El escritor
se siente cohibido. Sabe de sus lectores que se van reduciendo ¿habrán puesto su nivel de exigencia más alto? Es un escritor de minoría.
Tiene mucha conciencia de ello. Y que, si así se puede decir, cada
vez lo es de más minoría. No puede evitar sentir a la vez angustia
y orgullo. Llegará un día, y lo sabe muy bien, que escribirá para él
solo, como también sabe que pondrá entonces la máxima exigencia en
ello y que eso le conducirá inevitablemente a dejar de escribir. Por
eso no cree mucho a lo de uno escribe para sí. Para sí, lo dicho
nunca está bien dicho, nunca del todo refleja lo sentido, lo
pensado, se ha perdido algo en el camino ; en el tránsito del
sentir, del pensar a su expresión no se puede evitar el desperdicio, todo es aproximación. El
escritor más que nadie, que ningún lector lo sabe y si fuera
sincero consigo mismo dejaría de escribir. Pero no puede. Parece que
no puede. Hablan de herida cuando lo que se escribe sobre el papel es
como lo que se escribe sobre la piel, no es más que una lacra :
la huella -dice el María Moliner- anatómica o fisiológica dejada
por un daño físico o una enfermedad.
El escritor está enfermo y se
cura escribiendo : de ahí esta lacra que no es una herida sino
resultante de una herida que más bien es una enfermedad para muchos
incurable. Mientras se le va aumentando la presión arterial y ya no
fluye tanto la escritura. El lector como un invisible mal le apretara
cada vez más en comunicar mejor lo que siente, lo que piensa,
poniendo en tela de juicio la autenticidad de sus decires o se
sentiría él cada vez más responsable de sus escritos.
El escritor
no sabe lo que le pasa. ¿Para qué andar con tantos remilgos? Quiere
hacerse rezar. O duda. Duda de que está realmente enfermo. Un poco
hypocondríaco, eso sí. Pero para escribir hay que estar realmente
enfermo y él está bien. Puede conformarse, como todos los lectores,
con leer, pura medicina, antídoto, que le permitiría vivir sin
escribir. Además, como queda dicho es un escritor de minoría, cada
vez de más minoría, o sea no le faltara a nadie, a casí nadie, el
antídoto, que procura administrarles. A ver si ahora se siente como
un médico responsable de vidas ajenas. Además podría preguntarse
si retirar su antídoto del mercado libre no sería una medida de
salud pública conveniente : si no les convendría otras
lecturas a sus lectores equivocados por la aparente autenticidad de
lo que les propone. No deja sin embargo de sentir esta presión que
le impela a escribir como a no escribir, a escribir que no escribira
nunca jamás, lo que le suena a palabra de borracho.
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