mercredi 15 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo quince: el Monte do Gozo)

Recuerdo la parada de autobús. Pero no sé cuánto habíamos andando, ni donde estábamos exactamente, ni cuándo llegó; sólo sé que con el autobús fue consumida la ruptura entre nosotros y el paisaje que desfilaba detrás del cristal. Nos parecía haber dejado en el camino a un amigo entrañable y su sonriente faz se había nublado. Veíamos el gesto desconsolador y grave de su brazo y el leve temblor de su mano en las ramas de los árboles con sus estremecidas hojas. Nos comunicaba su estado de ánimo a no ser que fuera el nuestro.

Ensimismados, meditabundos, preocupados por si se nos iba a conceder la Compostela. Venía en la Guía del Peregrino que sólo se la otorgaba a los que habían hecho los cien últimos kilómetros del trazado jacobeo a pie. Pues, el último sello que figuraba en nuestra Credencial era él de Palas de Rei y de Palas de Rei a Santiago de Compostela había unos sesenta y seis kilómetros.

Sentíamos desasosiego en las piernas que colgaban inútiles de la cintura abajo. Y, por mucho que nos arrellanábamos en el asiento, la parte superior de nuestro cuerpo tendía a desmoronarse hacia delante, libre de la mochila cuyas correas sujetaban los hombros y lo echaban para atrás cuando andábamos. Eramos como bestias de carga privadas de su carga, rumiando ideas que no llegaban a ser ideas, entorpecidos, adormilados, dando de vez en cuando cabezadas, procurando sin duda repasar lo vivido o revivir lo pasado - y experimentando sólo un paciente sufrir - 

Supimos que eran periodistas pero no descubrimos su condición de peregrinos antes de que se apearan del autobús y les ayudásemos a recoger sus mochilas. Igual se aburrirían en el autobús para armar una bronca de pareja y confesarnos luego que temían un atentado para mañana en la Catedral de Santiago de Compostela. Para que les creyésemos se valieron de su autoridad de periodista. Lo sabían de buena tinta; y, a ver, si lo pensábamos un poco: es que no recordábamos el atentado del 11 de noviembre y el atentado del 11 de mayo y ¿qué día era mañana? El día siguiente era el domingo 11 de abril del año 2004: el año del Jubileo, del Gran Indulto Cósmico, de la pascua altísima que sólo surge cuando el día del Apóstol cae en domingo. Esto tampoco lo sabíamos ¿a qué no, verdad? Pues, como los demás, el atentado del 11 de abril pasara a la historia con su numeración fatídica.

Marc-André no podía estarse quieto en su asiento. Siempre supo que la Historia no está cargada de tinta sino de sangre humana. No se iba a perder la oportunidad de este encuentro con la Historia. Aquella eventualidad de que nuestra pequeña historia personal fuese a dar con la gran Historia universal, aunque fuese para morirnos, le parecía tan natural a Marc-André como que los ríos vayan a dar al mar, una imagen de sorprendente belleza que no dejaba de aturdirle. Por su parte, dejó pasmados a los periodistas, hablándoles de acaecer humano y de circunstancia histórica, de camino que desemboca en carretera general, de accidentes dramáticos que marcan la Historia de la humanidad, de hitos en la marcha de dicha humanidad, de horizontes que conforme íbamos avanzando retrocedían, de ideales al alcance de la mano que no se dejan atrapar, de espejismos que sedientes no podíamos menospreciar.

- ¿Tú también irás?

Me preguntó la periodista. 

Tenía unos ojos como para llevar gafas, y aunque no puedo asegurar que las llevaba me parecía verle los ojos como al acecho detrás de unos gruesos lentes. A mí, la verdad, no me preocupaba mucho la gran Historia. Encontraba mucho más divertidas y menos comprometidas las pequeñas historias de maestre Pereira, y así se lo dije. 

- ¿Pereira me suena, no será ese señor escritor? 

Preguntó la periodista. 

Sí, eso es, y muy amigo mío, le respondí. Entonces, como era de prever, se fijó más en mí y menos que nunca en su compañero de bronca. Yo también a ella la estuve mirando, pero lo que yo veía de su persona era bien poco en consideración de lo que disimulaba el respaldo del asiento que nos separaba; quizá, ¡váyase a saber uno!, aquella incógnita doblada de imposibilidad era lo que a mí más me animaba. Porque de gustar en ella no sé lo que había que me gustaba.

No nos dejó el autobús en Santiago de Compostela, ni siquiera al pie del Monte do Gozo, sino en una parada de autobús, porque cuando bajamos no teníamos ni idea de donde estábamos. Sin embargo, una vez cargada la mochila en la espalda, tuvimos que ir cuesta arriba siguiendo a la pareja de periodistas que parecían mejor informados que nosotros.

Nos dejamos en el Monte do Gozo. Los periodistas fueron admitidos en el albergue de los peregrinos mientras a nosotros nos dijeron que ya no había plazas pero que si queríamos nos colocarían - y eso sin consideración de nuestra edad - en el albergue de la juventud. De nuevo nos sentimos como excluidos del paraíso peregrinal. A ver si nos consideraban como unos turistas. Fuimos entonces a parar en uno de aquellos caserones dispuestos a cada lado de una calle, equidistantes y semejantes, pero que sabíamos ahora diferenciar no sólo por su número sino también por su precio.

Que se me perdone el juego de palabras pero si fuera por mí el Monte do Gozo no merecería llamarse así ya que no llegué a gozarla. No llegué a tener más noticias de la periodista. Se añadía sin embargo a la lista de las mujeres encontradas en el Camino. No me perseguían las mujeres, más bien me huían. Lo que sí me perseguía a mí era la lujuria. Pensando en ellas todas pensé en lo que dijo en sus Confesiones San Agustín: no quieras que las sílabas permanezcan fijas pero que pasen pronto, de modo que otras les sucedan, y que puedas tú oír todo el discurso. Que uno se consuele como puede.

En este punto no estaba yo al final de mis atribulaciones. Me quería aleccionar el Camino. Para mí no había descanso. Ya tumbado boca abajo y medio dormido sentí una presencia femenina. Aprovechándose de la hora como de la oscuridad había entrado la intrusa, pero el cuchicheo de las voces la delataba a ella y al muchacho de abajo que la estuvo esperando. ¡Ojalá! fuera la hembra en bragas de León que - estando yo arriba esta vez - pegaría un salto iluminando la noche con la blancura de su cuerpo desnudo.

Pero la muchacha sobre el muchacho de abajo estaba y gemía, y gemía la litera, una onda se propagó por toda la tubería metálica, que me quedé como electrificado. Con un cuidado de padres fornicando - hacia el hijo escuchando - intentaban disimular su goce, pero, desgraciadamente, lo sentía yo subir en ellos como en los montantes de la litera. No pude menos que repetir dentro de mí el nombre del dichoso lugar que nos acogía a todos en su cumbre: Monte do Gozo, Monte do Gozo, Monte do Gozo, Monte do ...














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