Reemprendimos la marcha con ánimo y varonil desenfado. El calor ya no apretaba tanto y muy desahogadamente llegábamos donde la nómada caravana se rehacía: era señal de que íbamos a entrar en poblado como rezan los versos del poeta:
Cogidos de la mano estirarían aún la carretera/ de peregrinos limpios y gloriosos/ cosidos, solidarios...
No tardó en aparecer en la hondonada Villafranca del Bierzo. Se hacía de noche y se iluminaba el valle por cada una de sus casas. Ya algunas estrellas titileaban como si estuviera comunicando en morse el cielo con la tierra. Se oía el rumor del viento y el murmullo del río. En lontananza un resplandor rojo cernía las montañas y sus testas coronadas de fuego recordaban la ensangrentada corona de espinas de Cristo. A sus pies, de niebla se amortajaba Villafranca del Bierzo después de un día de calor.
En el cruce de los caminos un letrero indicaba la dirección de un albergue. Estaba colocado a la entrada de la Villa jacobea. La dominaba ofreciendo una visión de conjunto. Con sus balcones y entarimado de madera crujiendo bajo los zapatos se humanizaba pero, como bien lo notábamos, era altivo y divino, austero y humilde, y con creces se mereciera el nombre de Parador para peregrinos. Que así lo llamó Marc-André que, divisando a lo lejos la graciosa figura de Sonia en la terraza de la planta baja del edificio colgando su ropa interior, conmovido, concluyó diciendo que ahí estaba la nota femenina que le faltaba.
Pero no acudimos al reclamo. Preferimos dejarnos llevar pendiente abajo hacia un mundo mineral de calles empedradas, de iglesias, de casas señorales, de conventos, de monasterios, que se abrían ante nosotros en la silenciosa penumbra como sepulcral morada de los que habían merecido vida eterna. No había alma viviente pero sentíamos la presencia leve, recoleta e ilusoria de las nevadas de hermanos y hermanas caídos y endurecidos para luego fundirse en el pavimento o dejando gravado su nombre en el escudo, en la lápida o en la memoria de los hombres. Con su visita - no sé si en nuestro caso pudiera hablarse de la visitación de las almas de los bienaventurados - gozábamos de un extraño sentimiento de exaltación como no de fervor religiosa. Eramos como sombras fantasmagóricas en un decorado anticuado y anacrónico.
Aminorábamos la bajada, deteniéndonos acaso en un callejón muy pintoresco, con peldaños de cantos rodados. ¡Cuánta emoción!¡Cuánta poesía! ¡Cuánto misterio! impregnaba la villa jacobina. Marc-André empezó diciendo que sin misterio no habría religión ni poesía, en cambio sí historia y política. Estaba de acuerdo con Marc-André y añadí que si se le quitase su contenido dogmático resultaría muy poética la religión. Ahí intervino mi primo diciendo que en la religión cristiana se llama justamente misterio el dogma inasequible a la razón y que hay que creer por fe. En su definición del misterio difería mucho Marc-André como pronto nos lo hizo saber.
Llegábamos en una plaza donde había una iglesia cuya puerta estaba entreabierta. Se veía un rayo de luz. Se oía cantar. De lo poco y de lo mal que se ve, de lo poco y de lo mal que se oye y peor se entiende se entraña misterio - observó Marc-André. Entramos en la iglesia. Nos santiguamos. Mi primo se fue compungido directo al altar mayor donde se humilló, se arrodilló, agachó la cabeza, juntó las manos y se puso a murmurar (que así es como todo acaba: en murmuraciones). Marc-André encontró unos folletos que con la poca luz que había ahí dentro se puso a descifrar, buscando explicaciones donde no las hay. Era un descreído y para los descreídos estaba escrito lo que estaba leyendo. Cada uno iba a lo suyo. Me fue hacia el coro que en una capilla lateral cantaban versos profanos. Eran obreros. Daban el último retoque a un trono que allí había para la procesión de mañana.
- ¿Conoceís a Antonio Pereira? les pregunté
Sangre de Dios habrá cuando se alce/Después de las palabras del misterio
Se puso uno a cantar. Eran versos divinos. Los reconocí enseguida como siendo de Antonio Pereira. Pregunté por él. Sólo vivía todavía su hermana en la casa de familia a la salida de Villafranca del Bierzo, tras el puente. Me prometí hacerle una visita mañana cuando nos fuéramos. Volvímos al albergue. Hartos como estábamos de tantas piedras que fueran estatuas, casas antiguas, monumentos, monasterios, iglesias o calles empedradas. Aquella noche de Semana Santa comimos muy poco y sólo bebimos manzanilla con Puci y Sonia. Fuimos muy parcos en palabras y pronto nos fuimos a acostar, dándonos respetuosamente, cristianamente, las buenas noches, que esto también queda para mí un misterio.
Como cruzábamos el puente, dejando definitivamente atrás Villafranca del Bierzo, no pudé menos que pensar en maestre Pereira y a sus inolvidables versos:
Emerge la ciudad/Amanece Dios
Correspondían a la hora del día como a mi estado de ánimo. Pero no me correspondía ir a despertar a la hermana. Así que dejé, que dejamos, porque ya éramos tres, Villafranca del Bierzo en su nido de roca, en su pila de agua bendita, recoleta, parpadeando, ojos de gato tan misteriosos o brillantes en su forro de terciopelo negro. Se oía el susurro del río como quien murmura al oído de otro un secreto.
Aminorábamos la bajada, deteniéndonos acaso en un callejón muy pintoresco, con peldaños de cantos rodados. ¡Cuánta emoción!¡Cuánta poesía! ¡Cuánto misterio! impregnaba la villa jacobina. Marc-André empezó diciendo que sin misterio no habría religión ni poesía, en cambio sí historia y política. Estaba de acuerdo con Marc-André y añadí que si se le quitase su contenido dogmático resultaría muy poética la religión. Ahí intervino mi primo diciendo que en la religión cristiana se llama justamente misterio el dogma inasequible a la razón y que hay que creer por fe. En su definición del misterio difería mucho Marc-André como pronto nos lo hizo saber.
Llegábamos en una plaza donde había una iglesia cuya puerta estaba entreabierta. Se veía un rayo de luz. Se oía cantar. De lo poco y de lo mal que se ve, de lo poco y de lo mal que se oye y peor se entiende se entraña misterio - observó Marc-André. Entramos en la iglesia. Nos santiguamos. Mi primo se fue compungido directo al altar mayor donde se humilló, se arrodilló, agachó la cabeza, juntó las manos y se puso a murmurar (que así es como todo acaba: en murmuraciones). Marc-André encontró unos folletos que con la poca luz que había ahí dentro se puso a descifrar, buscando explicaciones donde no las hay. Era un descreído y para los descreídos estaba escrito lo que estaba leyendo. Cada uno iba a lo suyo. Me fue hacia el coro que en una capilla lateral cantaban versos profanos. Eran obreros. Daban el último retoque a un trono que allí había para la procesión de mañana.
- ¿Conoceís a Antonio Pereira? les pregunté
Sangre de Dios habrá cuando se alce/Después de las palabras del misterio
Se puso uno a cantar. Eran versos divinos. Los reconocí enseguida como siendo de Antonio Pereira. Pregunté por él. Sólo vivía todavía su hermana en la casa de familia a la salida de Villafranca del Bierzo, tras el puente. Me prometí hacerle una visita mañana cuando nos fuéramos. Volvímos al albergue. Hartos como estábamos de tantas piedras que fueran estatuas, casas antiguas, monumentos, monasterios, iglesias o calles empedradas. Aquella noche de Semana Santa comimos muy poco y sólo bebimos manzanilla con Puci y Sonia. Fuimos muy parcos en palabras y pronto nos fuimos a acostar, dándonos respetuosamente, cristianamente, las buenas noches, que esto también queda para mí un misterio.
Como cruzábamos el puente, dejando definitivamente atrás Villafranca del Bierzo, no pudé menos que pensar en maestre Pereira y a sus inolvidables versos:
Emerge la ciudad/Amanece Dios
Correspondían a la hora del día como a mi estado de ánimo. Pero no me correspondía ir a despertar a la hermana. Así que dejé, que dejamos, porque ya éramos tres, Villafranca del Bierzo en su nido de roca, en su pila de agua bendita, recoleta, parpadeando, ojos de gato tan misteriosos o brillantes en su forro de terciopelo negro. Se oía el susurro del río como quien murmura al oído de otro un secreto.
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