mercredi 11 avril 2018

El doble


A veces se preguntaba, no se preguntaba, se decía que si dejaría hablar el otro en vez de hablar él, pero le resultaba imposible. Se daba cuenta de que le tomaba la palabra cuando no hablaban ambos a la vez. De allí que siempre le decían a él (ya que no sabían del otro, de su existencia) que era confuso y le pedían en vano que se aclaré.

Le había amargado su niñez, su infancia, su adolescencia, su juventud, y ahora, y ahora (disculpad si se repite y pensad mejor que no, no se repite, pero a veces coïnciden en decir lo mismo, están de acuerdo) en su edad madura, como para librarse de él o no se sabe si para conocérselo mejor trataba de siempre dejarle una vía propia no sé si de escape o de expresión libre.

Le costaba doble trabajo. Da igual siempre había trabajado doble y pasado por torpe y lento tanto le costó hacer la más mínima cosa. Vaya, qué pereza, le decían sin percatarse de que estaba cumpliendo doble trabajo en uno, cuando la parte adversa no se resistía tanto como para comprometerlo todo, lo que entonces le merecía una buena paliza que tanto lamentara que el otro no la sintiera también.

Lo de bilingue le salvo un poco del otro a quien había otorgado una lengua propia, porque muy bien se daba cuenta él que era el otro que hablaba castellano, no él, él era francès ; bueno, a menos que fuera lo contrario, pero eso importaba poco, esta última confusión no tendría consecuencia, que él sepa. Esto de ser bilingue o casí bilingue (era su lengua de estudio, la lengua que él estudió para el otro) le dio la idea salvadora.

Se puso tarde al ajedrez y allí también tuvo que vérsela con su doble pero ya tenía la solución. Primero hay que saber que los jugadores de ajedrez necesitan de un repertorio de aperturas con blancas y otro con negras. Se fue retrasando mucho, el tiempo necesario para tener dos con blancas y dos con negras, pero sorprendió luego a sus oponentes aunque no se sabe bien quien de los dos sorprendía a sus oponentes.

Eso, a modo de ejemplo, pero se iba haciendo más compleja la cuestión cuanto más íntima. Quería. Sí, quería el pobre hombre. Sí, quería el pobre hombre (otra vez disculpad si se repite y pensad mejor ...). Siempre partido en dos. A eso también tenía que encontrar un remedio. Una solución para ambos. No podía ser único su amor. De hecho no lo era. A pesar de que fuera él un hombre casado y honrado, muy fiel a su mujer, por fin le dejó al otro enamorarse de una catalana de lengua española, cuando su mujer era una catalana de lengua francesa, como si a su mujer también le había encontrado su doble.


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