jeudi 9 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo diez: ¿Quién es Santiago de Compostela?)

Pasó como una flecha un peregrino joven y flaco, seco y leñoso, sarmiento de la viña del señor. Se lo llevaba el viento, a no ser que fuera de tanta prisa que tenía de llegar a Santiago de Compostela.

Mientras tanto el Camino desgranaba lentamente sus pueblos amenos, sus gratas aldeas; siempre tenían una fuente, un abrevadero, un cobertizo acogedor, una pérgola con su parra trepadora, una plazoleta empedrada, el atrio de la iglesia parroquial, las ruinas de una antigua finca; siempre un perro aullador prevenía nuestra llegada. 

Nos salía al paso quien quería saber de nosotros: el heraldo o la comadre, cuando no nos aparecía algún lugareño como un animal tímido y escurridizo, ahuyentado por el ruido de nuestras botas o el aspecto lamentable de nuestra persona. Se acercara algún viejecito que ya no temía por su vida o un inocente. Que Dios me perdone porque era buena gente. Pasaran ante sus ojos como en una pantalla el desfile de los peregrinos y cuando los cierre desaparecerán cuantos de nosotros a quienes saludaron y dieron muestras de compasión y a veces incluso de cariño; cuantos de nosotros que vivíamos de la vida que nos prestaban y era seguramente mejor que la nuestra.

Menudearon los descansos a medida que subía el sol como si la graciosa curba que trazaba en el cielo correspondiese al trazado del Camino y cuando llegó al cenit nos detuvimos a la sombra de noble y copetudo roble. Disimulaba discretamente su edad bajo rústica corteza mientras enseñaba hojas primaverales y echaba brotes. No pude evitar de pensar en los cuatros pelos negros que brotaban en la calvicie avanzada de Marc-André que usaba champú para pelo teñido.

Habíamos aminorado mucho la marcha desde que éramos tres, tanto que no era exagerado compararnos con nuestras mochilas a cuestas a tres tortugas sin prisa de llegar ya que llevan su casa encima. Así que pasaron otras flechas certeras que eran otros tantos peregrinos que iban como a su casa a la casa de Santiago, a menos que fuera para llegar antes que nosotros al albergue. 

Poco después de haber visto pasar uno, Marc-André empezó diciendo que hacía mucho tiempo pasó por aquí un peregrino y luego otro y otro y otro y que entre todos hicieron el Camino; ahora - prosiguió - hay quien dice que el primero se llamaba Santiago o Jacobo, el Apóstol, cuyo cuerpo se trasladaron desde la Tierra Santa a Santiago de Compostela. Le encontraron a Santiago muchos motivos para hacer el recorrido, a pie o a caballo; tantos motivos que me parece que abarcan con ellos los de todos los peregrinos del medioevo: van los motivos de matar moros a vivir su fe, pasando por el legítimo de granjearse algún dinero o el favor de Dios cuando no de los que lo representan. Sí - puntualizó Marc-André - Santiago es uno de nosotros, un compañero de viaje, aunque un poco pasado de moda con su larga capucha, su sombrero de alas anchas, su bolsita o escarcela de piel, su hábito corto, su bórdon con la punta de hierro, su concha, su calabaza, su ...

De repente se levantó mi primo que me pareció más grande que nunca, era como la llama de un fuego porque me parecía que a mi primo le abrasaba la fe. Y se dirigió a Marc-André en estos términos: serás, amigo mío, de los que quieren instaurar la historia de la religión al colegio cuando al mismo tiempo se yerguen en contra de las escuelas confesionales; serás de los profes de la República con sus virtudes que por ser igualitarias lo aplastan todo, lo vuelven todo llano, sin relieve, nos rompen los huevos para hacer con ellos una tortilla insípida; serás de los profes anticlericales que se encarnecen igual que los rapaces sobre el frío cadáver de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Mal que le pese - replicó Marc-André - el apóstol Santiago no fue caballero de ningún ejército ni patrono de nación alguna, sino escueto peregrino de talante celta. Se explayó luego hablando de los celtas, de este pueblo de la antigua Galia que - decía - dejó sobre la faz de la tierra más huellas que los veraneantes en la playa, sin que las repetidas olas del tiempo consiguieran siglo tras siglo borrarlas del todo. También precisó que el bordón no era más que un palo que usaban para su arrimo y defensa unos vagabundos y pícaros.

Miré al Camino donde de un momento a otro esperaba ver pasar a Santiago, pero ya no pasaban más peregrinos, con o sin bordón. Reemprendimos la marcha en silencio. No quiero suplir a la Guía del Peregrino de la Junta de Castilla y León. Ella sabe por donde hemos pasado, que ni siquiera lo recuerdo. ¡Sí, claro! me suena Pereje, Trobadelo, la Portela de Valcarce, Ambamesta, de nuevo Valcarce (Vega de Valcarce), Ruitelán, Las Herrerías, sí, Hospital, sí, claro, La Faba, y no cabe duda La Laguna en cuya fuente bebimos antes de llegar al Cebreiro. Sí, me suenan, como si los hubiesen soñado o leído. Pero allí, en los montes, en los bosques, en sus caminos perdidos, huidizos, infinitos, numerosos; pero allí, en los campos húmedos, en sus largas rectas y anchas curbas; a veces aparecía una casa o dos, no mucho más, y eso se llamaba Pereje o Trobadelo o qué sé yo si no qué el más del tiempo estábamos en descampado y que no llegaban uno tras de otro los pueblos, las aldeas; no, no tan pronto ni a tan pocas líneas de distancia como en la Guía del Peregrino; ni con su histórico; tampoco con su casa mansión, su carbonera, su fragua, sus caballerizas, su balzadillo, su dónde alojarse, su dónde comer; había que buscarlo todo (éramos unos buscavidas): a veces no se buscaba nada se encontraba, otras veces no se encontraba nada y no era por no buscar.

Pero en cuanto vimos la palloza típica que figura en la Guía supimos que estábamos en el Cebreiro. Un viento helado fue su mensajero alado. Llegábamos a alturas susceptibles de recibir nevadas. Cuesta arriba, tras pasar unas casas de piedras y pizarras, grises cenicientas, que eran tiendas y tabernas, se entraba en una zona de sombras tenebrosas en la que el viento se oponía a nuestra llegada. Nada acogedor el albergue imponía de noche su impresionante mole sobre todo el valle. Tuvimos que atravesar una tupida cortina de lluvia que no se dejaba correr. El viento nos envolvía en sus alas mojadas, sentimos en todo el cuerpo como la suave caricia de una muerta, la fría humedad de sus manos nos caló hasta los tuétanos. Aquella noche Marc-André y  yo pillaríamos un catarro de muerte. ¿Sería de haber hablado tan mal de Santiago de Compostela?

¿Qué se encuentra en Compostela cuando se llega allí? Había preguntado Marc-André. El cuerpo de Santiago - dijo - un cuerpo muerto y un cráneo cuando lo mejor de Santiago está en el cielo.

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