samedi 4 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo seis: Los molinos de viento)

Eran figuras esbeltas, nobles y aéreas, discretas y solemnes, que traspasaban la línea de las cumbres. Había oído decir que podían medir hasta ciento veinte metros de altura. Corresponde a un inmueble de cuarenta pisos. En aquellos montes pelados y sarnosos, de pocos árboles y muchos matorrales donde se encarnizaba el radiante astro del día, sobresalían mucho y se veían desde lejos. Su presencia no era en absoluto de esencia divina: a aquella inmensa mole cuatrocientas toneladas de cemento enterradas en el subsuelo, que de hecho lo destruían, le servía de basamento y sostén. No quita que dejando de mirarlos, lo que resultaba difícil de evitar tanto se imponían a nuestra vista, seguíamos sintiendo su presencia, y eso a lo largo del día. ¿Pero no era de aquellos molinos de viento que desafiaban al cielo moliéndolo a palos que dijo Don Quijote que es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra?

Qué opinaba el primo: que el molino que tiene aspas, que el hombre que tiene brazos, que el pájaro que tiene alas, no deben olvidarse que sin la voluntad de Dios no le sirven de nada bien y que tienen que actuar conforme a ella. Que en favor de Dios y no de las alas del pájaro, ni de las aspas del molino sopla el viento y sólo cumpliendo con su voluntad puede luego el hombre volar con sus propias alas y el pájaro con las suyas y las aspas del molino de viento volteadas por el viento producir electricidad. Pero era Eolo el dios de los molinos de viento que la mayor parte del tiempo, por falta o por exceso de viento, no funcionaban. Que sólo los vímos funcionar con lentitud y pereza, con señalada majestad.

Cayó Rabanal del Camino como a pedir de boca. Quiero decir cuando le pedía la boca requetevacía y reseca. Nos tenía dicho Alvaro que si llegábamos a tiempo no sería mala idea almorzar ahí, que podíamos inflarnos de comer por lo barato que salía y porque luego venía la ascensión al Monte Irago que nos ayudaría a bajar la comida. En la despensa común no quedaba nada que picar y mi primo le había cogido afición al vino tinto de aquellas tierras. De gente de a pie y no salidos de una tienda de vestir sino de los caminos polvorientos estaban llenos como de polvo los numerosos bares y restaurantes de la calle que, conforme iba cruzando el pueblo iba subiendo más, de tal manera que los que no se detuvieron al principio de la pendiente acabaran agotados al final y rendidos se rindieran en los todavía más numerosos bares y restaurantes que coronaban el repecho. Allí derribaban todos su equipaje para sentarse delante de una mesa aún sin limpiar adonde acudía un ajetreado camarero que sudaba la gota gorda.

Se comía como se come cuando se tiene hambre, se bebía como se bebe cuando se tiene sed, y también se hablaba como se habla cuando se ha comido y bebido bastante. Después de unos tragos me preguntó el primo de cómo había pasado la noche. En blanco, le dije. Y le conté. A medianoche, no pudiendo aguantar más, decidí bajar las escaleras que llevaban al salón del albergue. Acerqué una silla de una mesa de madera, una luz bajaba del techo coronando y ensangrentando mi cabeza. No fue entonces pura casualidad pero sí divina providencia que diera con el suplemento semanal del ABC. En su portada venía Cristo crucificado, era Semana Santa en Castilla y León. Leí hasta el amanecer, que fue poco menos que rezar. Era lo menos que podía hacer para apartar de mí el dolor o vivo recuerdo de mi pasada gula. Una luz pálida, enfermiza, acabó esparciéndose en todo el santo recinto, porque ahí expié mi culpa, se extinguió la luz roja, cerré el semanal, y me fuí a dormir. Bien poco. Fue caerse en un pozo negro y subir de nuevo a la superficie, lo primero como una piedra, lo segundo como un corcho. 

Ahora - le dije a mi primo - sólo recuerdo la sombra de un cuerpo en cruz y debajo como dientes sanguinolentes las túnicas blancas que iban recubriendo los capuchos rojos de los penitentes; y a mi imaginación dolorosa se le ocurrió pensar que Cristo estuviera atado a una hoguera con las llamas lamiéndole los pies. Eso será de las ampollas, puntualizó mi primo. Proseguí diciendo que la Semana Santa de Castilla y León estaba declarada de Interés Turístico Internacional como de Interés Turístico Regional. Fue entonces cuando se exclamó el muy primo mío que esto era un acontecimiento religioso y que lo puteaban todo los políticos. Que más da primo, le dije yo, que traten a los acontecimientos religiosos como si fueran históricos y confundan la vida espiritual con la vida social, si los políticos quieren los votos y todos los votos no son devotos.

Pedimos la cuenta. Has visto, primo, le dije, que al que hace el camino con Dios le cobran tanto como al que lo hace sin Dios. No me hizo caso. Manjarín estaba a unos diez kilómetros. Quería llegar mi primo aunque Alvaro no nos lo tenía aconsejado. No había agua corriente ni electricidad ni todo lo que Dios manda, dijo Alvaro. Lo que esperas tú, me dijo mi primo, es que aparezca por aquí la nórdica o bien Puci sino la chica entrevista en León, a ver si esta vez ajustara mejor el salto y cayera en tu cama. A donde quieres ir tú, le repliqué, es en un pueblo abandonado de Dios que espera el día de su resurrección.

Era llegar de noche a la cumbre de un puerto y al borde de una carretera de montaña. Y ver casas en ruinas. Y sentirse llamado como ovejas descarriadas del rebaño de Dios por el toque de una campana. Había un hombre en la puerta de su casa hecha con todas las demás casas, que también parecía una ruina, con más razón, puesto que estaba hecha con todas las demás ruinas, que a si sola parecía representarlas todas, naciendo de ellas, irguiéndose sobre sus ruinas. Seguía el buen hombre tirando con alegría de la cuerda de la campana. Se le veía brillar los ojos de júbilo detrás de unas gruesas lentes. Le enmarcaban la cara una gorra muy sucia y una sotabarba no menos sucia. Le salía un poco de barriga. Iba vestido con desaliño pero con gracia, como un padre de familia numerosa o un buen pastor. Ladró un perro ganadero. Era de color negro y también tiraba de una cuerda y le brillaban los ojos. Era un buen perro y nos dejó entrar en el refugio de Manjarín cuyo dueño se reclamaba de la Orden del Temple. Por si acaso alguien pusiera en tela de juicio la palabra del buen hombre venían unos escritos nada apócrifos que lo referían todo por extenso, y esta cruz bien característica de los templarios dibujada en cualquier sitio de la humilde mansión, y esa espada abandonada ahí sin lugar a dudas por un templario.

Una vez franqueada la puerta en cuyo dintel venía escrito en una pizarra: una luz en el camino nos encontrábamos a oscuras. ¡Gracias a Dios! unos jóvenes melenudos y pacíficos, o mejor dicho gracias a unos jóvenes melenudos y pacíficos, vivas imágenes de Cristo o de su adhesión juvenil y espontánea a la vida y a la fe, que nos ayudaron con su linterna, pudimos encontrarla en tan oscuro interior. Le preguntábamos al buen hombre cómo era posible que no haya electricidad cuando en la línea de cresta se explotaba la energía eólica. Hacen, dijo, con la energía limpia un negocio sucio: la luz la venden al más rico, a compañías extranjeras, y el pobre de aquí se queda a oscuras. ¡Qué amanezca Dios y amanecerá para ellos un sol justiciero! Mientras tanto, el buen hombre nos dió de comer y bendijo la cena. Entre los jóvenes hubo uno que compuso unos versos en alabanza del Señor. Fue muy aplaudido. Luego durmieron todos. Nunca había roncado mi primo en mejor compañía. Pero yo seguía oyendo el leve rumor, casi inaudible, del viento en las aspas de los molinos de viento que era como un lamento que no haya llegado la luz donde tanto estábamos necesitados de ella.

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