lundi 30 janvier 2017

El peregrino de poca fe (capitulo cuatro: El puente de Orbigo)

Habíamos salido aquella mañana de Villadangos del Páramo y dejando la carretera general entrado en descampado. No sé de árboles ni de plantas silvestres y si había cereales si era trigo o avena o cebada. Sólo que se perfilaba en el horizonte una línea de montañas. Conforme íbamos adelantándonos parecían querer levantarse entre el cielo y nosotros como para prohibirnos el acceso. Se lo dije a mi primo. Dios en este paísaje que le hacía, según me confesó, más constante, yo no lo notaba, todo lo contrario. Pero, como para darme ánimo, en los tramos penosos, o para romper con la monotonía del camino, salmodiaba estos versos de Antonio Pereira:

¡Qué sufrir sin amarguras/cuando se sigue al señor!/un celestial resplandor/cerca los ojos divinos/y alumbra a los peregrinos/que traen en los pies desnudos/por rúas de altos escudos/el polvo de cien caminos.

No andábamos con los pies desnudos pero los teníamos en carne viva, ampollas alumbraban nuestro camino (que en francés ampollas significa también bombillas) y nos hacían sufrir. Lamentábamos que de tantos hospitales de peregrinos señalados en el camino no quedara ni uno, dejando a los de ahora en el más peligroso desamparo no de su vida sino de su alma: que el que anda preocupado por sus pies no mira al cielo. Sin embargo, lo miraba yo de vez en cuando por temor de que nos pillara de improviso un chubasco de origen tormentoso, divino, despiadado, dirigiendo hacia mi cara de hereje su mirada fulminante.

No faltaban iglesias para acogerse a sagrado. Se las veían de lejos con su campanario donde anidaban cigueñas. Visitamos algunas de buena gana y sin apremio del cielo. No es que les tenga mucho apego a estas casas frías, vacías y oscuras, donde entra uno a tiento como si temiera encontrarse con su dueño, pero se me antojaba que volvía a mi habitación de enfermo donde se me tenía mucho cuidado y se hablaba en voz baja, y estando como estaba, cansado y herido, me sentí bien en la iglesia. Tampoco encontré Dios sino Santiago Matamoros con espada y sombrero de tres picos en su lucha contra los infieles. Infieles llamábamos a los moros. Infieles nos llaman ahora a nosotros los moros. Y verdad que somos todos infieles cuando no a Dios a nuestra esposa o a nuestro esposo que también es Dios, según nos lo recuerda San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual, digo yo.

En cuanto a mi primo nunca lo ví tan raro. Cuchicheaba algunas palabras incoherentes, se humillaba, se ablandaba, consentía a descansar un rato arrodillado y después sentado, pasando como un cuarto de hora medio dormido y atontado, cuando luego parecía reprochárselo. Entraba en paz consigo mismo y salía nervioso. Tanto me extrañó que le acabé preguntando lo que le pasaba. Las conversaciones entre padre e hijo no suelen pasarse bien, me dijo.

- ¿Y de qué habeís hablado?
Le pregunté como si no fuera nada (hablar con Dios)

- ¡De qué iba a ser!, del camino, hombre, del camino
Repuso algo nervioso el primo

- ¿Y qué pasa con el camino?
Dije yo, sin inmutarme

- Que no lo estamos haciendo como debería
Acabó diciendo el primo contrariado

No habíamos salido de Somport, que desde ahí empezaba el trazado del camino francés. Menos mal que me podía valer entonces de mis lecturas sagradas. ¿Recorrer sólo un trozo del santo camino no es - le dije - un acto de fe parecido al sacramento de la Eucaristía, como comerse parte de una hostia? Pero si me vino lo de la hostia es también porque tenía hambre como para comermela entera. Se pasa mucha hambre por el camino. Mi primo no es que no comiera, pero sólo de la mochila que era como nuestra despensa, aunque no llamo yo a eso comer sino picar. Así hacen las aves de Dios. Así hace también el rebaño de los pelegrinos. Era un continuo andar y comer y beber y los tres de tan mala manera que ninguno de esta satánica trinidad les aliviaban. Para romper este ritmo infernal cuando atravesando un poblado veíamos un restaurante le decía yo a mi primo:

- ¡Descansemos y comamos! que no se descansa bien si no se come, ni se come bien si no se descansa 

Pero no había manera de hacerle entrar en razón: mientras algo quedara en las mochilas ¡A por las mochilas!. El poco de vida que en mí quedaba se rebelaba contra lo mal que se le trataba. Cuando quedó vacía mi mochila de cuanto en ella se podía comer apelé a su grandeza de alma y eché mano de cuantas victuallas podían caber en la suya. Que yo comiera porque andaba aburrido, porque no había nada en el paísaje sino de esencial, de noble, de eterno; cuando yo buscaba lo anecdótico, lo trivial, lo efímero, para dar pábulo a este vicio impune de escribir y no alimento a mi alma, no sé si me lo dijo mi primo o si me lo estoy diciendo yo ahora.

Lo seguro es que llegué a Puente de Orbigo medio muerto (es un decir pero nunca mejor empleado). Mi primo, viéndome desfallecer, se asustó, declaró el lugar bueno como apeadero, y ayudó a bajar el saco del lomo de la bestia de carga. Mientras tanto pasaba el río por debajo del puente de Orbigo como supongo no dejó ni dejara de hacerlo . En él se reflejaba el cielo y mi primo mirándolo con la mirada fija, que menos su mirada lo veía yo todo en movimiento: el río, el cielo en el río, mi primo en el cielo, y yo mismo no sé si a punto de caer en el río o de subir al cielo. Es cuando le vine a contar lo del cuadro. Estaba mi padre para tirarlo a la basura. Representaba una isla hecha de incrustaciones de piedras pintadas pero faltaban algunas. Como que le quitaba valor, pero no a mis ojos. Yo veía, como por primera vez, el puente que la unía al continente. Me fascinaba el puente. Es que veníamos de una isla donde no había semejante puente. Lo había, dijo mi padre, lo malo es que tú no lo viste. Tampoco lo vieron los que conmigo estaban y luego lucharon contra los del continente, pero ya mi padre había muerto. Siempre hay puentes, comentó mi primo y cuando no los hay hay que imaginarlos: por ejemplo entre Dios y nosotros. 

El puente de Orbigo es uno de los más conocidos y recordados puentes empedrados del camino de Santiago en España. Pero perdidos como estamos en las grandes ciudades no podemos imaginar que todas no son más que islotes y entre ellas no hay más que extensión de naturaleza, que mar de hierbas donde se levantan olas de matorrales, bosques en oleadas y montes y montañas y ríos que atravesar, núcleos de vida en la extensa superficie del planeta donde se hace sentir la imperiosa necesidad de los puentes.

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire