jeudi 11 janvier 2024

La víctima

 

No hay que fiarse mucho de su propio discurso. Pongamos que seamos víctima, pues lo somos doblemente si nos ponemos como víctima, si nos ponemos como víctima entonces lo somos también de nuestro propio discurso. Lo que menos se excusa. Si la víctima es pasiva, padece de un acto que le es contrario, en cambio no es pasivo quien construye su propio discurso como víctima. Además no es muy cierto que uno no haya participado un tanto, y no solo por su pasividad, a eregirse en tanto que víctima. O sea, lo mejor es siempre no fiar incluso desconfiar de su propio discurso, no encerrarse en él. Porque aquí no se trata de buscar justicia sino salida, cierta libertad hacia sí mismo como hacia los demás, y sobre todo de quedar abierto a todo discurso contrario, que no nos tomé al desprovisto como este espejo que a traición le devuelve su propio reflejo y le obliga a verse como nunca se ha visto y a admitir que no puede ser otro, que en otros términos puede dejarle confuso. No habra entonces uno que arrepentirse de haberse quedado tantos años prisionero de un discurso, y porque es siempre identitario, de una identidad errónea. De una cierta forma, y por lo tanto siempre es satisfactorio, le permite a uno mejor asumir su vida que no es su identidad sino un compromiso con los demás en lo que hay que admitir que uno no se lleva siempre la mejor parte, no se la tiene siempre de ganar. Si eso es ser víctima no lo es entonces de una forma absoluta tal como se suele entender y definir, siendo además sujeto a infinitas correcciones y sacando de ello igualmente infinitas lecciones.

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