samedi 11 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo doce: la casa rural)

Tampoco podíamos atrasarnos mucho: era perder el beneficio del viaje en coche. Queríamos quemar etapas porque íbamos cortos de tiempo. Aquel día debimos pasar de largo Sarria porque no lo recuerdo. Consultó mi memoria como otros consultan un álbum de fotografías y no me salé ninguna foto sobre Sarria. 

En cambio, sí, veo el cuerpo encorvado de Marc-André apoyado en su bordón. Si queríamos seguir adelante ¡allá vosotros! yo de aquí no me muevo - fue más o menos lo que nos dijo. El pobre hombre estaba a punto de reventar. No podía más. Había aguantado todo lo que podía aguantar. Además, no nos habíamos recuperado todavía del resfriado que cogimos en el Cebreiro.

Nos hallábamos delante de una casa de turismo rural. Se ponía el sol. Pero mi primo quería seguir adelante y nos pedía un supplemento de alma. Quien - prosiguió - recorre el Camino con fe dejara de pensar en llegar cuanto antes al albergue para encontrar libre una litera, en dónde parar a la hora de la comida, porque no ha venido para dormir o para comer, como tampoco ha venido a hacer turismo y acomodarse en una casa rural. Por ello es preciso tener un suplemento de alma, para elevarse por encima de su condición y sólo el alma puede elevarnos si está animada por la fe.

Me recordaba las preguntas de maestre Pereira: ¿Que por qué lo hacíamos? ¿Qué si teníamos fe? Muy bien me sabía que si Marc-André vino a estas tierras era en busca de sus antepasados y, a loas de Parsifal o Arturo, de la inmortalidad: recibió un aviso que por no ser de Dios sino de su médico tomaba muy en serio. No miraba al cielo (o si lo miraba lo miraba sin miramientos) ni iba en pos de una reliquia. Iba a Thule, en los confines del mundo. Así se llamaba en tiempo de los druidas, de los celtas, el ahora bien conocido Finisterre. En cuanto a mí, me parece que vine porque venía mi primo.

Habíamos llegado por sendas de bosque atravesando carballeiras (robledal) y caminos de tierra a campo traviesa, dejando Sarria atrás. Estábamos entre Barbadelo y Rente. No se podía ganar mucho sobre la etapa de mañana y se nos haría de noche antes de que alcanzamos el próximo albergue. Y él que haya recorrido más camino no tendrá nada de más, y él que haya recorrido menos camino no tendrá nada de menos. Todo eso le dije a mi primo, como que a mí me sonaba bien los consonantes: lo turístico con lo místico.

Sin embargo, no nos atrevíamos a dar un paso más hacia la casa rural. Aparentaba ser de mucha categoría. Se notaba que era una antigua finca rústica reformada. Tenía mucho cachet. Nos quedamos algún rato contemplativo e indecisos. Al fin y al cabo, entramos por el corral. A mano izquierda, divisamos una granja donde estaba aparcado un coche potente de color negro. Buscábamos con ansias el tractor o algunas gallinas picoteando que nos puedan garantizar que no nos iban a clavar, que tenían otros ingresos que los que les proporcionaba el turismo rural. A mano derecha, descansaba sobre el cesped un colompio que mecía el viento, al lado, una mesa flanqueada de dos bancos de piedra. Todo nos hablaba de comida campestre, de familia tradicional con padres y niños, como para sentirse miserables sin casa propia, sin mujer y sin hijos que nos acompañasen y respondiesen de nosotros, porque a ver si nos confundan con vagabundos.

Salieron a nuestro encuentro dos pastores alemanes. Les llamó al orden una muchacha que nos invitó cordialmente a pisar los umbrales de la casa. En el vestíbulo nos pidió la credencial. Sabía de antemano quienes éramos. Confiábamos en que lo tendría en cuenta a la hora de pagar. Pero tuvo ella por más seguro avisarnos del precio. Estábamos de acuerdo. A los tres nos salía baratísimo. Además, nos tocó camas de matrimonio. Nos benefició el desistimiento de unas parejas como nos lo explicó mientras subíamos en pos de ella los peldaños de las escaleras de madera.

La casa constaba de un solo piso. Nos impresionó las vigas sobresalientes del techo, las paredes entabladas donde colgaban unos cuadros y fotografías bucólicas, el parque encerado. El parque encerado con su color sangre de buey como si ahí se anegase en sangre el ganado vacuno sacrificado en aras de los negocios. Nos enseñó los servicios y cuartos de baño que era como una invitación a ducharse. ¿Sabía ella qué placer se experimenta al lavarse y cambiarse de ropa después de tanto camino? Vimos las habitaciones. Todo nos sabía a lujo: la mesilla  de noche, la lámpara de cabecera, las alfombras que cubrían el "ensangrentado entarimado", la colcha y las sábanas blancas; lo cual contrastaba claramente con los dormitorios de albergues, era un cambio tremendo para nosotros: se nos estaba olvidando lo que era dormir entre sábanas frescas.

Convenientemente aderezados nos presentábamos en el comedor de la casa. Saludábamos a unos pocos clientes. ¿Quién sabe si discretos peregrinos que disimulaban su humilde condición comportándose como gente avezada al trato de la gran hostelería? Eran muy formales y bien educados pero ¿dónde estaban la mujer y los niños? Apenas estuvimos sentados vino hacia nosotros quien nos pareció ser la ama de casa. Comida casera - dijo - y un vino de mesa. No estábamos para hacer remilgos. Volvió enseguida con la sopera. De postre frutas. Pero de postre vino la hija. Así íbamos conociendo a la familia. Todo fue servido con presteza y sin cumplidos, nada de domesticidad servil y amanerada. Tenía temperamento la hija cuyos modales y gestos denotaban un vigor que reclamaba más los labores del campo que el servicio de mesa. Recorría a paso largo el comedor. Iba y venía entre las filas de mesas como si fueran surcos de tierras de labrantío. Tampoco sonreía. Nada de sonrisa vil y mercantil.

Luego, subiendo a nuestras habitaciones, pasábamos por delante de las cocinas. Estaba la puerta entornada. Aunque no es lo mío curiosear en la vida de los demás eché un vistazo. Las muchachas estaban recogiendo los platos de la mesa en la que un hombre y una mujer tomaban café. Se oían ruidos domésticos y murmullos de voces olvidadas. Me alcanzó una tufarada de calor: allí se había retirado el hogar familiar, allí creí verla sonreír y con esta sonrisa me fui a dormir. Marc-André no pudo declinar la invitación de mi primo a ver en el cielo, a la fría luz de las estrellas, el Camino de Santiago.

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