vendredi 10 février 2017

El peregrino de poca fe (capitulo once: el monasterio de Samos)

Como contábamos pasar por el monasterio de Samos y llegar a Sarria el mismo día había que avisar. Nuestros recursos físicos estaban muy mermados. Pero, entre los tres, podíamos contratar alguien que nos llevaría en coche a Samos. Nos ahorraríamos medio camino, además no era camino sino carretera. Fuera estaba un Land-Rover con el letrero Transporte Público. A un grupo de hombres sentados en taburetes frente a un mostrador preguntamos por su dueño.

- ¿A qué hora queríamos salir? nos preguntó uno de ellos

- ¡Cuanto antes mejor! le contesté

Esbozó una sonrisa, ¡sí! que me comprendía, que me tranquilicé, que por la mañana de madrugada siempre había mucha niebla. Una vez informados de la tarifa nos despedimos de nuestro taxista. Era bien entrado en edad y carne. No encajaba bien con la imagen que teníamos de un aventurero haciendo safari con su Land-Rover pero tampoco era mucho de fiar y nos fuimos al albergue no muy seguros de que al día siguiente no estuviera durmiendo la mona.

Contra toda expectativa estaba Pablo, nuestro taxista, esperándonos, incluso parecía haber dormido mejor que nosotros. Su cara mofletuda estaba recién afeitada, fresca y perfumada. Canturreaba. Le acompañaba el melancólico ronroneo del diesel. El Land-Rover tenía la luz de carretera encendida. Le funcionaba una de dos. Era como un faro en la niebla para peregrinos en vía de perdición. Nos ayudó a colocar las mochilas. Subí delante mientras Marc-André y mi primo se acomodaban en el asiento trasero donde se podían dormir, le sobraba sitio. Me acordé de Puci y Sonia a quienes anoche invité por última vez a una manzanilla que bebimos con ellas sin traicionarnos. Me consolaba saber que era año de Jubileo donde el peregrino que llega a Santiago de Compostela se gana indulgencia plenaria.

El Land-Rover no desperdició tiempo en hurgar en la neblina con ojo de cíclope. Pablo buscó la línea mediana y cuando la hubo encontrado era como si la carretera fuera suya, tragándola el cíclope. Estábamos nerviosos. No se durmieron mi primo y Marc-André. ¿Cómo se le ocurrió servir de taxi a unos pobres peregrinos que suelen gastar más la suela de sus zapatos que dinero en taxi? acabé preguntándole. Sin disminuir de velocidad - que nos parecía algo excesiva - ni quitarse de mitad de la carretera - que nos parecía peligroso, empezó Pablo a contar que durante el año escolar solía llevar niñas al Instituto. Un día, en la parada, se coló una desconocida. Tenía la pobre muy mala pinta. La dejó subir. Cuando bajaron todas, ella estaba durmiendo. La despertó. Le preguntó dónde quería que se la dejara. En Santiago, le contestó sonriendo la muchacha. No debía pasar de los dieciocho años. ¿Y donde la dejó? pregunté yo. En el Camino - declaró Pablo.

No supe más sino que desde aquel día decidió servir de taxi a los peregrinos mal andantes. Pudiera haber sido  - dije yo - La barbera alemana. Se quedó en suspenso. Tuve que aclararme. Sí, una alemana que se quedó rezagada de la legión andariega por culpa de unas vejigas plantares. La recogieron enferma en un pueblo de por allí. Una vez repuesta prestó pequeños servicios. Fue en la carnicería donde empezó lucirse. De allí pasó a la barbería. Se distinguía más en el afeitado que en el corte de pelo. Nadie sabía nada de ella ni se preocupaba por saber más que lo que venía en su credencial, que otros papeles no tenía. Nadie, digo, menos los que vinieron a buscarla. Le estaba haciendo la barba a un registrador. A los que habían venido por ella pidió que le esperaran un momento. Pero menos tardó el acero de la navaja en relampaguear en el aire. Acababa de rozar la nuez del registrador, limpiándola de toda pelusilla. Como el lector del cuento de maestre Pereira, el taxista se tocó compulsivamente la nuez de Adán. Menudo susto tuvo Pablo. Menudo susto nos dió Pablo conduciendo en mitad de la carretera.

Habíamos llegado. Fuera del coche nos esperaba un edificio de pétrea y aplastante hechura. Le dimos la vuelta. Le vimos los cuatro costados. Pero no pudimos entrar. Como aperturas había pequeñas y numerosas excavaciones en la muralla. Eran diminutas ventanas cuadradas. Arriba de una doble escalinata de granito una puerta de cuarterones con clavos parecía defendernos la entrada. Entraremos más tarde por otra puerta menos soberbia, más vulgar, menos excepcional, más consuetudinaria.

El antiguo monasterio cluniacence de Samos se ubicaba en un lugar ameno con apacible río y prados arbolados que contrarrestaban su imponente factura de fortaleza. Nos replegamos en la humilde capilla del Ciprès. Anduvimos a lo largo del río Sarria. Tomamos tiempo para familiarizarnos con su imagen monumental. Nos mantuvimos a respectable distancia un tiempo indeterminado. En sus propios muros había un albergue de peregrinos. Fuimos a visitarlo como para sentirnos en casa. Le faltaba a la casa un poco de calefacción. También unos cuadros, que fueran o no religiosos, colgados de la pared inmensa y sucia, para atraer las cansadas miradas de los peregrinos que vagaran ansiosos. Había una escoba, una fregona, y por todas partes el polvo del Camino. Y literas, nada más que literas.

Fuimos a la cafetería de enfrente. Recayó la conversación sobre La barbera alemana del maestre Pereira. Les hice notar que aquel pueblo actuó hacia la barbera alemana con cristiana bondad. Era según las propias palabras del autor: un pueblo ensimismado que no se anima más que por la Virgen de agosto y en los jubileos de cada siete años. ¿Quieres decir - preguntó mi primo - que el amor del pueblo por la alemana, cuya alma hubiera podido redimir con su sangre, es parecida a la de Cristo para con nosotros? Maestre Pereira - le contesté - no ha dicho semejante cosa, mas un autor es un creador: el dominio del verbo le da trascendencia, con él nos suggestiona. Por eso, cuando oí hablar de la legión andariega, pensé - dijo Marc-André - en la antigua calzada romana.

Bebimos sorbo a sorbo nuestro café con leche acompañado con tostadas. Era una sala espaciosa y limpia. Con sus sillas ligeras y metálicas, con sus mesas informales, con su enlosado inmaculado, con sus ventanales sin cortinas, por las que entraba la luz matutina, no tenía nada que envidiar a los cafés de las grandes ciudades. Era como si dos mundos se mirarían de cada lado de la acera, de día como de noche. Les separaba una carretera asfaltada donde transcurrían coches pero también gente de a pie, multiplicando a cual más esta dicotomía entre tradición y modernidad, el mundo de ahora y el que perdura sólo en sitios como el monasterio de Samos.

Salimos de la cafetería. Cruzamos la carretera. Hicimos entre una ribera y otra, aunque de forma efímera, figura de puente. Una vez franqueada la alta y gruesa puerta de madera se impuso a nosotros la autoridad monacal del lugar. Había unas pocas personas más. Esperábamos a que viniera a buscarnos el monje que nos serviría de guía dentro del recinto sagrado del monasterio. Mientras tanto otro monje vestido de paisano atendía las necesidades del negocio evangélico. Era un local acondicionado para la venta. A los que miraban sin comprar les estaba autorizado mirar sin tocar.

Llegó nuestro guía, un monje de poca estatura, hundido en el sayal donde sólo emergía unas extremidades muy blancas y finas, como el óvalo perfecto de su diminuta cabeza. Se encogió todavía más, desapareciendo del todo dentro del sayal cuando se le presentó un energúmeno alto, ancho de espaldas, con largas piernas, larga cabellera, sotabarba, mirada intensa, sombrero de alas anchurosas y reviradas, la consabida concha, el bordón. En fin, vestido así como se representa el Apóstol Santiago. Tuvo una risita nerviosa el monje ante tan ridícula vestimenta, tan pasada de moda. No, no estaban preparados ni dispuestos a recibir a otro Santiago. Porque quién era Santiago - comentó luego Marc-André - sino un peregrino con una fe expresiva, haciendo proselitismo; un predicador a quien la Iglesia abrió camino, sembrándolo de milagros, promulgándolos, autentificándolos.

Ya se había ido "Santiago". Nuestro guía, el monje, sacó la cabeza del sayal, como un diablo de su caja, alargó el cuello y se puso de puntillas para enseñarnos un vasto cuadro histórico donde se representaba la visita, no sé si de los Reyes o del Caudillo, al monasterio de Samos. Sí, aquí dentro imperaba otra época. Nuestro guía pasó revista de los lienzos, de las tallas, de los ustensilios litúrgicos, y dijo no sé qué de obras arquitectónicas y de techos artesonados. Marc-André se quedó boquiabierto frente al altar mayor de la iglesia del monasterio por razones tanto opuestas a la religión  católica como al refranero popular que reza que no es oro todo lo que reluce. En cuanto a mi primo, cuya figura encajaba tan bien con la solemnidad y austeridad del lugar, su presencia parecía afirmarse allí con más entereza e imponerse a nosotros dos su señorio u autoridad moral sin necesidad de comunicarse. En la penumbra de algunas moradas interiores de aquel Castillo de Dios, como si lo fueran de su alma, se veía relampaguear en sus ojos la llama espiritual que los alumbraba. Se ahuecaban sus facciones. Se ahondaba en su marcado carácter religioso. El misterio de un hombre estriba más en su muda presencia que en sus palabras. Nuestro guía que reclamaba toda nuestra atención lo hacía de la peor manera que haya: hablando mucho. Y para no apartar la vista de nosotros iba andando hacia atrás como un cangrejo. Que no eran brazos sino tenazas que iba desplegando y replegando sin nunca llegar a agarrarnos, ya que los tenía muy cortos y nos manteníamos siempre fuera de su alcance. 

Pero lo fuimos mirando con tristeza, hasta le tuvimos compasión. Este sentimiento cristiano era el único vínculo entre nosotros y el monje del monasterio de Samos. Se lo veía tan hambriento. Eramos su pan de cada día y cada día le llegaba menos. También cada vez menos sustancia encontrara en nosotros el enflaquecido monje. De nuevo fuera, no sé si por su mirada penetrante, o por el frío sepulcral que hacía allí dentro, o por la fachada principal digna de un panteón, a la cual ahora dábamos la espalda, sentimos correr un escalofrío por todo nuestro cuerpo.

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire