mardi 14 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo catorce: una noche en Palas de Rei)

Todo cuesta abajo torcimos a la izquierda. En una esplanada que dominaba el valle, con el río Miño y su embalse abajo, delante de un bar restaurante, había montado un tinglado. Se espachurraba el Octopus vulgaris sobre viscosas tablas de madera. 

No era nada apetitoso, pero veníamos con mucha hambre y ganas de probar el pulpo a feira. Era como ver sus tripas al aire libre, ensangrentadas y polvorientas, con tonos rosados y ocres, y todas aquellas babosas ventosas, abiertas como bocas hambrientas. O bien, imagínese una fe tan arraigada y pegada a nosotros: con ocho tentáculos provistos de dos filas de ventosas; y tan sabrosa y exquisita a la hora de probársela.

En el comedor repleto de gente había que armarse de paciencia para que le colocase a uno el camarero y luego le llevase la cesta de pan con la botella de vino tinto. Estábamos a lo que comíamos pero de un cierto modo comulgábamos con todos los demás que con nosotros comían. Nos movía la misma necesidad, compartíamos las mismas condiciones: las promiscuas mesas y sus indiferentes sillas. Las cuales como empedernidas solteronas intentaban ligar aproximándonos los unos con los otros en aquel reducido recinto donde coincidíamos por milagro o por una voluntad ajena a nosotros que unos llaman Dios, y otros el azar, y yo las sillas. Nos costó mucho trabajo despegarnos de ellas, levantarnos, marcharnos. Lo achacábamos a los pulpos y sus ventosas pero bien pudiera ser culpa del vino, que con él nos entró mucha pereza.

Poco a poco el paisaje retomó posesión de nosotros. Se adueñó de nosotros como la amada del amado. La gozamos a ella o ella a nosotros. Y eso hasta la puesta del sol. Nos dejó exaustos en el umbral de un albergue. Por desgracia, estaba completo. Algún hueco había en el mismísimo suelo para colocar un saco de dormir si queríamos. No, no queríamos. Mejor íbamos a repetir la experiencia del taxi como quien ha probado la manzana del pecado original y ya no puede evitar de darle otro bocado.

Nos llevó a Palas de Rei donde por poco nos durmiéramos al sereno. Primero fuimos al albergue y fue nuestra primera desilusión: nos sentimos como rechazados del "paraíso peregrinal". Recordamos entonces lo que nos dijo Alvaro: que conforme nos íbamos acercando a Santiago de Compostela resultara más difícil encontrar plazas libres en los albergues, había que llegar cuanto antes. No estábamos solos en el Camino, sobre todo desde Astorga donde confluyen dos calzadas: el Camino Francés y la Vía de Plata.
De toda manera - comentó Marc-André por despecho - con albergarnos no más de una noche nos tratan como a vagabundos. Precisó Marc-André que a los vagabundos en la Edad-Media les estaba prohibido quedarse más de un día en poblado. 

Segundo fuimos a visitar hoteles cuyos dueños lo sentían mucho pero no tenían nada para nosotros. Era noche cerrada. 

Lo tercero fue vagar por la noche como almas en penas, para no decir como vagabundos. Y eso hasta que un señor de muy respetable edad se apiadara de nosotros. Por lo menos esto pensábamos en un principio. Pero, ni el ojeador avezado que era a fin de cuentas, ni a la anciana con cara de bruja a quien nos dirigió y aquella noche nos dio un techo, les hiciera yo entrar en el cuadro de Donenico Ghirlandaio como personajes ejercitando una obra de caridad: alojar a los peregrinos.

En una animada calle céntrica - que allí nos llevó el viejo, que allí nos esperaba la vieja - al alcance de atribulados y cansados peregrinos, entre pitos y flautas, mirando la pared desnuda donde colgaba el crucifijo, se nos fue la noche.

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