Había helicópteros en el cielo. Era azul con su disco de oro. Parecía pintado por un niño: claro, luminoso, sencillo, sin nubes de adorno, pero sí con raudas moscas cruzándole de par en par. Causaba asombro verlas en medio de tanta pureza. No se explicaba su presencia insólita, tal vez maligna. Sonaban no sé qué alarma. El crecido zumbido de su revoloteo le ponía a uno los nervios de punta. Nos encaminábamos hacia la Catedral de Santiago de Compostela.
Un trozo de la acera estaba en obras con el pavimento levantado. Cayó un peregrino. Dejó en tierra santa la huella indeleble de su traspié. Las inmediaciones de las grandes ciudades no son muy seguras. Ya se derribó la muralla que cercaba la ciudad. En cambio hay carreteras de circunvalación difíciles de franquear. Se cruzan puentes debajo de los cuales pasan trenes o ríos de coches. En la superficie asfaltada de la ancha y llana y larga y monótona carretera se comprueba la dilatada extensión de una población moderna.
Es que entre cada agrupación de viviendas baratas, de locales comerciales, de sedes sociales o sucursales, de oficinas, de administraciones, de ..., hay un espacio incompresible que casi no se nota en coche pero donde parece hundirse el mundo de tan despersonalizado como es: este no man's land, esta nada, o como quiera llamarse es donde el ciudadano de a pie siente angustia vital, y el peregrino, a dos pasos de conseguir lo que se propusó, siente desfallecer su fe.
A Marc-André le exaltaba demasiado la inminencia del peligro o encontronazo con la Historia para sentir cualquier otro movimiento del alma. En cuanto a mí me sentía un poco atontado como este peregrino que dió un traspié en el Camino y sera por los muchos que yo dí aunque no dejaran huellas. A mi primo le pasaba algo raro. Estaba más ensimismado que nunca, con las facciones del rostro fijas e inexpresivas, con el cuerpo tenso y estirado, parecía una talla del Apóstol: ¿habrá caído en ese estado de ánimo, más propio de los santos o de los que están en vías de beatificación, que se llama ataraxia?
Llegábamos adonde el día anterior comimos y bebimos sin remilgos sobre mesas de madera que de por vida no habrán conocido mantel. Desde fuera, se presentaba como un almacén con la grisalla de sus paredes desconchadas y la chapa ondulada de su techo, pero en un rótulo venía escrito Pulpería. Desde dentro, era una bodega si se consideraban los toneles que se extendían a lo largo de una inmensa sala hasta un mostrador donde chorreaba vino, sidra, cerveza, pero como pudimos averiguarlo anoche también se servía pulpo y de lo mejor aliñado que haya. Aquel, digamos cobertizo, encontrándose todo cuesta abajo, hacía, nos parecía, papel de línea de demarcación entre lo añadido que toda ciudad moderna no puede salvar aunque la desfigure un tanto y la ciudad propiamente dicha.
Dejando atrás la pulpería entrábamos de lleno y por primera vez en Santiago de Compostela. Santiago de Compostela, por su gesto adusto, por su mineral indumentaria, nos recordaba a Villafranca del Bierzo aunque la ciudad de maestre Pereira, pura y castiza, no pecaba de modernidad, no daba en la contrucción a ultranza, no mezclaba los géneros ... Por lo tanto, tampoco resultaría siempre fácil distinguir un peregrino de un turista entre los que visitaban Santiago si no fuera por el suplemento de equipaje que pasaba menos desapercebido que el suplemento de alma. Habíamos dejado las mochilas en el albergue. Sin mochilas éramos como peregrinos vestidos de paisano y bien podíamos pasar por turistas: ¿no habíamos tomado el taxi, el autobús? Además, no se refería El Correo Gallego a nosotros todos de forma indiferenciada hablando: de la llegada de miles de turistas y peregrinos.
En la Praza de Obradoiro donde acabábamos de llegar creí reconocer en medio de la multitud a Santiago de peregrino. El mismo que tenía visto en el monasterio de Samos con el sombrero de alas anchurosas y reviradas, con el bordón y la consabida concha ... en fin, tal y como se lo representaba. Se lo dije a Marc-André. Es lógico que en Santiago haya muchos Santiagos, ¿son naturales de aquí o no? me contestó enseñándome a otros que pasaban por allí y riéndose para sus adentros, el muy bribón, de mi ingenuidad.
Mientras tanto los helicópteros seguían trazando en el cielo y en torno a la Catedral de Santiago sus círculos concéntricos. Cuando el sol daba en el tabique metálico de la carlinga, del fuselaje, y en las palas de la hélice, cuando el sol en los helicópteros refulgía, aquellos casi coronaban la enorme testa de la Catedral con la aureola dorada del santo. Pero, a contraluz, se cambiaban en negras moscas, en aves de mal aguero, e intentaban rodear la mole de la Catedral como si se cerniera sobre ella la amenaza del atentado. La policía, con gorras y gafas de sol, algunos con brazalete, salía a todas luces de una película americana donde siempre hay tiroteos o bombas de efecto retardado. Parecía que se lo han tomado en serio lo de los periodistas.
Advertí, entre la gente sentada en el umbral de la Catedral, la disimulada presencia de un ciego mendicante, fui buscando con la mirada a su Lazarillo. Lo había perdido en el correr de los siglos hallándose siempre más sólo y más extremada su pobreza. Levanté los ojos y volví a ver las negras moscas. Se oía su zumbido entre oleadas de voces humanas, pero no hubo explosión. El manso rebaño de Dios, cuya fila vista desde el cielo paradójicamente representara una serpiente casi dormida al decaído sol del atardecer, se movía tan lentamente, con un estremecimiento de todo el cuerpo, que no parecía avanzar sino sobrecogerse de fervor religioso o de frío.
En la Oficina del Peregrino una escalera de caracol le permitió conservar sus curvas, su retorcida línea, hasta el breve rellano del primer piso donde pasaba su cabeza de reptil por una puerta entreabierta. De allí salían enajenados o exorcizados, los peregrinos que luego, uno por uno, iban rodando escaleras abajo, como anillos rotos que se desolidarizaran de repente de su cuerpo, metiendo así fin a su vida de peregrino. Allí estaban, detrás de un mostrador, con la cabeza agachada, rellenando papeles, los elegidos al servicio de la Compostela. Sólo pedían la Credencial. Y nosotros que temíamos que nos preguntaran: ¿Que por qué habíamos hecho el Camino de Santiago? ¿Qué si teníamos fe? Cuando permanecieron cabizbajos o bien fuéramos nosotros quienes no nos atreviéramos a mirarlos en los ojos para no encontrar la mirada de Dios en la de sus siervos.
Un trozo de la acera estaba en obras con el pavimento levantado. Cayó un peregrino. Dejó en tierra santa la huella indeleble de su traspié. Las inmediaciones de las grandes ciudades no son muy seguras. Ya se derribó la muralla que cercaba la ciudad. En cambio hay carreteras de circunvalación difíciles de franquear. Se cruzan puentes debajo de los cuales pasan trenes o ríos de coches. En la superficie asfaltada de la ancha y llana y larga y monótona carretera se comprueba la dilatada extensión de una población moderna.
Es que entre cada agrupación de viviendas baratas, de locales comerciales, de sedes sociales o sucursales, de oficinas, de administraciones, de ..., hay un espacio incompresible que casi no se nota en coche pero donde parece hundirse el mundo de tan despersonalizado como es: este no man's land, esta nada, o como quiera llamarse es donde el ciudadano de a pie siente angustia vital, y el peregrino, a dos pasos de conseguir lo que se propusó, siente desfallecer su fe.
A Marc-André le exaltaba demasiado la inminencia del peligro o encontronazo con la Historia para sentir cualquier otro movimiento del alma. En cuanto a mí me sentía un poco atontado como este peregrino que dió un traspié en el Camino y sera por los muchos que yo dí aunque no dejaran huellas. A mi primo le pasaba algo raro. Estaba más ensimismado que nunca, con las facciones del rostro fijas e inexpresivas, con el cuerpo tenso y estirado, parecía una talla del Apóstol: ¿habrá caído en ese estado de ánimo, más propio de los santos o de los que están en vías de beatificación, que se llama ataraxia?
Llegábamos adonde el día anterior comimos y bebimos sin remilgos sobre mesas de madera que de por vida no habrán conocido mantel. Desde fuera, se presentaba como un almacén con la grisalla de sus paredes desconchadas y la chapa ondulada de su techo, pero en un rótulo venía escrito Pulpería. Desde dentro, era una bodega si se consideraban los toneles que se extendían a lo largo de una inmensa sala hasta un mostrador donde chorreaba vino, sidra, cerveza, pero como pudimos averiguarlo anoche también se servía pulpo y de lo mejor aliñado que haya. Aquel, digamos cobertizo, encontrándose todo cuesta abajo, hacía, nos parecía, papel de línea de demarcación entre lo añadido que toda ciudad moderna no puede salvar aunque la desfigure un tanto y la ciudad propiamente dicha.
Dejando atrás la pulpería entrábamos de lleno y por primera vez en Santiago de Compostela. Santiago de Compostela, por su gesto adusto, por su mineral indumentaria, nos recordaba a Villafranca del Bierzo aunque la ciudad de maestre Pereira, pura y castiza, no pecaba de modernidad, no daba en la contrucción a ultranza, no mezclaba los géneros ... Por lo tanto, tampoco resultaría siempre fácil distinguir un peregrino de un turista entre los que visitaban Santiago si no fuera por el suplemento de equipaje que pasaba menos desapercebido que el suplemento de alma. Habíamos dejado las mochilas en el albergue. Sin mochilas éramos como peregrinos vestidos de paisano y bien podíamos pasar por turistas: ¿no habíamos tomado el taxi, el autobús? Además, no se refería El Correo Gallego a nosotros todos de forma indiferenciada hablando: de la llegada de miles de turistas y peregrinos.
En la Praza de Obradoiro donde acabábamos de llegar creí reconocer en medio de la multitud a Santiago de peregrino. El mismo que tenía visto en el monasterio de Samos con el sombrero de alas anchurosas y reviradas, con el bordón y la consabida concha ... en fin, tal y como se lo representaba. Se lo dije a Marc-André. Es lógico que en Santiago haya muchos Santiagos, ¿son naturales de aquí o no? me contestó enseñándome a otros que pasaban por allí y riéndose para sus adentros, el muy bribón, de mi ingenuidad.
Mientras tanto los helicópteros seguían trazando en el cielo y en torno a la Catedral de Santiago sus círculos concéntricos. Cuando el sol daba en el tabique metálico de la carlinga, del fuselaje, y en las palas de la hélice, cuando el sol en los helicópteros refulgía, aquellos casi coronaban la enorme testa de la Catedral con la aureola dorada del santo. Pero, a contraluz, se cambiaban en negras moscas, en aves de mal aguero, e intentaban rodear la mole de la Catedral como si se cerniera sobre ella la amenaza del atentado. La policía, con gorras y gafas de sol, algunos con brazalete, salía a todas luces de una película americana donde siempre hay tiroteos o bombas de efecto retardado. Parecía que se lo han tomado en serio lo de los periodistas.
Advertí, entre la gente sentada en el umbral de la Catedral, la disimulada presencia de un ciego mendicante, fui buscando con la mirada a su Lazarillo. Lo había perdido en el correr de los siglos hallándose siempre más sólo y más extremada su pobreza. Levanté los ojos y volví a ver las negras moscas. Se oía su zumbido entre oleadas de voces humanas, pero no hubo explosión. El manso rebaño de Dios, cuya fila vista desde el cielo paradójicamente representara una serpiente casi dormida al decaído sol del atardecer, se movía tan lentamente, con un estremecimiento de todo el cuerpo, que no parecía avanzar sino sobrecogerse de fervor religioso o de frío.
En la Oficina del Peregrino una escalera de caracol le permitió conservar sus curvas, su retorcida línea, hasta el breve rellano del primer piso donde pasaba su cabeza de reptil por una puerta entreabierta. De allí salían enajenados o exorcizados, los peregrinos que luego, uno por uno, iban rodando escaleras abajo, como anillos rotos que se desolidarizaran de repente de su cuerpo, metiendo así fin a su vida de peregrino. Allí estaban, detrás de un mostrador, con la cabeza agachada, rellenando papeles, los elegidos al servicio de la Compostela. Sólo pedían la Credencial. Y nosotros que temíamos que nos preguntaran: ¿Que por qué habíamos hecho el Camino de Santiago? ¿Qué si teníamos fe? Cuando permanecieron cabizbajos o bien fuéramos nosotros quienes no nos atreviéramos a mirarlos en los ojos para no encontrar la mirada de Dios en la de sus siervos.
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