-¿Te suena ? le
preguntó.
Acababa de subir un tramo
de escalera. Era un primer piso. Y de dar en el timbre : un
manubrio pequeño como para muñeco.
-Sí, me suena
Pero como tardaba mucho en
decir a que le sonaba
-Es la Internacional
El hombre sonreía
mientras le tendía una mano fraternal.
P entró.
J le enseñó la
butaca y una franca mirada.
Se quedaron un rato sin
hablar.
¿Cómo
romper este silencio ? Era como una profanación. Lo sentiría J como una profanación. Pero ¿no lo había invitado, no había de
entrada dado la pauta con la Internacional ? P trataba de
tranquilizarse aunque volvía a sentir, a notar, esa disconformidad
que hay entre lo que uno es y la identidad que uno se forjó. Para P
era como si todos teníamos un carné de identidad falsificado y
trataremos toda una vida de vivir en conformidad con él. Un cura le
miraría así. ¿No son anti-clericales los comunistas ? Pero
todavía P se resistía a romper este silencio. Lo sentiría J como una
profanación, no podía dejar de pensar P.
J era
un hombre de estatura mediana y esbelta. Iba de paísano. Un vestir
simple pero no desaliñado. J tenía una cierta gracia natural
sin afectación ninguna que parecía proceder de toda su persona. P
ya había observado como una cierta educación podía denotarse no de
forma muy manifiesta, ostensible, porque no se debía al color de la
corbata o al barniz de los zapatos. Y la encontraba en un comunista y no de los menores ( en uno de la Internacional), en J, que le había hecho sentar
en una butaca, mientras se había sentado en otra a distancia respetable, que
no estaba justamente enfrente ni exactamente al lado suyo. Pero ahora
J se dirigía a las fotos de la pared para presentarle a su
familia.
Vivía solo
desde poco tiempo. Sin embargo, a P no le sorprendió. Como tampoco
le sorprendió que el piso fuera despojado de toda comodidad (menos
la de las butacas), de todo lo que hace « pequeño burgués »,
¿No era un
comunista ? Y no de los de pacotilla pero de la Internacional.
Seguramente era el orgullo de toda una vida de sacrificios al
partido, a la ideología y por qué no decirlo a la humanidad. Porque
había algo de profundamente humano en J pero como también en
otra época se pudiera sentir, notar, en algunos curas de parroquia
que vivirían profundamente su sacerdocio. Vivía solo desde poco
tiempo. Enero de este año, dijo J. Desde siempre, pensó P. ¿No
era J un hombre del silencio, del recogimiento ?
Le habló
J, pero sobre todo lo dejó hablar aunque sentiría como una
profanación de su silencio sagrado estas palabras tan burgués y
prosaícas de P. Las oiría J como un cura dentro del
confesionario las confesiones de un feligrés cualquiera dando a las
banalidades de su vida como de sus pecados una importancia
desproporcionada y ridícula, como si fuera el centro del universo y
no existieran otros problemas que los suyos, cuando no haría más
que añadir su voz al mundanal ruido y profanar su silencio sagrado.
No obstante, J sabía portarse con decoro. Con buenas palabras le
encaminara a buenas consideraciones. Con elevadas reflexiones y
referencias intentara dar más nivel a su conversación.
Pero P no
tenía memoria y mucho tiempo después sólo se acordara del manubrio
de muñeco y de ese sonido de timbre que no era un sonido de timbre
sino la Internacional. De la sonrisa cordial de J, de su mano
tendida y de su franca mirada. De su porte y de sus silencios. De sus
silencios y cuando dijo : la Internacional, porque P lo miró, y
vió, y sintio, y notó, lo que podía representar para J la
Internacional, toda una vida, aunque fuera toda una vida equivocada,
su carné de identidad, aunque fuera su carné de identidad
falsificado. Porque se decía P a sí mismo nunca sabemos lo que
somos nosotros los hombres de buena voluntad : ¿Un cura disfrazado
de comunista o un comunista disfrazado de cura ? Y P que era un
comunista disfrazado de cura (en su carné de identidad falsificado
venía cura) se puso a cantar la Internacional como si se la supiera
de memoria.
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