Ya no se sentía capaz de amor. Ya vendría a él el amor que no sería capaz de acogerle ni siquiera tal vez de reconocerle. Quien se lo creería. Había sido un enamorado ejemplar, casí con vocación o proporción o buenas disposiciones a serlo diríamos. Las pequeñas criaturas que había amado tanto les parecían ahora tan desprovista de encanto que tenía por fuerza que reconocer que solo podía proceder de una imaginación enfermiza y de una falta total de sentido de la observación como de espíritu crítico. Debería haberle saltado a los ojos las evidentes imperfecciones de estas pobres criaturas. Debería haberles amado por caridad, por compasión, pero no con pasión que era como los había amado. Se lo explicaría todo el rebullir de la sangre creando o provocando una gran emoción cegadora. Se necesita un flash para enamorarse. Ya en sí una gran potencia creadora, iluminadora, de un mundo ireal y fantasmagórico, pero también un pérdida total del sentido de la realidad, casi del conocimiento, un desmayo de la inteligencia. Cómo, se preguntaba, los hombres podían añorar este tiempo de los amores. No dice el poeta: "il n'y a pas d'amour heureux". No, él no fue feliz en amor, pero quién fue feliz en amor. Y qué decir de lo que resultaba del amor, de lo que engendraba el amor, de los avatares del amor. Eso se lo explicaba todo. Mejor quedarse allí y por ello muchos volvían al tiempo de sus amores. Por suerte no era el caso de quien los amores fracasaron a tiempo, o sea antes de los avatares. No tenía él entonces que sentir nostalgia hacía pasados amores. Mejor sentía ahora la mujer como más próxima, casi como una hermana, que todos éramos para él como hermanos y hermanas, tal vez porque menos a su contacto se sentía enajenado, alienado por eso del amor, sino fraternalmente próximo en el doloroso vivir, en la fastidiosa cotidianidad. De un cierto modo volvía a amarla por su dulzura por mucho que quisiera ser tan dura como el hombre, todavía cierto es por su diferencia anatómica como por sus acusadas formas que eran de suavidad y dulzura por mucho que el tiempo añadiéndose a los tiempos también tendera a borrarlas, a escamotearlas. Pero sobre todo por estas sus infinitas e indefinidas diferencias que solo, tal vez con la madurez, empezaba a notar claramente cuando se solía llamar el misterio femenino por los que la habían propulsada a mito porque no querían reconocer en ella a su hermana, a la hermana de su hermano el hombre. No se confundían pero sí se notaba que eran de la misma familia, el parentesco humano. No eran diosas. Ni siquiera diosas del amor. A ellas también le costaba caro el amor. A ellas también les cuece el amor, el fuego del amor, cuando sin cuidado se le acerquen, cuando sin cuidado les deja. Ah! queridas brujas, queridas brujas que fueran quemadas por los hombres. No podía él evitar de pensar, pero sería una heresía, que un mundo sin amor tal vez sería mejor a este mundo donde tanto daño el amor hacía a todos.
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