Como me admiraba del paisaje me dijo mi primo que no me olvidase del cielo, que la tierra sin el cielo era como un cuadro sin fondo, que se fundiera en una masa compacta e informe; tal debió de ser en tiempos remotos aún anteriores al caos y mucho antes de que se pusiera orden y armonía al mundo.
Comenzaban a abundar los castaños y a repartir su sombra con altruismo y magnanimidad. A mi primo le llamaban más la atención los olivos que a mí me parecían sufrir ahí un exilio, siendo árboles más propios de tierras con clima más benigno. El sol había salido ya a nuestro encuentro y andábamos a la descubierta. Pero era otra prueba que se anunciaba con el rigor del cielo.
Fue entonces cuando empezamos a ver ropas tiradas en el camino. Venía en la Guía del Peregrino que con dos juegos de cada pieza, un jersey y chubasquero, era suficiente. Mi primo se quitó la mochila y empezó sacando ropa. La había sucia, chafada y mojada, pero también sacó de la limpia, seca y planchada. Iba con mucho esmero, casi con preciosidad, colocándola al borde de la carretera y bien a la vista. Le pregunté entonces si pensaba abrir un puesto de venta. Siempre - dijo - tenemos de más lo que otro puede echar de menos. Mas quieres tú - dije en mis adentros - con aliviarte la vida en este mundo ganártela en el otro.
Lo que sí le dije era si quería hacer como Gedeón. No sabía mi primo quien era Gedeón pero le sonaba a auto-sacramental. Gedeón - le conté - sube al monte como tú y en vez de colocar ahí camisetas, coloca un blanco vellón sobre una piedra, como puesta en evidencia, rogando al alba que cuaje sólo en ella su rocío, y que la tierra permanezca seca a su alrededor. Con ello quería probar que Dios estaba de su lado y le sostendría en su periplo.
De repente, se exclamó el muy primo mío:
- ¡Dios no contesta!
No pude menos que recordarle los versos de maestre Pereira:
Y el tiempo va rodando los caminos/vecinales/Y un lunes/Preguntamos/Por dónde hemos de ir/Y no hay más respuesta/Y no hay respuesta/Y nos quedamos quietos/Sin voz/Hasta que vienen a llamarnos.
Se pueden levantar iglesias o fortalezas en alabanza suya - proseguía el primo - no contesta. Y quien piense encontrar rastro de Dios en las piedras o en el polvo del Camino se equivocaba, porque tampoco retumbaba su voz bajo las bovedades de los templos e iglesias sino debajo de las arcas de nuestro cuerpo donde late el corazón de su criatura.
- Ni siquiera ahí, muy primo mío
Todo el libro de la vida de Santa Teresa de Jesús está en mostrar la acción graciosa de Dios en un alma miserable. Pero no me lo creo. ¿Por qué actuando en la suya - le pregunté al primo - no actuaba en la mía por seguro todavía más miserable que la de la santa? Se sonrió el primo con esa su sonrisa tan enigmática.
Llegábamos a un lugar perdido en el monte, a no ser que fuéramos nosotros los que estábamos perdidos. En su entrada exhibía un rótulo de respectable tamaño donde venía en letras de molde una perorata acerca del interés turístico que presentaba el lugar, estando donde estaba y teniendo lo que tenía. Mirábamos en nuestro entorno y sólo veíamos trojes, silos, aperos de labranza, gallinas escapadas de algún corral, fincas, granjas, casas derrumbadas o de puertas y ventanas condenadas; se oía algún perro ladrador. Pasó por ahí como una sombra, un fantasma, un lugareño que tal nos pareció en su habla e indumentaría. Le preguntábamos donde estaba el monumento. El anciano no sabía a que nos referíamos, pero acabó diciendo que desde que lo habían puesto a este letrero se le hacía unas preguntas muy raras. Ahora, si queríamos llenar nuestras cantimploras, él nos diría donde había un nacimiento de agua más saludable que la de esta fuente que le dio diarrea a su perro.
Volviendo a donde estaba el róturo tardó muy poco mi primo en tachar lugar cultural y en gravar abajo lugar espiritual, achacando a la gente de la ciudad su profundo desconocimiento del alma del pueblo. Que no de todo lo que se muere había que hacer un museo, que eso era como rematarlo, acabar con su alma después de haberle dejado exangüe. Qué ganas de buscar lo vivo en lo muerto y no lo muerto en lo vivo. Que no estaba en las viejas piedras sino en los ojos del anciano el alma del lugar, y quien sabe si no de Dios, que al correr de los siglos había visto pasar a milliones de peregrinos. Que en sus ojos nos reflejábamos todos y en su leve sonrisa se notaba cómo aguardaba con toda la paciencia del mundo y su eterna sabiduría nuestra tan sabida pregunta:
- ¿A dónde lleva el camino?
Le preguntábamos. A mí me parece - dijo sonriendo - que a Santiago de Compostela o es que estáis perdidos. Y nos puso en el camino con un gesto seguro de la mano, el mismo gesto seguro con que sin duda encaminaba a su rebaño. Dios nos había contestado.
Lo que sí le dije era si quería hacer como Gedeón. No sabía mi primo quien era Gedeón pero le sonaba a auto-sacramental. Gedeón - le conté - sube al monte como tú y en vez de colocar ahí camisetas, coloca un blanco vellón sobre una piedra, como puesta en evidencia, rogando al alba que cuaje sólo en ella su rocío, y que la tierra permanezca seca a su alrededor. Con ello quería probar que Dios estaba de su lado y le sostendría en su periplo.
De repente, se exclamó el muy primo mío:
- ¡Dios no contesta!
No pude menos que recordarle los versos de maestre Pereira:
Y el tiempo va rodando los caminos/vecinales/Y un lunes/Preguntamos/Por dónde hemos de ir/Y no hay más respuesta/Y no hay respuesta/Y nos quedamos quietos/Sin voz/Hasta que vienen a llamarnos.
Se pueden levantar iglesias o fortalezas en alabanza suya - proseguía el primo - no contesta. Y quien piense encontrar rastro de Dios en las piedras o en el polvo del Camino se equivocaba, porque tampoco retumbaba su voz bajo las bovedades de los templos e iglesias sino debajo de las arcas de nuestro cuerpo donde late el corazón de su criatura.
- Ni siquiera ahí, muy primo mío
Todo el libro de la vida de Santa Teresa de Jesús está en mostrar la acción graciosa de Dios en un alma miserable. Pero no me lo creo. ¿Por qué actuando en la suya - le pregunté al primo - no actuaba en la mía por seguro todavía más miserable que la de la santa? Se sonrió el primo con esa su sonrisa tan enigmática.
Llegábamos a un lugar perdido en el monte, a no ser que fuéramos nosotros los que estábamos perdidos. En su entrada exhibía un rótulo de respectable tamaño donde venía en letras de molde una perorata acerca del interés turístico que presentaba el lugar, estando donde estaba y teniendo lo que tenía. Mirábamos en nuestro entorno y sólo veíamos trojes, silos, aperos de labranza, gallinas escapadas de algún corral, fincas, granjas, casas derrumbadas o de puertas y ventanas condenadas; se oía algún perro ladrador. Pasó por ahí como una sombra, un fantasma, un lugareño que tal nos pareció en su habla e indumentaría. Le preguntábamos donde estaba el monumento. El anciano no sabía a que nos referíamos, pero acabó diciendo que desde que lo habían puesto a este letrero se le hacía unas preguntas muy raras. Ahora, si queríamos llenar nuestras cantimploras, él nos diría donde había un nacimiento de agua más saludable que la de esta fuente que le dio diarrea a su perro.
Volviendo a donde estaba el róturo tardó muy poco mi primo en tachar lugar cultural y en gravar abajo lugar espiritual, achacando a la gente de la ciudad su profundo desconocimiento del alma del pueblo. Que no de todo lo que se muere había que hacer un museo, que eso era como rematarlo, acabar con su alma después de haberle dejado exangüe. Qué ganas de buscar lo vivo en lo muerto y no lo muerto en lo vivo. Que no estaba en las viejas piedras sino en los ojos del anciano el alma del lugar, y quien sabe si no de Dios, que al correr de los siglos había visto pasar a milliones de peregrinos. Que en sus ojos nos reflejábamos todos y en su leve sonrisa se notaba cómo aguardaba con toda la paciencia del mundo y su eterna sabiduría nuestra tan sabida pregunta:
- ¿A dónde lleva el camino?
Le preguntábamos. A mí me parece - dijo sonriendo - que a Santiago de Compostela o es que estáis perdidos. Y nos puso en el camino con un gesto seguro de la mano, el mismo gesto seguro con que sin duda encaminaba a su rebaño. Dios nos había contestado.
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