vendredi 11 mai 2018

La Internacional


-¿Te suena ? le preguntó.
Acababa de subir un tramo de escalera. Era un primer piso. Y de dar en el timbre : un manubrio pequeño como para muñeco.
-Sí, me suena
Pero como tardaba mucho en decir a que le sonaba
-Es la Internacional
El hombre sonreía mientras le tendía una mano fraternal.
P entró.
J le enseñó la butaca y una franca mirada.
Se quedaron un rato sin hablar.

¿Cómo romper este silencio ? Era como una profanación. Lo sentiría J como una profanación. Pero ¿no lo había invitado, no había de entrada dado la pauta con la Internacional ? P trataba de tranquilizarse aunque volvía a sentir, a notar, esa disconformidad que hay entre lo que uno es y la identidad que uno se forjó. Para P era como si todos teníamos un carné de identidad falsificado y trataremos toda una vida de vivir en conformidad con él. Un cura le miraría así. ¿No son anti-clericales los comunistas ? Pero todavía P se resistía a romper este silencio. Lo sentiría J como una profanación, no podía dejar de pensar P.

J era un hombre de estatura mediana y esbelta. Iba de paísano. Un vestir simple pero no desaliñado. J tenía una cierta gracia natural sin afectación ninguna que parecía proceder de toda su persona. P ya había observado como una cierta educación podía denotarse no de forma muy manifiesta, ostensible, porque no se debía al color de la corbata o al barniz de los zapatos. Y la encontraba en un comunista y no de los menores ( en uno de la Internacional), en J, que le había hecho sentar en una butaca, mientras se había sentado en otra a distancia respetable, que no estaba justamente enfrente ni exactamente al lado suyo. Pero ahora J se dirigía a las fotos de la pared para presentarle a su familia.

Vivía solo desde poco tiempo. Sin embargo, a P no le sorprendió. Como tampoco le sorprendió que el piso fuera despojado de toda comodidad (menos la de las butacas), de todo lo que hace « pequeño burgués », ¿No era un comunista ? Y no de los de pacotilla pero de la Internacional. Seguramente era el orgullo de toda una vida de sacrificios al partido, a la ideología y por qué no decirlo a la humanidad. Porque había algo de profundamente humano en J pero como también en otra época se pudiera sentir, notar, en algunos curas de parroquia que vivirían profundamente su sacerdocio. Vivía solo desde poco tiempo. Enero de este año, dijo J. Desde siempre, pensó P. ¿No era J un hombre del silencio, del recogimiento ?

Le habló J, pero sobre todo lo dejó hablar aunque sentiría como una profanación de su silencio sagrado estas palabras tan burgués y prosaícas de P. Las oiría J como un cura dentro del confesionario las confesiones de un feligrés cualquiera dando a las banalidades de su vida como de sus pecados una importancia desproporcionada y ridícula, como si fuera el centro del universo y no existieran otros problemas que los suyos, cuando no haría más que añadir su voz al mundanal ruido y profanar su silencio sagrado. No obstante, J sabía portarse con decoro. Con buenas palabras le encaminara a buenas consideraciones. Con elevadas reflexiones y referencias intentara dar más nivel a su conversación.

Pero P no tenía memoria y mucho tiempo después sólo se acordara del manubrio de muñeco y de ese sonido de timbre que no era un sonido de timbre sino la Internacional. De la sonrisa cordial de J, de su mano tendida y de su franca mirada. De su porte y de sus silencios. De sus silencios y cuando dijo : la Internacional, porque P lo miró, y vió, y sintio, y notó, lo que podía representar para J la Internacional, toda una vida, aunque fuera toda una vida equivocada, su carné de identidad, aunque fuera su carné de identidad falsificado. Porque se decía P a sí mismo nunca sabemos lo que somos nosotros los hombres de buena voluntad : ¿Un cura disfrazado de comunista o un comunista disfrazado de cura ? Y P que era un comunista disfrazado de cura (en su carné de identidad falsificado venía cura) se puso a cantar la Internacional como si se la supiera de memoria.

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