dimanche 7 janvier 2024

El suicida


De todo el año de la mili no había recibido noticias de los suyos. Que no volviera a casa si le daban permiso, para qué, le dijeron, sirviera a los padres que los hijos hicieran la mili sino ... Y no sólo no volvió pero por mala fortuna más que por mala conducta fue llevado a la cárcel y tuvo un supplemento: algunos meses más. La verdad, no sabían qué hacer con él. Igual que los pasaba a los padres. Igual fueron mejor con él. Se sintió bien en la cárcel. Se sintió libre en la cárcel. La cárcel le había liberado. Luego todo le importaba. Y fue libre. Entonces fue cuando le mandaron a un cuartel de los de la reserva. No entendía él muy bien que unos después de cumplir con sus obligaciones tuvieron ganas de volver. Pero así ocurría como pudo darse cuenta. Ya no era la mili. Era otra mili para nostálgicos y para que tengan todavía mejor recuerdos que los que se habían forjados con los años. Oía él a sus cantos patrióticos. También cantaban los pájaros. Ya era el verano. Pensaba a su novia. Tampoco tenía noticias de su novia. Pero era en verano cuando iba a verla. No podría este verano. Pasaban nubes tan claras, tan ligeras, ya nada le inquietaba, ya todo era como esas nubes claras y ligeras, apenas si le velaban un sol que nimbaba y suavizaba el paisaje de su dulce luz.

Fue entonces cuando le llamaron. No tenía él un título de socorista. Estaba un militar tendido en el suelo. Tenía esta calma a la que él tanto aspiraba. Sin embargo querían que volviera a la vida, que se animara, que se agitara, que tenga angustia, que tenga vida. Porque parecía que se la había quitado o que se estaba yendo y que no tenía intención de recobrarla. En effecto lo habían bien elegido. No había mejor que él para entenderlo. Sin embargo hizo todo lo posible para que volviera a la vida. Repitio los gestos aprendidos. El masaje cardíaco. El boca boca. Pensara a su novia o que su novia era un suicida o mejor la muerte en persona. Tenía la cara tan blanca, tan hermosa, era un angel caído, pero en el cuello esta cruel señal que le dejó la cuerda, eran como las marcas de una rueda de motocicleta que le hubiera pasado por encima y se hubiera hundido profundamente en su carne. Fue inútil. Todo fue inútil. Estaba muerto. Definitivamente muerto. Llegó un médico para constatar la muerte. Mucho más tarde vinieron los padres a reconocer al muerto porque es mucho decir: a reconocer a su hijo.

Parecían ser sus padres los que él vio el día siguiente o sea los padres del suicida. Aunque también hubieran podido ser los suyos. A menos que él los confundiera. La madre coqueta, con tantos militares que les acompañaban. El padre algo serio, grave, como de circunstancia, o como de siempre sabiendo guardar la compostura. Pero nada que traicionara la más mínima y auténtica pena. Sí, pudiera haber muerto él que hubiera sido igual. Volvían para un cuerpo, un cuerpo que les pesaría menos que la vida que le hubiera correspondido tener todavía. Se les notaba. No iría hasta decir el contento. Había unas formalidades, unos tramites que cumplir, luego, tan solo luego podrán soplar, relajarse. ¡Cuánto trabajo le habra dado este maldito hijo! Lo sabían desde el principio que no estaba hecho para vivir, pero se lo guardaban para ellos. ¡Cómo lo iban a decir a los militares! No fueran capaces de entenderlo. Ellos sí que eran sus padres. Entraron. A él no volvieron a llamarle. Tampoco le llamaran más tarde para la reserva. Tal vez había muerto aquel día, o era como si desde entonces pasara sobre su vida nubes tan claras, tan ligeras, que ya nada le inquietara, que ya todo será como esas nubes claras y ligeras, que apenas si le velarían un sol que nimbaría y suavizaría el paisaje de su dulce luz.

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