Esta noche
te voy a dar una historia, le escribió a Eugenia. Eugenia escribía
relatos. La conoció en la presentación de uno de sus libros. No
volvieron a verse más, pero correspondían. De lejos en lejos le
llegaba un e-mail de Eugenia, nunca una carta. Ni siquiera habían
cambiado sus direcciones. Y menos un beso. Aunque sí, en el último
e-mail le mandó Eugenia un beso, quiza el primero. Esto seguro le
animó a contarle esta historia de la china de Hong Kong que conoció
en el Puerta del Sol. Tampoco sabía muy bien si contársela y menos
porque se la iba a contar, aunque no faltaba de haber una cierta
correspondancia que por seguro se le escapaba. Le llevara impulsos,
intuiciones, llegara tal vez a tener oscuros y confusos pensamientos,
cuando no presentimientos, su vida interior sería una maraña de
sentimientos y razonamientos de donde no saliera nada claro. Tampoco
se podía esperar mucho más de sus recuerdos. Y esta historia del
Puerta del Sol empezaba a fechar. Ya no había más Puerta del Sol.
Pero le sonaba bien intitular su historia el Puerta del sol pensando
en la china de Hong Kong y en el antiguo tren que venía de España,
venía o iba de una capital a otra : Paris-Madrid, Madrid-Paris.
Por eso le escribía a Eugenia, para que ella que tenía las ideas
más claras y mejor dominio del idioma volviera a escribirlo bien.
Por eso se le escribía a Eugenia y por otra cosa que no dejaba de
escaparle.
A la china
de Hong Kong, la había conocido en el Puerta del Sol mucho antes de
que llegaran a Paris. Estaba metido con ella el revisor. La china
hablaba algo de inglés y el revisor como era de esperar no entendía nada de
inglés y menos de chino. Entonces sirvió de intérprete por lo poco
que sabía de inglés y lo mucho que sabía de español. O sea el
español le sirvió más que el inglés, pero como lo importante era
hacerse entender del revisor español la sacó de apuro. Recuerda que le
sonrió la china de Hong Kong y que no le gustó porque por un
momento dejó de verle los ojos. Bueno, eso no está seguro. La
verdad no podía estar muy seguro de nada ahora, 25 años más tarde,
pero quizá le vendría bien a Eugenia escribirlo así. Digamos
entonces que la china de Hong Kong le sonrió, aunque esto no esté
muy seguro, y que él (todo así parece más natural) se lo aprovechó
para ligar. Ahora recuerda haber vuelto a su compartimento a dormir lo que
le quedaba de viaje, mientras la china de Hong Kong se quedó en el pasillo. Eso, la verdad, encaja menos con lo de la sonrisa y lo de
ligar. Bueno, Eugenia vera como se lo puede arreglar, al final es
ella la que escribe relatos. El solo podía contar lo que recordaba y
era bien poco.
Salieron
juntos del tren, eso sí. Se la llevó él a un hotel muy cerca de la
estación de ferrocarril con una intención muy varonil que no se le
podía escapar a Eugenia. La china de Hong Kong no se había dormido
de la noche. Sí, porque (ahora se acordaba) había que precisar que
el Puerta del Sol era un tren de noche. Y él, el muy bribón, le
proponía descansar. La china de Hong Kong no era una mujer muy
guapa, pero no se trataba de belleza, no de pornografía sino de
erotismo, no de realidad sino de fantasma. Fantasmaba mucho él
mientras caminaban juntos hacia la habitación del hotel. Se la
representara desnuda haciendo contorsiones, mejor ondulaciones
voluptuosas y otorgándole caricias nunca probadas por él. Era una
cama grande. En ella se desplomó la china de Hong Kong. No había
manera de quitarle el vaquero. Besuqueaba como una adolescente.
Apenas tenía pecho como una adolescente. Pero no quería quitarse el
vaquero. Los zapatos sí se le fueron cayendo como de su propio peso
cuando se desplomó sobre la cama de matrimonio. Seguía él
forcejeando para quitarle el vaquero y ella, ella se …, a ella se le
vió una lágrima en los ojos. Entonces él dejó de forcejear para
quitarle el pantalón. Y ella, ella se lo quitó sola. Entonces fue
cuando él vio su pierna quemada.
Se tiró
sobre él con furia y lágrimas en los ojos. Ahora trataba de
calmarla. La acariciaba. La besaba. Pero no podía follar. No pudo
follar. Esta visión de la pierna quemada todavía, 25 años más
tarde, no se la podía apartar. La abrazó. Tal vez procuró darle
placer pero él no pudo. No pudo follar. La acompañó a su tren.
Algo le regaló, tal vez le dió un agua mineral. Y la miró
alejarse. Iría a Hamburgo donde se le esperaba un amigo, dijo, y
luego se volara a Hong Kong.
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