Estaban corriendo en los corredores del metro parisino en estas altas horas de la noche donde ya nadie corre más para pillar su tren: es que no los hay, son unas pocas horas, el tráfico retomara su curso dentro de unas muy pocas y muy tempranas horas de la mañana y del día siguiente, mientras tanto estaban entonces solos los cinco hombres del équipo de seguridad del metro corriendo con su pistola en la mano menos él que así se les había adelantando mucho y llegó primero a la taquilla, les habían llamado por un atraco. Eran dos dentro de la taquilla que lo vieron irrumpir y levantarón asustados las manos como él les gritó encima. Pero como los compañeros tardaban en llegar uno de los dos volvió a sus cabales y se le escapó. Lo recogieron luego los de la pistola en la mano. Más paliza le dieron una vez esposado y tirado al suelo. Casí enseguida se arrepintió de haber participado a su detención. Podía pasar sobre el hecho de que le apuntara con su arma uno de sus colegas encontrándole allí, no siendo él más que una silueta o sombra entre las sombras, la iluminación de seguridad era deficiente, tal vez era su primera arrestación y le entró pánico, pero no que se descargue sobre quien difícilmente podría pasar por víctima puesto que era ante todo culpable de robo. Lo quería mucho a Sanchez y le dijo que no, que no tenía que disculparse. Habían ingresado en el servicio de seguridad del metro al mismo tiempo. Pero ¿cómo una tan buena persona podía cambiarse en este que vio tratar a patadas a pobres delicuentes sin defensa? Luego vinieron más, más équipos, y todos a tratarlos a patadas. Otros de su promoción. Otros de que si se les hubiera contado lo que habían hecho no se lo hubiera él creído. Lo de la lapidación. Lo de que todos le tirarían piedras a uno no era práctica de otros tiempos, de la Edad Media, porque no eran sólo los malos sino los buenos también que lo hacían. Se volvía cada vez más misántropo con ser espectador de tales actuaciones. Las motivaciones de cada uno serán distintas pero nadie en el momento de actuar querra distinguirse de los demás, se decía él. Pero no pudo más fraternizar con nadie. Si lo de ser una buena persona no bastaba. Si una buena persona podía actuar tan mal o peor que una mala persona (a veces le sorprendió en bien alguna mala persona) no se fiara él más a las buenas personas que en las malas personas. Ira incluso a preguntarse si las malas personas no se afirmaran más en tanto que personas y así seran más fiables, seran de más confianza, por lo menos uno sabe mejor a que esperarse con ellos, no pueden decepcionar, han enseñado claramente a la faz del mundo quienes son. Pero no por ello le atraía su companía, tampoco quería más trato con ellos que los que le obligaba tener el servicio. No quita que hay que revisar esta opinión de que los policías son gente de poca monta y violenta. Si se atiene uno a su actuación cómo no pensarlo. Pero él desafiaba cualquiera de actuar, a ver si no revisamos a partir de su actuación la opinión que de él tenemos, a ver también cómo se siente luego. Cómo se sintieron los que hicieron la guerra e prefirieron callar luego. Sucios sí todos sucios, asquerosos. Y nosotros los limpios, también mejor callar, a ver si nos toca actuar. Todo eso pensaba él como que de su vida algo tendría que callar, de algo tendría que avergonzarse, tal vez de eso mismo de haber sido demasiado espectador y demasiado poco actor, pero no, no de la lapidación.
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