A veces, pasando por Saint-Mandé, ciudad muy cotizada al sudeste de París, justo antes de cruzar el periférico y de entrar en la capital me paro a pensar: ahí está como un albergue con su jardín y su muro de piedras, acoge a SDF (sin domicilio fijo), y no puedo evitar recordar que lo éramos todos nosotros en aquel entonces, ni de sentir lo que sintió aquel día y que también pudiera decirse como en olor de santidad si fuera yo un auténtico cristiano y no un usurpador, poniéndose en el lugar de alguién más necesitado de Dios.
Apartado de la ciudad, al fondo de un solar, todavía veo un albergue con habitaciones separadas por puertas que se diferenciaban no con un número sino con un dicho bíblico. Se pagaba por adelantado. Se entraba por un porche que daba a un jardín. El recinto estaba amurallado. Por la presencia misma de estas murallas, que las había por todas partes de la ciudad, infiero que se trataba del albergue de Ponferrada.
Llegábamos no muy tarde pero agotados. En el jardín había bancos y en los bancos descansaban gente todavía joven pero que parecía a punto de entregar el alma. Vi a Puci vestida de blanco servirle de enfermera a Sonia; no muy lejos estaba Alvaro de ayudante, alargando el brazo con la segunda piel. Su presencia era de buen agüero, le hicimos un discreto saludo y, dejando el jardín a nuestra izquierda, atravesamos una terraza procurando evitar mesas y sillas hasta una puerta corredora que se deslizó suavemente.
Una muchacha nos habló primero en inglés, luego en un español chapurreado, que de francés no sabía media palabra. Le vi las piernas tan largas y bien torneadas que la tomé por nórdica. Era recepcionista. Nos acompañó a las habitaciones. Encontramos unas camas libres. Se despidió de nosotros. No tardémos mucho en salir y sentarnos en una mesa de la terraza. Invité a Puci a reunirse con nosotros. Aceptó tomar una camomilla antes de acostarse. Y así fue.
Apenas clareaba el día cuando salimos del albergue, pero ya estaba muy alto el sol cuando conseguimos librarnos de las murallas. Esta ciudad de Ponferrada además de las que vimos y fueron muchas debía de tener otras invisibles y por lo tanto más difíciles de franquear. Habíamos dado vueltas y vueltas en el recinto de la plaza fuerte de los Templarios.
Cuando lo encontramos por el camino lo tomamos por vagabundo. Estaba el hombre cargado de espaldas, los brazos colgantes, patituerto, iba como subido a caballo, aunque lo suyo era más bien la mula tal y como iba de carga y de lento, dando a camino largo paso corto. Pues, nos contó que salió muy de mañana de Ponferrada y que hasta el último momento no sabía si sus propios límites físicos iban a superar a los de la ciudad cuya extensión no era de prever. Ya éramos tres. Que yo hice como Santa Teresa que teniendo una hermana de cuya honestidad y bondad, que tenía mucha, no tomaba nada, cuando tomaba todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Que se va nuestro natural antes en lo peor que en lo mejor. Mi natural me llevaba más hacia Marc-André que hacia mi primo.
El calor apretaba. Era hora de dormir la siesta en la cuneta o a la sombra de un árbol copudo y frondoso. Fue entonces cuando Marc-André nos comunicó que aquellos altozanos, ligeros desniveles, suaves pendientes, praderas verdes y mullidas, invitaban a tumbarse encima como si fueran cuerpo de mujer en estado de merecer. Añadí mi voz a la suya. Ya éramos dos contra tres. Con el transcurrir de los años se había convertido en verdadero trotamundos, igual que sus antepasados - decía Marc-André. Como ellos, también comía, bebía y se echaba a dormir donde le encontraba el sueño y era - como podíamos comprobarlo - mucho antes del anochecer.
Tras pasar por un pueblo donde se hizo algunas compras buscamos asilo debajo de un puente, a orilla de un río, primero sentados, picando de lo que había en las mochilas, y luego tumbados en la hierba húmeda. Poco antes de echar una cabezada Marc-André dio su propia definición de peregrino. Algunos pasaban por su pueblo. Era un recuerdo grato de su infancia. Pero las malas lenguas de su pueblo tan pequeño, tan mezquino, que apenas si aparece en el mapa, hablaban de vagabundos. Es que no se sabía muy bien ni de donde venían ni a donde iban. Pero eran peregrinos como lo supo luego Marc-André cuando - dijo sonriendo - empezó como ellos a vagabundear y gustar de la vida libre al aire libre y del ancho mundo a sus anchas.
Una ardilla saltona pasaba de un árbol a otro, discurriendo sobre el hilo sutil de las ramas. Me hizo descubrir aéreos puentes en la solemne y silenciosa procesión de los álamos. Empezó a vagabundear mi pensamiento. Bienaventurado el que logra la paz de espíritu. Me sentí tan bien y a gusto, como en estado de santidad. Bueno, tampoco habra mucho trecho del estado de santidad al estado de bienestar, no más, por supuesto, que del de peregrino al de vagabundo.
Llegábamos no muy tarde pero agotados. En el jardín había bancos y en los bancos descansaban gente todavía joven pero que parecía a punto de entregar el alma. Vi a Puci vestida de blanco servirle de enfermera a Sonia; no muy lejos estaba Alvaro de ayudante, alargando el brazo con la segunda piel. Su presencia era de buen agüero, le hicimos un discreto saludo y, dejando el jardín a nuestra izquierda, atravesamos una terraza procurando evitar mesas y sillas hasta una puerta corredora que se deslizó suavemente.
Una muchacha nos habló primero en inglés, luego en un español chapurreado, que de francés no sabía media palabra. Le vi las piernas tan largas y bien torneadas que la tomé por nórdica. Era recepcionista. Nos acompañó a las habitaciones. Encontramos unas camas libres. Se despidió de nosotros. No tardémos mucho en salir y sentarnos en una mesa de la terraza. Invité a Puci a reunirse con nosotros. Aceptó tomar una camomilla antes de acostarse. Y así fue.
Apenas clareaba el día cuando salimos del albergue, pero ya estaba muy alto el sol cuando conseguimos librarnos de las murallas. Esta ciudad de Ponferrada además de las que vimos y fueron muchas debía de tener otras invisibles y por lo tanto más difíciles de franquear. Habíamos dado vueltas y vueltas en el recinto de la plaza fuerte de los Templarios.
Cuando lo encontramos por el camino lo tomamos por vagabundo. Estaba el hombre cargado de espaldas, los brazos colgantes, patituerto, iba como subido a caballo, aunque lo suyo era más bien la mula tal y como iba de carga y de lento, dando a camino largo paso corto. Pues, nos contó que salió muy de mañana de Ponferrada y que hasta el último momento no sabía si sus propios límites físicos iban a superar a los de la ciudad cuya extensión no era de prever. Ya éramos tres. Que yo hice como Santa Teresa que teniendo una hermana de cuya honestidad y bondad, que tenía mucha, no tomaba nada, cuando tomaba todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Que se va nuestro natural antes en lo peor que en lo mejor. Mi natural me llevaba más hacia Marc-André que hacia mi primo.
El calor apretaba. Era hora de dormir la siesta en la cuneta o a la sombra de un árbol copudo y frondoso. Fue entonces cuando Marc-André nos comunicó que aquellos altozanos, ligeros desniveles, suaves pendientes, praderas verdes y mullidas, invitaban a tumbarse encima como si fueran cuerpo de mujer en estado de merecer. Añadí mi voz a la suya. Ya éramos dos contra tres. Con el transcurrir de los años se había convertido en verdadero trotamundos, igual que sus antepasados - decía Marc-André. Como ellos, también comía, bebía y se echaba a dormir donde le encontraba el sueño y era - como podíamos comprobarlo - mucho antes del anochecer.
Tras pasar por un pueblo donde se hizo algunas compras buscamos asilo debajo de un puente, a orilla de un río, primero sentados, picando de lo que había en las mochilas, y luego tumbados en la hierba húmeda. Poco antes de echar una cabezada Marc-André dio su propia definición de peregrino. Algunos pasaban por su pueblo. Era un recuerdo grato de su infancia. Pero las malas lenguas de su pueblo tan pequeño, tan mezquino, que apenas si aparece en el mapa, hablaban de vagabundos. Es que no se sabía muy bien ni de donde venían ni a donde iban. Pero eran peregrinos como lo supo luego Marc-André cuando - dijo sonriendo - empezó como ellos a vagabundear y gustar de la vida libre al aire libre y del ancho mundo a sus anchas.
Una ardilla saltona pasaba de un árbol a otro, discurriendo sobre el hilo sutil de las ramas. Me hizo descubrir aéreos puentes en la solemne y silenciosa procesión de los álamos. Empezó a vagabundear mi pensamiento. Bienaventurado el que logra la paz de espíritu. Me sentí tan bien y a gusto, como en estado de santidad. Bueno, tampoco habra mucho trecho del estado de santidad al estado de bienestar, no más, por supuesto, que del de peregrino al de vagabundo.
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