¿De qué podemos saber sino de nuestra vida? ¿Cómo puede nuestra inteligencia exceder nuestra vida? Tenemos la inteligencia de nuestra vida. En conformidad con nuestra vida. Conforme a la vida que nos permitió tener. Esta vida que sólo vemos a la luz de esta inteligencia. Tal vez si fuera otra nuestra inteligencia otra nos aparecera nuestra vida. Imaginársela distinta es ya vivirla distintamente. Pero no suele ser el caso ya que nos identificamos con ella: somos nuestra vida. Si le tocara a otro contarla y aunque la conocera tanto como la conocemos cuando nos hablaría de ella sería como si nos hablaría de otra vida. Eso es como lo del alma y del cuerpo: ¿quién ha visto a su alma y a su cuerpo ir por separado? Si yo hablo de mí hablo de mi vida, hablar de otra cosa sería hablar de lo que uno no sabe. Son muchos a hablar de lo que no saben. Se les complimentan. Mientras se le reproche a uno hablar de sí mismo. Tampoco quiere pasarse de listo quien habla de él. No pasa lo mismo con los que hablan de lo que no saben con una inteligencia que no tienen si la inteligencia de cada uno se limita a su vida, si la inteligencia humana no es más que una inteligencia de vida, de vida propia y no ajena. Entonces se pasan de listo. Y los que se les toman en serio se pasan de tonto. A uno no le sirve la inteligencia de un jefe de gobierno pero no puede prescindir de esta inteligencia que le permite gobernar su vida. Aquí está el quid de la cuestión: como nadie puede vanagloriarse de tener una inteligencia limitada al gobierno de su propia vida se luce de una inteligencia que querrá nada menos que ser universal, que extienda su jefatura a los demás. Tambien pretenderán a una verdad universal. Que cada vida tenga su verdad y que cada cual fuera en busca de ella o con pretensión de dar en ella, ya es mucho. Interesante sera luego para todos su verdad porque vivida no porque compartida.
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