dimanche 12 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo trece: Donde se vuelve a hablar de lo de siempre y del peregrino italiano)

En el dilatado cielo azul de una radiante mañana el sol explotaba como una bomba despachando sus afilados rayos por toda la tierra circundante. Pisábamos la hierba húmeda que lloraba su noche. A la luz del día se desvanecía en su verde sábana el rocío del alba. La tierra gallega rezuma de poesía que, bárbaros, exprimíamos bajo nuestras botas. 

Había viñas. La inclemencia del sol - dijo Marc-André - sólo se perdona por estos viñedos que alegrarán el corazón del buen bebedor. Auguraban de un buen vino de mesa en la otra ribera del río Miño. De repente, pasó entre nosotros una sombra fugitiva. La seguía una figura esbelta y huidiza de piel muy blanca. La sombra llevaba a guisa de mochila una guitarra en su fonda oscura. La moza de piel color de alabastro bailara por él, celebraran a Baco. No, dijo Marc-André, el peregrino italiano no llegaba a beber vino porque antes se comía la uva en la cepa, pero sí tenía trazas de dormir al raso y de pedir limosna. 

Se lo había encontrado en Sahagún. En cuanto lo vio le devolvió a los de su infancia, a aquellos vagabundos como los llamaban en su pueblo por ignorancia, por prejuicios, pero también por sus harapos y por su amor al vino. Marc-André compartió con el peregrino italiano su almuerzo. Llevaba, según le confesó, días comiendo uvas y un dolor de tripas que le obligaba a detenerse en contra de su voluntad, aunque no de la divina a la cual se doblegaba y cedía con ansias. En cambio, el peregrino italiano entendía mucho de simbología en torno al Apóstol Santiago. De él aprendió Marc-André que la concha representa una mano que se abre para realizar obras piadosas. Con conocimiento de causa se sintió Marc-André en la obligación de no dejarle antes de que aceptase su óbolo. Se lo agradeció con creces y con muchas alabanzas a Dios.

Antes de que prorrumpiera en críticas sobre el uso de la peregrinación como pretexto para la mendicidad y el vagabundeo le tomé la delantera a mi primo dirigiéndome a Marc-André. Tu peregrino italiano tendría como la barbera alemana algo que hacerse perdonar. Me miró Marc-André con gestos de no comprender. Sí - insistí - a la alemana le buscaba la policía. La alemana - cuenta maestre Pereira - no quería separarse de la legión andariega donde nadie sabía el nombre de nadie, ni el lugar de origen, ni importaba su vida anterior. Mi peregrino italiano, de cuyo nombre quisiera acordarme, no es sino un pobre diablo - replicó Marc-André de forma terminante. 

Yo no sé quién es - repuso mi primo - pero sí lo que le falta. Respondimos a una voz: un suplemento de alma. Sólo se piensa - continuó el primo sin inmutarse - en el viento cuando hace calor o frío, porque refresca o porque resfría. Pero quién piensa en el viento cuando no hace calor ni frío, cuando no se echa de menos el aire de su invisible abanico. Parece que no existe ni hace falta que exista. Así se olvida uno de su alma y no le hace falta cuando no le anima la fe. Así van por el mundo unos desalmados. También - diría yo - estará de cuerpo presente nuestra alma, o sea, en el cuerpo como en su lecho de muerte. Pero más bien me parecería a mí que lo que nos quería decir mi primo aquel día y de manera tan enrevesada, que no lo llegamos a entender, es lo que dijo la Santa en el Libro de la vida: como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Porque no estoy muy lejos de pensar como la Santa: que lo mismo pasa ahora en el Camino que en los conventos de antaño, que quien busca ahí su salvación bien puede encontrar su perdición, que muchas son las tentaciones por los que ya no tienen buenas inclinaciones.

Nos absorbía el paisaje. Nada de contemplación. No nos asomábamos a una ventana para mirarlo detalladamente. No lo mirábamos desde fuera, o sea, desde dentro de una casa, formábamos parte del paisaje, éramos como criaturas de Dios caídas ex-abrupto en el cosmos. La naturaleza como prueba ontológica de la existencia de Dios o de nosotros en Dios así como estábamos metidos en ella. Llegábamos a sentirla, llegábamos a sentirlo, eso sí.

Un regla metálica que trazara una recta entre dos líneas paralelas conseguiría mejor imponer su fría geometría al espacio virginal de una hoja que el puente de Portomarín a nosotros. Sin embargo, su altiva y adusta figura que se levantaba entre cielo y tierra, como entre una ribera y otra, nos hizo apresurar el paso; y a Marc-André recordar que el peregrino italiano le había hablado de la peregrinación como trasunto del viaje final que todos tendremos que hacer un día u otro.

De momento, frente a nosotros se alzaba un collado poblado de casas y edificios modernos. Era Portomarín. Una vez pasado el puente y cruzado la carretera se empezaba a subir las verdes laderas de la colina por unos peldaños de piedra gastada. Resultaban ser las de otro puente viejo y encorvado aunque no inútil puesto que fue subidos en sus espaldas cómo desembocábamos a nivel de la primera calle.

Era día de feria. Había bullicio. Vida mercantil y campesina. Seguimos cuesta arriba. Mi primo encontró en la iglesia de San Juan - que era la primera que se le presentó - algo del trato divino que requería su alma. En la iglesia entramos los tres y salimos los tres contentos aunque por motivos distintos. En la credencial de Marc-André como en la mía venía un sello más. Por fuerza había que ganarse la Compostela. En cuanto a mi primo, bastante tenía con ganarse el cielo. Allá él, si llegados a Santiago de Compostela le faltaban sellos para el dichoso documento, porque mientras buscaba a Dios rezando, de rodillas frente al altar, nosotros dos buscábamos, de pie y no con menos ganas de encontrarlo, al cura para que nos pusiese el sello en la credencial.

Cuando cada uno hubo encontrado lo suyo, tuvimos que desandar lo andado, que bajar lo subido,y, aunque pasábamos por donde habíamos pasado, vimos lo que no habíamos visto. Estaban entre dos puestos de venta. El peregrino italiano sentado con su guitarra . Al son de la guitarra intentaba unos pasos de baile la muchacha de tez tan blanca, traslúcida. Parecía representar a la muerte y su danza. De su mano convertida en providencia de los pobres, es decir en concha, dejó caer Marc-André una limosna en una escudilla que allí había. Y nos fuimos. Aunque no antes de haberles saludado como de los nuestros:

- Buen camino
- Buen camino

Pero, apenas nos hubimos alejado, cuando nos llamaron la atención unos aperos de labranza y entre ellos una guadaña, que, sin duda por su forma romántica de media-luna, nos recordó a la pareja de peregrinos mendicantes.

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