vendredi 2 février 2024

El interno


Solía detenerse frente a una casa a izquierda de la pequeña subida que llevaba al internado. Era casi de noche. En el trópico la noche cae pronto. Ya había luz en las ventanas y acechaba sombras, silhuetas. No conocía a nadie pero le eran familiares. Cada miercoles que era día de salida para los internos pasaba a la vuelta delante de esta casa elegida entre otras por haber sorprendido allí, pura casualidad, la figura del padre, de la madre, y de la hermana que nunca llegó a tener. Recordaba que cuando había nacido el pequeño que no conocera al pensionato habían él y su otro hermano ahorrado algún dinerillo con quien se les pagaba menudas tareas fuera de las domésticas por otro lado obligatorias, para tener a una hermana que al fin de cuenta fue este mimado que se guardaba los juguetes y la casa y los padres para él solo cuando ellos estaban destinados a pasar de internado a internado y sin visita de los padres. Solo Abel Wadra (como bien le sonaba aquel nombre todavía) algunos fines de semana venía a recogerlos para llevarles a su casa donde vivía la tribu porque Abel Wadra era una buena persona que no sabía decir no, y su casa se volvía un albergue para todos los desgraciados de la tierra. Pero eran blancos como él los que veía deslizarse en las habitaciones alumbradas y podía entonces imaginarse que era su familia, y era en effecto como su familia de elección, a quienes no faltaba de ver cuando pasaba camino del internado los miercoles como a saludarles y asegurarse que siempre estaban aquí, al alcance de la mano, quien sabe si un día no se atrevería...No, bien se lo sabía, era solo un consuelo, había estado tan solo a lo largo del día y de su vagabundeo por Nouméa. A veces, no siempre, tenía para una sesión de cine y entraba para no estar más solo pero era tímido y se apagaba la luz y solo se veía la pantalla y había peleas como en el internado porque no salían más que películas de Bruce Lee o otros que pegaban saltos y se daban patadas. Otras veces prefería entonces tomarse a eso de las cuatro de la tarde un hot dog que era una salsicha con un poco de ketchup o de mostaza o bien un milkshake que era un batido de leche con fresa o platano, que todo eso lo vendían los asiáticos dentro de unos quioscos que es apenas si se les veía la parte superior del cuerpo y la cara inconmovible, impasible. Luego intentaba que le dure como para hacerle companía mientras caminaba sin destino por las calles, quitándole toda belleza y toda alegría su soledad al entorno que era sin duda el de una bella ciudad del trópico pero todavía sin turismo, tal vez, pensaba ahora, el turismo habría favorecido algún que otro encuentro, le habrían preguntado el camino y él se habra propuesto a acompañarles, habran cambiado algunas que otras palabras (que más da si fuera en ingles, no estaba él estudiándolo, tendra práctica), que eran muchas horas sin hablar a nadie. También le hubiera gustado hablar con los de la casa y por cierto les hablaba desde sus adentros, les decía que les había elegido como a su familia, que si quisieran adoptarle él no vería ninguna contra indicaciones en ello, y menos sus genitores que estaban lejos, en la punta norte de la isla, en un pueblo minero donde tenían ya a muchos niños que eran sus alumnos, por eso cuando volvían a casa estaran harto de niños menos el pequeño que se quedaba siempre con ellos como hijo único y como tal se portaba, mientras él era un internado y los internados eran como niños sin padres, que lloraban por las noches cuando se apagaban las luces para que no se les ve las lágrimas, para que no se los ve que no tenían padres, porque hacían como si los tuvieran, como si fueran orgullosos de tenerlos aunque no vinieran o muy poco a verles. Y cada visita era como un orgullo. Había que ver como se erguían cuando se les decía que tenían una visita, que casi no miraban más a los demás y se precipitaban a donde se les esperaba. Pero a los que llevaban tiempo en el internado cada vez venían menos a visitarlos, cada vez se les olvidaba más, cada vez se pensaba menos en ellos, y ellos ya no se precipitaban, debían haberse equivocado, iban a pasar una verguenza, los otros ya se reían, pero era Abel Wadra, Abel Wadra que esperaba tranquilo en su coche, Abel Wadra que porque era negro y él blanco no podía ser su padre le dirían si lo vieran, pero Abel Wadra se quedaba esperando tranquilo en su coche y él sabía que lo esperaba como su padre y a veces llegaba a querer ser tan negro como Wadra para poder ser su hijo de verdad. Pero de ellos sí, les diría a los de la casa, podía muy bien pasar por su hijo si lo adoptaran; y les confiaba un secreto que era que se preguntaba a veces si sus padres eran sus padres de verdad, quien sabe si la intuición no le hacía cada miercoles detenerse delante de su casa antes de entrar al internado porque habían apagado las luces o porque habían bajado las persianas o porque se le habían arrasado los ojos en lágrimas de desesperación. 

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