indecisos. Al fin y al cabo, entramos por el corral. A mano izquierda, divisamos una granja donde estaba aparcado un coche potente de color negro. Buscábamos con ansias el tractor o algunas gallinas picoteando que nos puedan garantizar que no nos iban a clavar, que tenían otros ingresos que los que les proporcionaba el turismo rural. A mano derecha, descansaba sobre el cesped un colompio que mecía el viento, al lado, una mesa flanqueada de dos bancos de piedra. Todo nos hablaba de comida campestre, de familia tradicional con padres y niños, como para sentirse miserables sin casa propia, sin mujer y sin hijos que nos acompañasen y respondiesen de nosotros, porque a ver si nos confundan con vagabundos.

Salieron a nuestro encuentro dos pastores alemanes. Les llamó al orden una muchacha que nos invitó cordialmente a pisar los umbrales de la casa. En el vestíbulo nos pidió la credencial. Sabía de antemano quienes éramos. Confiábamos en que lo tendría en cuenta a la hora de pagar. Pero tuvo ella por más seguro avisarnos del precio. Estábamos de acuerdo. A los tres nos salía baratísimo. Además, nos tocó camas de matrimonio. Nos benefició el desistimiento de unas parejas como nos lo explicó mientras subíamos en pos de ella los peldaños de las escaleras de madera.

La casa constaba de un solo piso. Nos impresionó las vigas sobresalientes del techo, las paredes entabladas donde colgaban unos cuadros y fotografías bucólicas, el parque encerado. El parque encerado con su color sangre de buey como si ahí se anegase en sangre el ganado vacuno sacrificado en aras de los negocios. Nos enseñó los servicios y cuartos de baño que era como una invitación a ducharse. ¿Sabía ella qué placer se experimenta al lavarse y cambiarse de ropa después de tanto camino? Vimos las habitaciones. Todo nos sabía a lujo: la mesilla  de noche, la lámpara de cabecera, las alfombras que cubrían el "ensangrentado entarimado", la colcha y las sábanas blancas; lo cual contrastaba claramente con los dormitorios de albergues, era un cambio tremendo para nosotros: se nos estaba olvidando lo que era dormir entre sábanas frescas.

Convenientemente aderezados nos presentábamos en el comedor de la casa. Saludábamos a unos pocos clientes. ¿Quién sabe si discretos peregrinos que disimulaban su humilde condición comportándose como gente avezada al trato de la gran hostelería? Eran muy formales y bien educados pero ¿dónde estaban la mujer y los niños? Apenas estuvimos sentados vino hacia nosotros quien nos pareció ser la ama de casa. Comida casera - dijo - y un vino de mesa. No estábamos para hacer remilgos. Volvió enseguida con la sopera. De postre frutas. Pero de postre vino la hija. Así íbamos conociendo a la familia. Todo fue servido con presteza y sin cumplidos, nada de domesticidad servil y amanerada. Tenía temperamento la hija cuyos modales y gestos denotaban un vigor que reclamaba más los labores del campo que el servicio de mesa. Recorría a paso largo el comedor. Iba y venía entre las filas de mesas como si fueran surcos de tierras de labrantío. Tampoco sonreía. Nada de sonrisa vil y mercantil.

Luego, subiendo a nuestras habitaciones, pasábamos por delante de las cocinas. Estaba la puerta entornada. Aunque no es lo mío curiosear en la vida de los demás eché un vistazo. Las muchachas estaban recogiendo los platos de la mesa en la que un hombre y una mujer tomaban café. Se oían ruidos domésticos y murmullos de voces olvidadas. Me alcanzó una tufarada de calor: allí se había retirado el hogar familiar, allí creí verla sonreír y con esta sonrisa me fui a dormir. Marc-André no pudo declinar la invitación de mi primo a ver en el cielo, a la fría luz de las estrellas, el Camino de Santiago.

vendredi 10 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo once: el monasterio de Samos)

Como contábamos pasar por el monasterio de Samos y llegar a Sarria el mismo día había que avisar. Nuestros recursos físicos estaban muy mermados. Pero, entre los tres, podíamos contratar alguien que nos llevaría en coche a Samos. Nos ahorraríamos medio camino, además no era camino sino carretera. Fuera estaba un Land-Rover con el letrero Transporte Público. A un grupo de hombres sentados en taburetes frente a un mostrador preguntamos por su dueño.

- ¿A qué hora queríamos salir? nos preguntó uno de ellos

- ¡Cuanto antes mejor! le contesté

Esbozó una sonrisa, ¡sí! que me comprendía, que me tranquilicé, que por la mañana de madrugada siempre había mucha niebla. Una vez informados de la tarifa nos despedimos de nuestro taxista. Era bien entrado en edad y carne. No encajaba bien con la imagen que teníamos de un aventurero haciendo safari con su Land-Rover pero tampoco era mucho de fiar y nos fuimos al albergue no muy seguros de que al día siguiente no estuviera durmiendo la mona.

Contra toda expectativa estaba Pablo, nuestro taxista, esperándonos, incluso parecía haber dormido mejor que nosotros. Su cara mofletuda estaba recién afeitada, fresca y perfumada. Canturreaba. Le acompañaba el melancólico ronroneo del diesel. El Land-Rover tenía la luz de carretera encendida. Le funcionaba una de dos. Era como un faro en la niebla para peregrinos en vía de perdición. Nos ayudó a colocar las mochilas. Subí delante mientras Marc-André y mi primo se acomodaban en el asiento trasero donde se podían dormir, le sobraba sitio. Me acordé de Puci y Sonia a quienes anoche invité por última vez a una manzanilla que bebimos con ellas sin traicionarnos. Me consolaba saber que era año de Jubileo donde el peregrino que llega a Santiago de Compostela se gana indulgencia plenaria.

El Land-Rover no desperdició tiempo en hurgar en la neblina con ojo de cíclope. Pablo buscó la línea mediana y cuando la hubo encontrado era como si la carretera fuera suya, tragándola el cíclope. Estábamos nerviosos. No se durmieron mi primo y Marc-André. ¿Cómo se le ocurrió servir de taxi a unos pobres peregrinos que suelen gastar más la suela de sus zapatos que dinero en taxi? acabé preguntándole. Sin disminuir de velocidad - que nos parecía algo excesiva - ni quitarse de mitad de la carretera - que nos parecía peligroso, empezó Pablo a contar que durante el año escolar solía llevar niñas al Instituto. Un día, en la parada, se coló una desconocida. Tenía la pobre muy mala pinta. La dejó subir. Cuando bajaron todas, ella estaba durmiendo. La despertó. Le preguntó dónde quería que se la dejara. En Santiago, le contestó sonriendo la muchacha. No debía pasar de los dieciocho años. ¿Y donde la dejó? pregunté yo. En el Camino - declaró Pablo.

No supe más sino que desde aquel día decidió servir de taxi a los peregrinos mal andantes. Pudiera haber sido  - dije yo - La barbera alemana. Se quedó en suspenso. Tuve que aclararme. Sí, una alemana que se quedó rezagada de la legión andariega por culpa de unas vejigas plantares. La recogieron enferma en un pueblo de por allí. Una vez repuesta prestó pequeños servicios. Fue en la carnicería donde empezó lucirse. De allí pasó a la barbería. Se distinguía más en el afeitado que en el corte de pelo. Nadie sabía nada de ella ni se preocupaba por saber más que lo que venía en su credencial, que otros papeles no tenía. Nadie, digo, menos los que vinieron a buscarla. Le estaba haciendo la barba a un registrador. A los que habían venido por ella pidió que le esperaran un momento. Pero menos tardó el acero de la navaja en relampaguear en el aire. Acababa de rozar la nuez del registrador, limpiándola de toda pelusilla. Como el lector del cuento de maestre Pereira, el taxista se tocó compulsivamente la nuez de Adán. Menudo susto tuvo Pablo. Menudo susto nos dió Pablo conduciendo en mitad de la carretera.

Habíamos llegado. Fuera del coche nos esperaba un edificio de pétrea y aplastante hechura. Le dimos la vuelta. Le vimos los cuatro costados. Pero no pudimos entrar. Como aperturas había pequeñas y numerosas excavaciones en la muralla. Eran diminutas ventanas cuadradas. Arriba de una doble escalinata de granito una puerta de cuarterones con clavos parecía defendernos la entrada. Entraremos más tarde por otra puerta menos soberbia, más vulgar, menos excepcional, más consuetudinaria.

El antiguo monasterio cluniacence de Samos se ubicaba en un lugar ameno con apacible río y prados arbolados que contrarrestaban su imponente factura de fortaleza. Nos replegamos en la humilde capilla del Ciprès. Anduvimos a lo largo del río Sarria. Tomamos tiempo para familiarizarnos con su imagen monumental. Nos mantuvimos a respectable distancia un tiempo indeterminado. En sus propios muros había un albergue de peregrinos. Fuimos a visitarlo como para sentirnos en casa. Le faltaba a la casa un poco de calefacción. También unos cuadros, que fueran o no religiosos, colgados de la pared inmensa y sucia, para atraer las cansadas miradas de los peregrinos que vagaran ansiosos. Había una escoba, una fregona, y por todas partes el polvo del Camino. Y literas, nada más que literas.

Fuimos a la cafetería de enfrente. Recayó la conversación sobre La barbera alemana del maestre Pereira. Les hice notar que aquel pueblo actuó hacia la barbera alemana con cristiana bondad. Era según las propias palabras del autor: un pueblo ensimismado que no se anima más que por la Virgen de agosto y en los jubileos de cada siete años. ¿Quieres decir - preguntó mi primo - que el amor del pueblo por la alemana, cuya alma hubiera podido redimir con su sangre, es parecida a la de Cristo para con nosotros? Maestre Pereira - le contesté - no ha dicho semejante cosa, mas un autor es un creador: el dominio del verbo le da trascendencia, con él nos suggestiona. Por eso, cuando oí hablar de la legión andariega, pensé - dijo Marc-André - en la antigua calzada romana.

Bebimos sorbo a sorbo nuestro café con leche acompañado con tostadas. Era una sala espaciosa y limpia. Con sus sillas ligeras y metálicas, con sus mesas informales, con su enlosado inmaculado, con sus ventanales sin cortinas, por las que entraba la luz matutina, no tenía nada que envidiar a los cafés de las grandes ciudades. Era como si dos mundos se mirarían de cada lado de la acera, de día como de noche. Les separaba una carretera asfaltada donde transcurrían coches pero también gente de a pie, multiplicando a cual más esta dicotomía entre tradición y modernidad, el mundo de ahora y el que perdura sólo en sitios como el monasterio de Samos.

Salimos de la cafetería. Cruzamos la carretera. Hicimos entre una ribera y otra, aunque de forma efímera, figura de puente. Una vez franqueada la alta y gruesa puerta de madera se impuso a nosotros la autoridad monacal del lugar. Había unas pocas personas más. Esperábamos a que viniera a buscarnos el monje que nos serviría de guía dentro del recinto sagrado del monasterio. Mientras tanto otro monje vestido de paisano atendía las necesidades del negocio evangélico. Era un local acondicionado para la venta. A los que miraban sin comprar les estaba autorizado mirar sin tocar.

Llegó nuestro guía, un monje de poca estatura, hundido en el sayal donde sólo emergía unas extremidades muy blancas y finas, como el óvalo perfecto de su diminuta cabeza. Se encogió todavía más, desapareciendo del todo dentro del sayal cuando se le presentó un energúmeno alto, ancho de espaldas, con largas piernas, larga cabellera, sotabarba, mirada intensa, sombrero de alas anchurosas y reviradas, la consabida concha, el bordón. En fin, vestido así como se representa el Apóstol Santiago. Tuvo una risita nerviosa el monje ante tan ridícula vestimenta, tan pasada de moda. No, no estaban preparados ni dispuestos a recibir a otro Santiago. Porque quién era Santiago - comentó luego Marc-André - sino un peregrino con una fe expresiva, haciendo proselitismo; un predicador a quien la Iglesia abrió camino, sembrándolo de milagros, promulgándolos, autentificándolos.

Ya se había ido "Santiago". Nuestro guía, el monje, sacó la cabeza del sayal, como un diablo de su caja, alargó el cuello y se puso de puntillas para enseñarnos un vasto cuadro histórico donde se representaba la visita, no sé si de los Reyes o del Caudillo, al monasterio de Samos. Sí, aquí dentro imperaba otra época. Nuestro guía pasó revista de los lienzos, de las tallas, de los ustensilios litúrgicos, y dijo no sé qué de obras arquitectónicas y de techos artesonados. Marc-André se quedó boquiabierto frente al altar mayor de la iglesia del monasterio por razones tanto opuestas a la religión  católica como al refranero popular que reza que no es oro todo lo que reluce. En cuanto a mi primo, cuya figura encajaba tan bien con la solemnidad y austeridad del lugar, su presencia parecía afirmarse allí con más entereza e imponerse a nosotros dos su señorio u autoridad moral sin necesidad de comunicarse. En la penumbra de algunas moradas interiores de aquel Castillo de Dios, como si lo fueran de su alma, se veía relampaguear en sus ojos la llama espiritual que los alumbraba. Se ahuecaban sus facciones. Se ahondaba en su marcado carácter religioso. El misterio de un hombre estriba más en su muda presencia que en sus palabras. Nuestro guía que reclamaba toda nuestra atención lo hacía de la peor manera que haya: hablando mucho. Y para no apartar la vista de nosotros iba andando hacia atrás como un cangrejo. Que no eran brazos sino tenazas que iba desplegando y replegando sin nunca llegar a agarrarnos, ya que los tenía muy cortos y nos manteníamos siempre fuera de su alcance. 

Pero lo fuimos mirando con tristeza, hasta le tuvimos compasión. Este sentimiento cristiano era el único vínculo entre nosotros y el monje del monasterio de Samos. Se lo veía tan hambriento. Eramos su pan de cada día y cada día le llegaba menos. También cada vez menos sustancia encontrara en nosotros el enflaquecido monje. De nuevo fuera, no sé si por su mirada penetrante, o por el frío sepulcral que hacía allí dentro, o por la fachada principal digna de un panteón, a la cual ahora dábamos la espalda, sentimos correr un escalofrío por todo nuestro cuerpo.

jeudi 9 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo diez: ¿Quién es Santiago de Compostela?)

Pasó como una flecha un peregrino joven y flaco, seco y leñoso, sarmiento de la viña del señor. Se lo llevaba el viento, a no ser que fuera de tanta prisa que tenía de llegar a Santiago de Compostela.

Mientras tanto el Camino desgranaba lentamente sus pueblos amenos, sus gratas aldeas; siempre tenían una fuente, un abrevadero, un cobertizo acogedor, una pérgola con su parra trepadora, una plazoleta empedrada, el atrio de la iglesia parroquial, las ruinas de una antigua finca; siempre un perro aullador prevenía nuestra llegada. 

Nos salía al paso quien quería saber de nosotros: el heraldo o la comadre, cuando no nos aparecía algún lugareño como un animal tímido y escurridizo, ahuyentado por el ruido de nuestras botas o el aspecto lamentable de nuestra persona. Se acercara algún viejecito que ya no temía por su vida o un inocente. Que Dios me perdone porque era buena gente. Pasaran ante sus ojos como en una pantalla el desfile de los peregrinos y cuando los cierre desaparecerán cuantos de nosotros a quienes saludaron y dieron muestras de compasión y a veces incluso de cariño; cuantos de nosotros que vivíamos de la vida que nos prestaban y era seguramente mejor que la nuestra.

Menudearon los descansos a medida que subía el sol como si la graciosa curba que trazaba en el cielo correspondiese al trazado del Camino y cuando llegó al cenit nos detuvimos a la sombra de noble y copetudo roble. Disimulaba discretamente su edad bajo rústica corteza mientras enseñaba hojas primaverales y echaba brotes. No pude evitar de pensar en los cuatros pelos negros que brotaban en la calvicie avanzada de Marc-André que usaba champú para pelo teñido.

Habíamos aminorado mucho la marcha desde que éramos tres, tanto que no era exagerado compararnos con nuestras mochilas a cuestas a tres tortugas sin prisa de llegar ya que llevan su casa encima. Así que pasaron otras flechas certeras que eran otros tantos peregrinos que iban como a su casa a la casa de Santiago, a menos que fuera para llegar antes que nosotros al albergue. 

Poco después de haber visto pasar uno, Marc-André empezó diciendo que hacía mucho tiempo pasó por aquí un peregrino y luego otro y otro y otro y que entre todos hicieron el Camino; ahora - prosiguió - hay quien dice que el primero se llamaba Santiago o Jacobo, el Apóstol, cuyo cuerpo se trasladaron desde la Tierra Santa a Santiago de Compostela. Le encontraron a Santiago muchos motivos para hacer el recorrido, a pie o a caballo; tantos motivos que me parece que abarcan con ellos los de todos los peregrinos del medioevo: van los motivos de matar moros a vivir su fe, pasando por el legítimo de granjearse algún dinero o el favor de Dios cuando no de los que lo representan. Sí - puntualizó Marc-André - Santiago es uno de nosotros, un compañero de viaje, aunque un poco pasado de moda con su larga capucha, su sombrero de alas anchas, su bolsita o escarcela de piel, su hábito corto, su bórdon con la punta de hierro, su concha, su calabaza, su ...

De repente se levantó mi primo que me pareció más grande que nunca, era como la llama de un fuego porque me parecía que a mi primo le abrasaba la fe. Y se dirigió a Marc-André en estos términos: serás, amigo mío, de los que quieren instaurar la historia de la religión al colegio cuando al mismo tiempo se yerguen en contra de las escuelas confesionales; serás de los profes de la República con sus virtudes que por ser igualitarias lo aplastan todo, lo vuelven todo llano, sin relieve, nos rompen los huevos para hacer con ellos una tortilla insípida; serás de los profes anticlericales que se encarnecen igual que los rapaces sobre el frío cadáver de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Mal que le pese - replicó Marc-André - el apóstol Santiago no fue caballero de ningún ejército ni patrono de nación alguna, sino escueto peregrino de talante celta. Se explayó luego hablando de los celtas, de este pueblo de la antigua Galia que - decía - dejó sobre la faz de la tierra más huellas que los veraneantes en la playa, sin que las repetidas olas del tiempo consiguieran siglo tras siglo borrarlas del todo. También precisó que el bordón no era más que un palo que usaban para su arrimo y defensa unos vagabundos y pícaros.

Miré al Camino donde de un momento a otro esperaba ver pasar a Santiago, pero ya no pasaban más peregrinos, con o sin bordón. Reemprendimos la marcha en silencio. No quiero suplir a la Guía del Peregrino de la Junta de Castilla y León. Ella sabe por donde hemos pasado, que ni siquiera lo recuerdo. ¡Sí, claro! me suena Pereje, Trobadelo, la Portela de Valcarce, Ambamesta, de nuevo Valcarce (Vega de Valcarce), Ruitelán, Las Herrerías, sí, Hospital, sí, claro, La Faba, y no cabe duda La Laguna en cuya fuente bebimos antes de llegar al Cebreiro. Sí, me suenan, como si los hubiesen soñado o leído. Pero allí, en los montes, en los bosques, en sus caminos perdidos, huidizos, infinitos, numerosos; pero allí, en los campos húmedos, en sus largas rectas y anchas curbas; a veces aparecía una casa o dos, no mucho más, y eso se llamaba Pereje o Trobadelo o qué sé yo si no qué el más del tiempo estábamos en descampado y que no llegaban uno tras de otro los pueblos, las aldeas; no, no tan pronto ni a tan pocas líneas de distancia como en la Guía del Peregrino; ni con su histórico; tampoco con su casa mansión, su carbonera, su fragua, sus caballerizas, su balzadillo, su dónde alojarse, su dónde comer; había que buscarlo todo (éramos unos buscavidas): a veces no se buscaba nada se encontraba, otras veces no se encontraba nada y no era por no buscar.

Pero en cuanto vimos la palloza típica que figura en la Guía supimos que estábamos en el Cebreiro. Un viento helado fue su mensajero alado. Llegábamos a alturas susceptibles de recibir nevadas. Cuesta arriba, tras pasar unas casas de piedras y pizarras, grises cenicientas, que eran tiendas y tabernas, se entraba en una zona de sombras tenebrosas en la que el viento se oponía a nuestra llegada. Nada acogedor el albergue imponía de noche su impresionante mole sobre todo el valle. Tuvimos que atravesar una tupida cortina de lluvia que no se dejaba correr. El viento nos envolvía en sus alas mojadas, sentimos en todo el cuerpo como la suave caricia de una muerta, la fría humedad de sus manos nos caló hasta los tuétanos. Aquella noche Marc-André y  yo pillaríamos un catarro de muerte. ¿Sería de haber hablado tan mal de Santiago de Compostela?

¿Qué se encuentra en Compostela cuando se llega allí? Había preguntado Marc-André. El cuerpo de Santiago - dijo - un cuerpo muerto y un cráneo cuando lo mejor de Santiago está en el cielo.

mardi 7 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo nueve: el misterio)

Reemprendimos la marcha con ánimo y varonil desenfado. El calor ya no apretaba tanto y muy desahogadamente llegábamos donde la nómada caravana se rehacía: era señal de que íbamos a entrar en poblado como rezan los versos del poeta:

Cogidos de la mano estirarían aún la carretera/ de peregrinos limpios y gloriosos/ cosidos, solidarios...

No tardó en aparecer en la hondonada Villafranca del Bierzo. Se hacía de noche y se iluminaba el valle por cada una de sus casas. Ya algunas estrellas titileaban como si estuviera comunicando en morse el cielo con la tierra. Se oía el rumor del viento y el murmullo del río. En lontananza un resplandor rojo cernía las montañas y sus testas coronadas de fuego recordaban la ensangrentada corona de espinas de Cristo. A sus pies, de niebla se amortajaba Villafranca del Bierzo después de un día de calor.

En el cruce de los caminos un letrero indicaba la dirección de un albergue. Estaba colocado a la entrada de la Villa jacobea. La dominaba ofreciendo una visión de conjunto. Con sus balcones y entarimado de madera crujiendo bajo los zapatos se humanizaba pero, como bien lo notábamos, era altivo y divino, austero y humilde, y con creces se mereciera el nombre de Parador para peregrinos. Que así lo llamó Marc-André que, divisando a lo lejos la graciosa figura de Sonia en la terraza de la planta baja del edificio colgando su ropa interior, conmovido, concluyó diciendo que ahí estaba la nota femenina que le faltaba.

Pero no acudimos al reclamo. Preferimos dejarnos llevar pendiente abajo hacia un mundo mineral de calles empedradas, de iglesias, de casas señorales, de conventos, de monasterios, que se abrían ante nosotros en la silenciosa penumbra como sepulcral morada de los que habían merecido vida eterna. No había alma viviente pero sentíamos la presencia leve, recoleta e ilusoria de las nevadas de hermanos y hermanas caídos y endurecidos para luego fundirse en el pavimento o dejando gravado su nombre en el escudo, en la lápida o en la memoria de los hombres. Con su visita - no sé si en nuestro caso pudiera hablarse de la visitación de las almas de los bienaventurados - gozábamos de un extraño sentimiento de exaltación como no de fervor religiosa. Eramos como sombras fantasmagóricas en un decorado anticuado y anacrónico.

Aminorábamos la bajada, deteniéndonos acaso en un callejón muy pintoresco, con peldaños de cantos rodados. ¡Cuánta emoción!¡Cuánta poesía! ¡Cuánto misterio! impregnaba la villa jacobina. Marc-André empezó diciendo que sin misterio no habría religión ni poesía, en cambio sí historia y política. Estaba de acuerdo con Marc-André y añadí que si se le quitase su contenido dogmático resultaría muy poética la religión. Ahí intervino mi primo diciendo que en la religión cristiana se llama justamente misterio el dogma inasequible a la razón y que hay que creer por fe. En su definición del misterio difería mucho Marc-André como pronto nos lo hizo saber.

Llegábamos en una plaza donde había una iglesia cuya puerta estaba entreabierta. Se veía un rayo de luz. Se oía cantar. De lo poco y de lo mal que se ve, de lo poco y de lo mal que se oye y peor se entiende se entraña misterio - observó Marc-André. Entramos en la iglesia. Nos santiguamos. Mi primo se fue compungido directo al altar mayor donde se humilló, se arrodilló, agachó la cabeza, juntó las manos y se puso a murmurar (que así es como todo acaba: en murmuraciones). Marc-André encontró unos folletos que con la poca luz que había ahí dentro se puso a descifrar, buscando explicaciones donde no las hay. Era un descreído y para los descreídos estaba escrito lo que estaba leyendo. Cada uno iba a lo suyo. Me fue hacia el coro que en una capilla lateral cantaban versos profanos. Eran obreros. Daban el último retoque a un trono que allí había para la procesión de mañana. 

- ¿Conoceís a Antonio Pereira? les pregunté

Sangre de Dios habrá cuando se alce/Después de las palabras del misterio

Se puso uno a cantar. Eran versos divinos. Los reconocí enseguida como siendo de Antonio Pereira. Pregunté por él. Sólo vivía todavía su hermana en la casa de familia a la salida de Villafranca del Bierzo, tras el puente. Me prometí hacerle una visita mañana cuando nos fuéramos. Volvímos al albergue. Hartos como estábamos de tantas piedras que fueran estatuas, casas antiguas, monumentos, monasterios, iglesias o calles empedradas. Aquella noche de Semana Santa comimos muy poco y sólo bebimos manzanilla con Puci y Sonia. Fuimos muy parcos en palabras y pronto nos fuimos a acostar, dándonos respetuosamente, cristianamente, las buenas noches, que esto también queda para mí un misterio.

Como cruzábamos el puente, dejando definitivamente atrás Villafranca del Bierzo, no pudé menos que pensar en maestre Pereira y a sus inolvidables versos:

Emerge la ciudad/Amanece Dios

Correspondían a la hora del día como a mi estado de ánimo. Pero no me correspondía ir a despertar a la hermana. Así que dejé, que dejamos, porque ya éramos tres, Villafranca del Bierzo en su nido de roca, en su pila de agua bendita, recoleta, parpadeando, ojos de gato tan misteriosos o brillantes en su forro de terciopelo negro. Se oía el susurro del río como quien murmura al oído de otro un secreto.

lundi 6 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo ocho: del peregrino al vagabundo no hay mucho trecho)

A veces, pasando por Saint-Mandé, ciudad muy cotizada al sudeste de París, justo antes de cruzar el periférico y de entrar en la capital me paro a pensar: ahí está como un albergue con su jardín y su muro de piedras, acoge a SDF (sin domicilio fijo), y no puedo evitar recordar que lo éramos todos nosotros en aquel entonces, ni de sentir lo que sintió aquel día y que también pudiera decirse como en olor de santidad si fuera yo un auténtico cristiano y no un usurpador, poniéndose en el lugar de alguién más necesitado de Dios. 

Apartado de la ciudad, al fondo de un solar, todavía veo un albergue con habitaciones separadas por puertas que se diferenciaban no con un número sino con un dicho bíblico. Se pagaba por adelantado. Se entraba por un porche que daba a un jardín. El recinto estaba amurallado. Por la presencia misma de estas murallas, que las había por todas partes de la ciudad, infiero que se trataba del albergue de Ponferrada.

Llegábamos no muy tarde pero agotados. En el jardín había bancos y en los bancos descansaban gente todavía joven pero que parecía a punto de entregar el alma. Vi a Puci vestida de blanco servirle de enfermera a Sonia; no muy lejos estaba Alvaro de ayudante, alargando el brazo con la segunda piel. Su presencia era de buen agüero, le hicimos un discreto saludo y, dejando el jardín a nuestra izquierda, atravesamos una terraza procurando evitar mesas y sillas hasta una puerta corredora que se deslizó suavemente.

Una muchacha nos habló primero en inglés, luego en un español chapurreado, que de francés no sabía media palabra. Le vi las piernas tan largas y bien torneadas que la tomé por nórdica. Era recepcionista. Nos acompañó a las habitaciones. Encontramos unas camas libres. Se despidió de nosotros. No tardémos mucho en salir y sentarnos en una mesa de la terraza. Invité a Puci a reunirse con nosotros. Aceptó tomar una camomilla antes de acostarse. Y así fue.

Apenas clareaba el día cuando salimos del albergue, pero ya estaba muy alto el sol cuando conseguimos librarnos de las murallas. Esta ciudad de Ponferrada además de las que vimos y fueron muchas debía de tener otras invisibles y por lo tanto más difíciles de franquear. Habíamos dado vueltas y vueltas en el recinto de la plaza fuerte de los Templarios. 

Cuando lo encontramos por el camino lo tomamos por vagabundo. Estaba el hombre cargado de espaldas, los brazos colgantes, patituerto, iba como subido a caballo, aunque lo suyo era más bien la mula tal y como iba de carga y de lento, dando a camino largo paso corto. Pues, nos contó que salió muy de mañana de Ponferrada y que hasta el último momento no sabía si sus propios límites físicos iban a superar a los de la ciudad cuya extensión no era de prever. Ya éramos tres. Que yo hice como Santa Teresa que teniendo una hermana de cuya honestidad y bondad, que tenía mucha, no tomaba nada, cuando tomaba todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Que se va nuestro natural antes en lo peor que en lo mejor. Mi natural me llevaba más hacia Marc-André que hacia mi primo.

El calor apretaba. Era hora de dormir la siesta en la cuneta o a la sombra de un árbol copudo y frondoso. Fue entonces cuando Marc-André nos comunicó que aquellos altozanos, ligeros desniveles, suaves pendientes, praderas verdes y mullidas, invitaban a tumbarse encima como si fueran cuerpo de mujer en estado de merecer. Añadí mi voz a la suya. Ya éramos dos contra tres. Con el transcurrir de los años se había convertido en verdadero trotamundos, igual que sus antepasados - decía Marc-André. Como ellos, también comía, bebía y se echaba a dormir donde le encontraba el sueño y era - como podíamos comprobarlo - mucho antes del anochecer.

Tras pasar por un pueblo donde se hizo algunas compras buscamos asilo debajo de un puente, a orilla de un río, primero sentados, picando de lo que había en las mochilas, y luego tumbados en la hierba húmeda. Poco antes de echar una cabezada Marc-André dio su propia definición de peregrino. Algunos pasaban por su pueblo. Era un recuerdo grato de su infancia. Pero las malas lenguas de su pueblo tan pequeño, tan mezquino, que apenas si aparece en el mapa, hablaban de vagabundos. Es que no se sabía muy bien ni de donde venían ni a donde iban. Pero eran peregrinos como lo supo luego Marc-André cuando - dijo sonriendo - empezó como ellos a vagabundear y gustar de la vida libre al aire libre y del ancho mundo a sus anchas.

Una ardilla saltona pasaba de un árbol a otro, discurriendo sobre el hilo sutil de las ramas. Me hizo descubrir aéreos puentes en la solemne y silenciosa procesión de los álamos. Empezó a vagabundear mi pensamiento. Bienaventurado el que logra la paz de espíritu. Me sentí tan bien y a gusto, como en estado de santidad. Bueno, tampoco habra mucho trecho del estado de santidad al estado de bienestar, no más, por supuesto, que del de peregrino al de vagabundo.

dimanche 5 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo siete: cuando Dios no contesta)

Como me admiraba del paisaje me dijo mi primo que no me olvidase del cielo, que la tierra sin el cielo era como un cuadro sin fondo, que se fundiera en una masa compacta e informe; tal debió de ser en tiempos remotos aún anteriores al caos y mucho antes de que se pusiera orden y armonía al mundo.

Comenzaban a abundar los castaños y a repartir su sombra con altruismo y magnanimidad. A mi primo le llamaban más la atención los olivos que a mí me parecían sufrir ahí un exilio, siendo árboles más propios de tierras con clima más benigno. El sol había salido ya a nuestro encuentro y andábamos a la descubierta. Pero era otra prueba que se anunciaba con el rigor del cielo.

Fue entonces cuando empezamos a ver ropas tiradas en el camino. Venía en la Guía del Peregrino que con dos juegos de cada pieza, un jersey y chubasquero, era suficiente. Mi primo se quitó la mochila y empezó sacando ropa. La había sucia, chafada y mojada, pero también sacó de la limpia, seca y planchada. Iba con mucho esmero, casi con preciosidad, colocándola al borde de la carretera y bien a la vista. Le pregunté entonces si pensaba abrir un puesto de venta. Siempre - dijo - tenemos de más lo que otro puede echar de menos. Mas quieres tú - dije en mis adentros - con aliviarte la vida en este mundo ganártela en el otro.

Lo que sí le dije era si quería hacer como Gedeón. No sabía mi primo quien era Gedeón pero le sonaba a auto-sacramental. Gedeón - le conté - sube al monte como tú y en vez de colocar ahí camisetas, coloca un blanco vellón sobre una piedra, como puesta en evidencia, rogando al alba que cuaje sólo en ella su rocío, y que la tierra permanezca seca a su alrededor. Con ello quería probar que Dios estaba de su lado y le sostendría en su periplo. 

De repente, se exclamó el muy primo mío:

- ¡Dios no contesta!

No pude menos que recordarle los versos de maestre Pereira:

Y el tiempo va rodando los caminos/vecinales/Y un lunes/Preguntamos/Por dónde hemos de ir/Y no hay más respuesta/Y no hay respuesta/Y nos quedamos quietos/Sin voz/Hasta que vienen a llamarnos.

Se pueden levantar iglesias o fortalezas en alabanza suya - proseguía el primo - no contesta. Y quien piense encontrar rastro de Dios en las piedras o en el polvo del Camino se equivocaba, porque tampoco retumbaba su voz bajo las bovedades de los templos e iglesias sino debajo de las arcas de nuestro cuerpo donde late el corazón de su criatura.

- Ni siquiera ahí, muy primo mío 

Todo el libro de la vida de Santa Teresa de Jesús está en mostrar la acción graciosa de Dios en un alma miserable. Pero no me lo creo. ¿Por qué actuando en la suya - le pregunté al primo - no actuaba en la mía por seguro todavía más miserable que la de la santa? Se sonrió el primo con esa su sonrisa tan enigmática.

Llegábamos a un lugar perdido en el monte, a no ser que fuéramos nosotros los que estábamos perdidos. En su entrada exhibía un rótulo de respectable tamaño donde venía en letras de molde una perorata acerca del interés turístico que presentaba el lugar, estando donde estaba y teniendo lo que tenía. Mirábamos en nuestro entorno y sólo veíamos trojes, silos, aperos de labranza, gallinas escapadas de algún corral, fincas, granjas, casas derrumbadas o de puertas y ventanas condenadas; se oía algún perro ladrador. Pasó por ahí como una sombra, un fantasma, un lugareño que tal nos pareció en su habla e indumentaría. Le preguntábamos donde estaba el monumento. El anciano no sabía a que nos referíamos, pero acabó diciendo que desde que lo habían puesto a este letrero se le hacía unas preguntas muy raras. Ahora, si queríamos llenar nuestras cantimploras, él nos diría donde había un nacimiento de agua más saludable que la de esta fuente que le dio diarrea a su perro.

Volviendo a donde estaba el róturo tardó muy poco mi primo en tachar lugar cultural y en gravar abajo lugar espiritual, achacando a la gente de la ciudad su profundo desconocimiento del alma del pueblo. Que no de todo lo que se muere había que hacer un museo, que eso era como rematarlo, acabar con su alma después de haberle dejado exangüe. Qué ganas de buscar lo vivo en lo muerto y no lo muerto en lo vivo. Que no estaba en las viejas piedras sino en los ojos del anciano el alma del lugar, y quien sabe si no de Dios, que al correr de los siglos había visto pasar a milliones de peregrinos. Que en sus ojos nos reflejábamos todos y en su leve sonrisa se notaba cómo aguardaba con toda la paciencia del mundo y su eterna sabiduría nuestra tan sabida pregunta:

- ¿A dónde lleva el camino?

Le preguntábamos. A mí me parece - dijo sonriendo - que a Santiago de Compostela o es que estáis perdidos. Y nos puso en el camino con un gesto seguro de la mano, el mismo gesto seguro con que sin duda encaminaba a su rebaño. Dios nos había contestado.

samedi 4 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo seis: Los molinos de viento)

Eran figuras esbeltas, nobles y aéreas, discretas y solemnes, que traspasaban la línea de las cumbres. Había oído decir que podían medir hasta ciento veinte metros de altura. Corresponde a un inmueble de cuarenta pisos. En aquellos montes pelados y sarnosos, de pocos árboles y muchos matorrales donde se encarnizaba el radiante astro del día, sobresalían mucho y se veían desde lejos. Su presencia no era en absoluto de esencia divina: a aquella inmensa mole cuatrocientas toneladas de cemento enterradas en el subsuelo, que de hecho lo destruían, le servía de basamento y sostén. No quita que dejando de mirarlos, lo que resultaba difícil de evitar tanto se imponían a nuestra vista, seguíamos sintiendo su presencia, y eso a lo largo del día. ¿Pero no era de aquellos molinos de viento que desafiaban al cielo moliéndolo a palos que dijo Don Quijote que es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra?

Qué opinaba el primo: que el molino que tiene aspas, que el hombre que tiene brazos, que el pájaro que tiene alas, no deben olvidarse que sin la voluntad de Dios no le sirven de nada bien y que tienen que actuar conforme a ella. Que en favor de Dios y no de las alas del pájaro, ni de las aspas del molino sopla el viento y sólo cumpliendo con su voluntad puede luego el hombre volar con sus propias alas y el pájaro con las suyas y las aspas del molino de viento volteadas por el viento producir electricidad. Pero era Eolo el dios de los molinos de viento que la mayor parte del tiempo, por falta o por exceso de viento, no funcionaban. Que sólo los vímos funcionar con lentitud y pereza, con señalada majestad.

Cayó Rabanal del Camino como a pedir de boca. Quiero decir cuando le pedía la boca requetevacía y reseca. Nos tenía dicho Alvaro que si llegábamos a tiempo no sería mala idea almorzar ahí, que podíamos inflarnos de comer por lo barato que salía y porque luego venía la ascensión al Monte Irago que nos ayudaría a bajar la comida. En la despensa común no quedaba nada que picar y mi primo le había cogido afición al vino tinto de aquellas tierras. De gente de a pie y no salidos de una tienda de vestir sino de los caminos polvorientos estaban llenos como de polvo los numerosos bares y restaurantes de la calle que, conforme iba cruzando el pueblo iba subiendo más, de tal manera que los que no se detuvieron al principio de la pendiente acabaran agotados al final y rendidos se rindieran en los todavía más numerosos bares y restaurantes que coronaban el repecho. Allí derribaban todos su equipaje para sentarse delante de una mesa aún sin limpiar adonde acudía un ajetreado camarero que sudaba la gota gorda.

Se comía como se come cuando se tiene hambre, se bebía como se bebe cuando se tiene sed, y también se hablaba como se habla cuando se ha comido y bebido bastante. Después de unos tragos me preguntó el primo de cómo había pasado la noche. En blanco, le dije. Y le conté. A medianoche, no pudiendo aguantar más, decidí bajar las escaleras que llevaban al salón del albergue. Acerqué una silla de una mesa de madera, una luz bajaba del techo coronando y ensangrentando mi cabeza. No fue entonces pura casualidad pero sí divina providencia que diera con el suplemento semanal del ABC. En su portada venía Cristo crucificado, era Semana Santa en Castilla y León. Leí hasta el amanecer, que fue poco menos que rezar. Era lo menos que podía hacer para apartar de mí el dolor o vivo recuerdo de mi pasada gula. Una luz pálida, enfermiza, acabó esparciéndose en todo el santo recinto, porque ahí expié mi culpa, se extinguió la luz roja, cerré el semanal, y me fuí a dormir. Bien poco. Fue caerse en un pozo negro y subir de nuevo a la superficie, lo primero como una piedra, lo segundo como un corcho. 

Ahora - le dije a mi primo - sólo recuerdo la sombra de un cuerpo en cruz y debajo como dientes sanguinolentes las túnicas blancas que iban recubriendo los capuchos rojos de los penitentes; y a mi imaginación dolorosa se le ocurrió pensar que Cristo estuviera atado a una hoguera con las llamas lamiéndole los pies. Eso será de las ampollas, puntualizó mi primo. Proseguí diciendo que la Semana Santa de Castilla y León estaba declarada de Interés Turístico Internacional como de Interés Turístico Regional. Fue entonces cuando se exclamó el muy primo mío que esto era un acontecimiento religioso y que lo puteaban todo los políticos. Que más da primo, le dije yo, que traten a los acontecimientos religiosos como si fueran históricos y confundan la vida espiritual con la vida social, si los políticos quieren los votos y todos los votos no son devotos.

Pedimos la cuenta. Has visto, primo, le dije, que al que hace el camino con Dios le cobran tanto como al que lo hace sin Dios. No me hizo caso. Manjarín estaba a unos diez kilómetros. Quería llegar mi primo aunque Alvaro no nos lo tenía aconsejado. No había agua corriente ni electricidad ni todo lo que Dios manda, dijo Alvaro. Lo que esperas tú, me dijo mi primo, es que aparezca por aquí la nórdica o bien Puci sino la chica entrevista en León, a ver si esta vez ajustara mejor el salto y cayera en tu cama. A donde quieres ir tú, le repliqué, es en un pueblo abandonado de Dios que espera el día de su resurrección.

Era llegar de noche a la cumbre de un puerto y al borde de una carretera de montaña. Y ver casas en ruinas. Y sentirse llamado como ovejas descarriadas del rebaño de Dios por el toque de una campana. Había un hombre en la puerta de su casa hecha con todas las demás casas, que también parecía una ruina, con más razón, puesto que estaba hecha con todas las demás ruinas, que a si sola parecía representarlas todas, naciendo de ellas, irguiéndose sobre sus ruinas. Seguía el buen hombre tirando con alegría de la cuerda de la campana. Se le veía brillar los ojos de júbilo detrás de unas gruesas lentes. Le enmarcaban la cara una gorra muy sucia y una sotabarba no menos sucia. Le salía un poco de barriga. Iba vestido con desaliño pero con gracia, como un padre de familia numerosa o un buen pastor. Ladró un perro ganadero. Era de color negro y también tiraba de una cuerda y le brillaban los ojos. Era un buen perro y nos dejó entrar en el refugio de Manjarín cuyo dueño se reclamaba de la Orden del Temple. Por si acaso alguien pusiera en tela de juicio la palabra del buen hombre venían unos escritos nada apócrifos que lo referían todo por extenso, y esta cruz bien característica de los templarios dibujada en cualquier sitio de la humilde mansión, y esa espada abandonada ahí sin lugar a dudas por un templario.

Una vez franqueada la puerta en cuyo dintel venía escrito en una pizarra: una luz en el camino nos encontrábamos a oscuras. ¡Gracias a Dios! unos jóvenes melenudos y pacíficos, o mejor dicho gracias a unos jóvenes melenudos y pacíficos, vivas imágenes de Cristo o de su adhesión juvenil y espontánea a la vida y a la fe, que nos ayudaron con su linterna, pudimos encontrarla en tan oscuro interior. Le preguntábamos al buen hombre cómo era posible que no haya electricidad cuando en la línea de cresta se explotaba la energía eólica. Hacen, dijo, con la energía limpia un negocio sucio: la luz la venden al más rico, a compañías extranjeras, y el pobre de aquí se queda a oscuras. ¡Qué amanezca Dios y amanecerá para ellos un sol justiciero! Mientras tanto, el buen hombre nos dió de comer y bendijo la cena. Entre los jóvenes hubo uno que compuso unos versos en alabanza del Señor. Fue muy aplaudido. Luego durmieron todos. Nunca había roncado mi primo en mejor compañía. Pero yo seguía oyendo el leve rumor, casi inaudible, del viento en las aspas de los molinos de viento que era como un lamento que no haya llegado la luz donde tanto estábamos necesitados de ella.

mercredi 1 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo cinco: Donde se habla de comer y de fantasmas)

Los primeros rayos de sol vinieron a dar en los cristales desnudos de las ventanas tocando diana. Que mejor despertador en el mundo no lo ha habido, no lo hay, ni lo habrá en los tiempos venideros, según mi primo. A mi parecer, había dado un poco temprano. Pero ¿Qué es la vida? La vida es sueño, dijo Pedro Calderón de la Barca. Y yo que me levanté con sueño con sueño estaba caminando con mi primo cuando nos apareció Alvaro. 

Alvaro fue la primera aparición del día y no sé si la más real o irreal de todas. Alvaro hacía milagros con su segunda piel, que así llamaba su cataplasma. Alvaro trabajaba en un hospital de Madrid. Su familia se quedó en Brasil. No era la primera vez que hacía el camino de Santiago. Tampoco éramos los primeros a quienes hacía algún beneficio, simple o curado. Alvaro no presumía de santo pero desde siempre y con mucha magnanimidad repartía segunda piel. Curado de mis ampollas, me sentí resuscitar, hijo de Lázaro, Lazarillo. Le pedí a Alvaro que me perdonara mi brusca retirada de la noche anterior cuando intervinó en la dulce plática que entreteníamos Puci y yo. Pero el buen hombre no sabía de rencor ni de celo ni de envidia ni ... sino donde se podía dormir y comer.

Al fin y al cabo, lo esencial, que se aprende y no se enseña, de pie y no sentado. Me venía bien que Alvaro por muy santo que fuera no dejara de pensar en el comer y en el dormir. Pero para el  uno como para el otro y por falta de dinero se remetía a la Providencia que, decía, había sembrado el camino de Santiago de Compostela de albergues y refugios. Siempre fue correspondido en su querencia, que de memoria se sabía de cada uno la dirección, el número de plazas, si salía barato, si estaba bien colocado, bien cuidado, con cocina, con duchas, con servicios. En cualquier lugar donde estaba se representaba el más próximo y el mejor albergue que haya. Y si uno se sorprendía de su ciencia y se le agradecía respondía simplemente: <<cuando la necesidad apremia>> con discreta y humilde sonrisa, con la cabeza agachada, porque no era él para mirar a alguien por encima del hombro sino con recelo, de soslayo.

Alvaro era de estatura mediana y bien rellena como buen pan, hecho de buena harina, de cara redonda y mofletuda, de manos rollizas que juntaba con unción. Nos agradeció los últimos frutos secos y la barra de chocolate que con él compartimos. Y como nos marchábamos le pregunté si se quería venir con nosotros. Qué no, que nos fuéramos con Dios, que él esperaría aquí a las dos Brasileñas, a Puci y a Sonia, quién sabe si no estaban las pobres necesitadas también de segunda piel.

- Buen camino
- Buen camino

Nos decimos los unos a los otros. Yo sombrío, mi primo sonriendo.

Y ambos callados anduvimos lo que había de andar para llegar a Astorga y no era mucho si en vez de a pie lo hubiéramos hecho en coche. Fue mi primo quien rompió el silencio:

- Todo tiene un principio y un fin: el camino, una historia de amor, la vida, y cuando no empieza bien acaba mal.

Mi primo no era un literato: habra oído hablar de Homero, de Horacio, pero no de que Horacio le alabó a Homero por haber empezado la Iliada in media res. Sin embargo, me quería comunicar mi primo - interpretaba yo sus palabras como si fueran palabras evangélicas - que la historia de Puci y Sonia, del cocinero, de Alvaro, había comenzado con el camino que nosotros habíamos tomado como in media res. Que a mi primo le estaba obsesionando tanto lo de haber empezado el camino in media res como para fijarse en una pareja de ancianos de cuya presencia tardé en percartarme como si fueran fantasmas no míos sino de mi primo. Se los veía aparecer y desaparecer para reaparecer luego más lejos. Los adelantábamos para encontrarlos de nuevo delante de nosotros. Y esto duró mucho. Y esto se repitió mucho. Hasta que mi primo no pudiendo más, no sé si de exacerbación o de curiosidad, los alcanzó y tiró la cosa al claro: alternaban con otra pareja en coche.

Me pasó igual que a mi primo menos que en lo que me toca no se trataba de una pareja de ancianos. En la línea divisoria, entre cielo y tierra, se perfilaba el gracioso cuerpo de la nórdica. Con los versos del poeta me refería a la curvada figuración de un cuerpo entre dos luces, a la toponimia oscura de sus huecos, a la profunda culminación de un seno. Durante horas y horas fue mi guía, fue mi norte, fue el aliciente de mi vida al aire libre. Y en cuanto pensaba alcanzarlo se volatilizaba para aparecer más lejos aquel espejismo que pedía a gritos mi cuerpo de hombre que no había conocido mujer desde hacían no sé sabe cuantos días con sus noches. El amor atrae como la muerte. Es el amor a lo desconocido amor a la muerte. No hay otro amor que el amor a la muerte. En aquellos términos confié mi despecho amoroso a mi primo que me aconsejó sustituir la muerte por Dios.

Imagínese en medio de la llanura, al pie de la montaña, un castillo como salido de un cuento de hada, que allí quién se lo esperaría. Lo que se ofrecía a nuestros ojos no era menos que la Astorga del marqués don Alvaro Pérez Osorio, del rey Bermudo, del emperador Octavio Augusto. Nos acercamos al Palacio Episcopal de Astorga que enfrente había un restaurante. Dejé de mirar al Palacio para mirar a la carta. Primo - dije - aquí estamos en el centro de la Maragatería y se propone cocido Maragato. Pero íbamos a pasar de largo. Para el primo este restaurante era de mucha categoría.

- ¿En que categoría pones tú a los peregrinos?
Le pregunté
- En la más noble, honrada, y santa que haya en la tierra.
Dijo de un tirón el santo varón

La verdad en cuanto a categoría también se ha pensado para pícaro en el efecto desastroso de los picardos que venían en peregrinación, de romeros, a Compostela. Pero bien me callé, mejor le recordé la santa figura de Alvaro y lo que nos dijo: que con la credencial se nos hacía un precio como que también tenían buenos vinos. Que el primo siempre fue comedido aunque no con el vino que es sangre de Cristo y gustado de prelado. No se hizo más rogar y entramos en Palacio. Digo en Palacio porque fuimos recibidos como principes en la antesala del restaurante que se me antojaba como la antecamara del Palacio de enfrente. A guisa de letra de recomendación enseñé la credencial, lo mismo hizo el primo. Y, tal como Alvaro nos lo tenía aconsejado, dije que estábamos recomendados de parte del señor del albergue.

Había detrás del mostrador una azafata que no habra desmerecido de cortesana: muy peripuesta, muy risueña, muy amable, que nos miró de arriba abajo. Notó que estábamos sin afeitar, sin peinar, que no llevábamos corbata ni traje de etiqueta ni cara de haber llevado uno en toda nuestra pícara vida. En fin, nuestra vestimenta daba mucho que hablar pero no se alteró, no se inmutó, no habló de ello sino que nos dejó plantados ahí con un <<sereís muy amables, señores caballeros, de esperarme, que ahora les voy a presentar mi señora.>> Vino sin tardar una señora muy mayor que había perdido la sonrisa pero conservaba el sentido de los negocios puesto que en este sentido dio algunas directivas a la que ahora me aparecía ser nada más que una empleada. Y como tal nos acompañó a una sala grande y vacía donde sólo comía el personal. Asistimos a un vaivén de fuentes que salían llenas mientras otras volvían vacías.

Pregunté de donde venían y a donde iban cuando - en sala tan aireada, tan compuesta, tan atractiva, de tantos brillantes, de tantas tapicerías y colgaduras, de dama principal con miras al Palacio Episcopal - estábamos tan solos. A lo cual siempre muy amable, siempre muy sonriente, una camarera nos avisó que había allí otra sala todavía más aireada, más compuesta, más atractiva, de más brillantes, de más tapicerías y colgaduras, de dama de más alcurnia pero muy recatada respecto a desconocidos que no se les fuera presentados. Llegaba el Cocido Maragato. Callarse y comer resultaba como siempre ser lo mejor. El Cocido Maragato era el menú principal de casa tan noble y tan rica donde mi primo pidió patatas a lo pobre y vino de mesa.

El Cocido Maragato estaba compuesto de tres platos. Como es costumbre cristiana santiguarse empecé en nombre del padre a comerme la carne, con el hijo comí las legumbres, y la sopa que es de menos sustancia con el espiritu santo, amen de postre que ya estaba empachado. Que no fue comérmelo todo en una asentada sino en tres asentadas. A mi primo que con el vino soltaba la lengua no quise hablar con la boca llena ni aguar el vino con el caudal de mis palabras. De postre como queda dicho pedimos la cuenta. Cuando la vio mi primo, dio las patatas a lo pobre por muy ricas y llamó al vino de mesa Tinto de Rioja. Se levantó de mesa, abandonó la sala, llegó a la antesala con paso noble y reposado, allí fue saludado, se nos adelantó, se nos franqueó la puerta, y salió mi primo del restaurante episcopal como el rey de su casa y yo en pos de él como principe fiel a la corona. 

Iba yo luego por la calle doblado por la cintura. Que no de risa. Que de las dos manos me sostenía la barriga con ansias y ganas de devolverlo todo y con ello el alma como él que se encuentra en estado de pecado mortal. Dijo el muy primo mío que en el pecado va la penitencia y que comer tanto después de tres días de ayuno (quería decir de poco comer) era como crucificarse. Llegados al albergue huí escaleras arriba que es donde estaban los dormitorios salmoniando los versos de maestre Pereira que siempre me prestan su socorro:

Un hombre sube con su cruz pequeña/ Sube un hombre pequeño

Hacían ruido mis tripas y me retorcía de dolor debajo de las sábanas igual que un gusano debajo de la suela del peregrino.

lundi 30 janvier 2017

El peregrino de poca fe (capitulo cuatro: El puente de Orbigo)

Habíamos salido aquella mañana de Villadangos del Páramo y dejando la carretera general entrado en descampado. No sé de árboles ni de plantas silvestres y si había cereales si era trigo o avena o cebada. Sólo que se perfilaba en el horizonte una línea de montañas. Conforme íbamos adelantándonos parecían querer levantarse entre el cielo y nosotros como para prohibirnos el acceso. Se lo dije a mi primo. Dios en este paísaje que le hacía, según me confesó, más constante, yo no lo notaba, todo lo contrario. Pero, como para darme ánimo, en los tramos penosos, o para romper con la monotonía del camino, salmodiaba estos versos de Antonio Pereira:

¡Qué sufrir sin amarguras/cuando se sigue al señor!/un celestial resplandor/cerca los ojos divinos/y alumbra a los peregrinos/que traen en los pies desnudos/por rúas de altos escudos/el polvo de cien caminos.

No andábamos con los pies desnudos pero los teníamos en carne viva, ampollas alumbraban nuestro camino (que en francés ampollas significa también bombillas) y nos hacían sufrir. Lamentábamos que de tantos hospitales de peregrinos señalados en el camino no quedara ni uno, dejando a los de ahora en el más peligroso desamparo no de su vida sino de su alma: que el que anda preocupado por sus pies no mira al cielo. Sin embargo, lo miraba yo de vez en cuando por temor de que nos pillara de improviso un chubasco de origen tormentoso, divino, despiadado, dirigiendo hacia mi cara de hereje su mirada fulminante.

No faltaban iglesias para acogerse a sagrado. Se las veían de lejos con su campanario donde anidaban cigueñas. Visitamos algunas de buena gana y sin apremio del cielo. No es que les tenga mucho apego a estas casas frías, vacías y oscuras, donde entra uno a tiento como si temiera encontrarse con su dueño, pero se me antojaba que volvía a mi habitación de enfermo donde se me tenía mucho cuidado y se hablaba en voz baja, y estando como estaba, cansado y herido, me sentí bien en la iglesia. Tampoco encontré Dios sino Santiago Matamoros con espada y sombrero de tres picos en su lucha contra los infieles. Infieles llamábamos a los moros. Infieles nos llaman ahora a nosotros los moros. Y verdad que somos todos infieles cuando no a Dios a nuestra esposa o a nuestro esposo que también es Dios, según nos lo recuerda San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual, digo yo.

En cuanto a mi primo nunca lo ví tan raro. Cuchicheaba algunas palabras incoherentes, se humillaba, se ablandaba, consentía a descansar un rato arrodillado y después sentado, pasando como un cuarto de hora medio dormido y atontado, cuando luego parecía reprochárselo. Entraba en paz consigo mismo y salía nervioso. Tanto me extrañó que le acabé preguntando lo que le pasaba. Las conversaciones entre padre e hijo no suelen pasarse bien, me dijo.

- ¿Y de qué habeís hablado?
Le pregunté como si no fuera nada (hablar con Dios)

- ¡De qué iba a ser!, del camino, hombre, del camino
Repuso algo nervioso el primo

- ¿Y qué pasa con el camino?
Dije yo, sin inmutarme

- Que no lo estamos haciendo como debería
Acabó diciendo el primo contrariado

No habíamos salido de Somport, que desde ahí empezaba el trazado del camino francés. Menos mal que me podía valer entonces de mis lecturas sagradas. ¿Recorrer sólo un trozo del santo camino no es - le dije - un acto de fe parecido al sacramento de la Eucaristía, como comerse parte de una hostia? Pero si me vino lo de la hostia es también porque tenía hambre como para comermela entera. Se pasa mucha hambre por el camino. Mi primo no es que no comiera, pero sólo de la mochila que era como nuestra despensa, aunque no llamo yo a eso comer sino picar. Así hacen las aves de Dios. Así hace también el rebaño de los pelegrinos. Era un continuo andar y comer y beber y los tres de tan mala manera que ninguno de esta satánica trinidad les aliviaban. Para romper este ritmo infernal cuando atravesando un poblado veíamos un restaurante le decía yo a mi primo:

- ¡Descansemos y comamos! que no se descansa bien si no se come, ni se come bien si no se descansa 

Pero no había manera de hacerle entrar en razón: mientras algo quedara en las mochilas ¡A por las mochilas!. El poco de vida que en mí quedaba se rebelaba contra lo mal que se le trataba. Cuando quedó vacía mi mochila de cuanto en ella se podía comer apelé a su grandeza de alma y eché mano de cuantas victuallas podían caber en la suya. Que yo comiera porque andaba aburrido, porque no había nada en el paísaje sino de esencial, de noble, de eterno; cuando yo buscaba lo anecdótico, lo trivial, lo efímero, para dar pábulo a este vicio impune de escribir y no alimento a mi alma, no sé si me lo dijo mi primo o si me lo estoy diciendo yo ahora.

Lo seguro es que llegué a Puente de Orbigo medio muerto (es un decir pero nunca mejor empleado). Mi primo, viéndome desfallecer, se asustó, declaró el lugar bueno como apeadero, y ayudó a bajar el saco del lomo de la bestia de carga. Mientras tanto pasaba el río por debajo del puente de Orbigo como supongo no dejó ni dejara de hacerlo . En él se reflejaba el cielo y mi primo mirándolo con la mirada fija, que menos su mirada lo veía yo todo en movimiento: el río, el cielo en el río, mi primo en el cielo, y yo mismo no sé si a punto de caer en el río o de subir al cielo. Es cuando le vine a contar lo del cuadro. Estaba mi padre para tirarlo a la basura. Representaba una isla hecha de incrustaciones de piedras pintadas pero faltaban algunas. Como que le quitaba valor, pero no a mis ojos. Yo veía, como por primera vez, el puente que la unía al continente. Me fascinaba el puente. Es que veníamos de una isla donde no había semejante puente. Lo había, dijo mi padre, lo malo es que tú no lo viste. Tampoco lo vieron los que conmigo estaban y luego lucharon contra los del continente, pero ya mi padre había muerto. Siempre hay puentes, comentó mi primo y cuando no los hay hay que imaginarlos: por ejemplo entre Dios y nosotros. 

El puente de Orbigo es uno de los más conocidos y recordados puentes empedrados del camino de Santiago en España. Pero perdidos como estamos en las grandes ciudades no podemos imaginar que todas no son más que islotes y entre ellas no hay más que extensión de naturaleza, que mar de hierbas donde se levantan olas de matorrales, bosques en oleadas y montes y montañas y ríos que atravesar, núcleos de vida en la extensa superficie del planeta donde se hace sentir la imperiosa necesidad de los puentes.