dimanche 29 janvier 2017

El peregrino de poca fe (capitulo tres: del camino que pasa a lo que pasa en los albergues)

Donde está el lento pasar de las horas, el suplicio de la gota de agua que todo lo atraviesa, el pesado caminar a lo largo de la interminable carretera, el lánguido transcurrir de las conversaciones, el panorama que se extendía ante nuestros ojos con inusitada lentitud, que todo se confunda en mi memoria. 

Mentira el correr de los dedos de las manos en el teclado del ordenador cuando se arrastraban los pies en el camino, pero con ganas estoy de hablar cuando anduve con desgana. Donde está la cochinada gris de los días de la vida, el agua estancada y turbia que marea, la larga y aburrida concatenación de los hechos que, como cadena cuyos eslabones con el tiempo aprietan, nos encierra, si anhelo en tan concurrido camino seguir las huellas que acaso fueron mías. 

Los peregrinos de ahora no levantan los ojos al cielo en busca de una ruta celeste empedrada de estrellas, mas bien los bajan hacia la tierra en busca de una flecha amarilla pintada en el mismo polvo del camino o en sus piedras, indicandóselos . En tales condiciones le fue (como lo tenía previsto mi tía) a mi primo de una ayuda preciosísima con mi natural bajeza o humildad - según como se mire - que me inclinaba a no ver más allá de mis pies, o sea, a donde los iba a poner mi primo.

Si bien recuerdo, llovía aquel día cuando salimos de León. Una lluvia tenaz y salpicona que no conocía descanso, más bien arreciaba. Cruzábamos descampados que no ofrecían más perspectivas que para una constructora inmobiliaria mientras que para nosotros no era más que barro y barro. También me mosqueaban estos coches y camiones que se alejaban a toda velocidad poniendo nuestra hazaña del día en ridículo. Y también mi primo que no quería nunca detenerse. Cuando no hay descanso del cuerpo el alma se rebela y nada se piensa ni dice con calma. 

¡Que Dios me libre de la ira!. Con la lluvia. Con los nervios a flor de piel - mojada - seguíamos con el mismo tema, o sea, me seguía machacando el primo que quería que dejara de tomar al escritor por Dios. Si bien, decía, querer escribir es, en una actitud de soberbia, querer igualar a Dios el único creador, presumir de ser como él inmortal, universal.
- No rompa la última atadura que con Dios tengo y es la escritura
Le dije con enojo, sintiéndome como defraudado en mis deseos, en mis esperanzas.
- Las escrituras
Corrigió mi primo. 
Era intratable. Pero no me daba por vencido. Le piqué diciendo que los escritores cristianos lo eran para dar más fondo a lo que decían o por lo menos presumir de ello: para que quien les lea piense sentir lo que siente uno cuando en vez de bañarse en una piscina se baña en alta mar y se exclama: ¡Hay fondo! ¡Hay fondo! cuando es que no alcanza entender lo que está escrito de forma que no lo entienda, que pierda pie. También le dije - reminiscencia de mis lecturas piadosas - que Santa Teresa debía más a los libros que a Dios. Teniendo yo libros y cómo tener soledad, que no habría peligro que me sacase de tanto bien, decía y así, más o menos, le dije yo a mi primo.

Mientras íbamos por estos derroteros fangosos los riachuelos crecían aunque no llegaron a ríos y, Gracias a Dios, por el camino pasaron peregrinos. Entre ellos algunas caras ya no nos eran tan desconocidas.
- Buen camino
- Buen camino
Nos decíamos los unos a los otros. Para mí éramos como nudos de una misma cuerda, una cuerda de nudos a la cual buscaba yo asideros; cuando para mi primo eran las cuentas de un rosario que pasara con los dedos de los pies. Guardaba silencio como si estuviera en un recinto sagrado. No era aquél el momento en que uno hace amigos, pensaba yo. Pasaron sin embargo como una lenta procesion silenciosa que sólo cambiaba saludos. Y más anhelaba yo nuestra llegada a todos al albergue, que tampoco sé si lugar de salvación o de perdición.

Al poco de haber entrado, cansado, hecho una sopa, encontré a Puci la Brasileña calentándose las manos al amor de la lumbre. Nos hizo sitio, a mi primo y a mí. Pero yo fuí quien - tan diestro en el manejo del castillano como si en el riñon del departamento de Letras Hispánicas hubiera nacido y me hubiera criado entre catedráticos - entabló la conversación con ella y de esta manera: 

Quien recobra el camino de esas manos delgadas
Que nunca alzaron leche sino a labio de adulto

Pero de nada o poco más que nada me sirvió valerme de lo que no era mío sino del señor Pereira. Además, de no haber tenido tanta prisa habría tenido mejor fortuna. Eran dos las Brasileñas y la de más edad era la que pasaba más frio y ahora se estaba calentando; la otra que se había retirado en su litera era hambre lo que tenía y de la mejor que se pueda tener a tan tierna edad, con tanta mocedad, no sé si me hago bien entender. Pero así va la vida que con mis manos rocé las de Puci y juntas las calentamos y quemamos un poco. No sé si me quemaban las llamas del hogar o el ardor de mi deseo o las manos de fuego de Puci o la verguenza en recordar a mi mujer. Sin embargo, candente causa del rubor de sus mejías como de las mías seguro que la tenía el calor que hacía aquí dentro del albergue y tan cerca de la chimenea.

Ahora si no pasó a mayores, si pasó por un ataque de romanticismo lo que era una embestida malograda, fue por cobardía o por falta de hombría mía; pero no por ella que se portó como una mujer se porta en semejante ocasión que es no perderse ni desperdiciarla. Pero no diría nada si no dijese lo que más me pesa y es donde va y donde se para mi conciencia. No faltara quien piense que en lo que le toca estoy libre y exento, ni quien diga que prescindo de ella. Es que no miro las cosas desde el punto de vista de la ética sino de la estética. Como que a los que engañan a su mujer bien les puedo entender pero no que se vanaglorian de ello como lo suelen hacer contándoselo entre amigos o gente del mismo jaez, porque eso sí que es feo. Tampoco es bonita la historia. Imagínese, como yo ya me imaginaba, que me hubiera bien funcionado la cosa con Puci, pues hubiera quedado mal, si, pero sobre todo feo con mi mujer. Pero siempre estamos como yo estaba corto de imaginación en cuanto a todo lo que se opone a nuestro placer. Y donde no veía más que otra historia de amor: la que en letras de fuego gravaba mi mano en la suya que me abrazaba no veía como al mismo tiempo se estaba dibujando como una cruz, la de mi lujuria, herida siempre sangrienta. Esta segunda e invisible historia sólo la veía mi primo que para esto tenía ojo y nos avisó a tiempo de que allí había otro chico, de profesión cocinero, que invitaba a comer.

Primero fuimos a buscar a Sonia, la otra Brasileña, la compañera de Puci. Cuando Puci corrió las cortinas que daban a un cuarto de dos literas apareció una bella orientale lascivamente tumbada en su cama, la cabeza recostada sobre un blando almohadón. Al vernos a todos se le subieron los colores a la cara y se pareció, aunque iba vestida, a la maja desnuda de Goya. Luego, cuando se sentó en la mesa con nosotros y repartió sus sonrisas (seguramente por no hablar con la boca llena) era como si fuera Puci la mesonera y ella una hija que en recuerdo del buen tiempo pasado le dejó un galán. Por ella sola dio el cocinero de comer a seis personas, que aparte de nosotros cuatro había dos más que hacían las veces de público: que siempre lo hay donde sucede algo. Qué bien comía mientras la comíamos con los ojos. El cocinero se sintió halagado cuando no enseñaba más que sus pocos años y mucha hambre. Quiso luego hablar conmigo el cocinero. Si gozando yo de una cierta intimidad con Puci pudiera interceder en su favor. Por ahí iba su demanda aunque no fuera muy explícita. En aquel momento llegó el primo y se cortó el cocinero.
- Es mi primo
Le dije simplemente
- No se te parece
Me dijo con descaro el pícaro cocinero.
La verdad, más bien le parecía yo a él o a los de su ralea. Hui, igualito a un perro cuando se ve retratado en un charco de aguas mansas y hediondas. 

El camino de Santiago lo tenía hecho el cocinero tantas veces que levantara alguna sospecha no acerca de su condición física sino moral. Más que una meta, más que un fin, parecía ser un medio para lograr otros fines. Oí como en un lejano eco las preguntas del señor Pereira : ¿Qué por qué lo hacíamos? ¿Qué si teníamos fe?. Es hora de acostarse, dijo mi primo, que mañana hay que madrugar. De ducha nada. Ducha habíamos tomado repetidas veces en el día bajo la lluvia tenaz y salpicona. ¿Y ropa seca para cambiarnos? Que nuestros empapados vestidos como empedernidos alcohólicos no querían devolver lo que habían bebido a tragos. Tal y cual me tiré en la cama contando con el sueño  para secarme el cuerpo y el alma que me parecían que lloraban las duras penas pasadas sobre el camino. Aquella noche tampoco pudé dormirla. LLegó a deshora la que la vispera saltando me sobresaltó. Enfrente del largo corredor estaba mi catre, el último al fondo del albergue. Si hubiera querido esperar su venida no hubiera podido colocarme mejor. No recuerdo. No quiero recordarme si fuera el caso. Hubo una sonrisa que yo diría cómplice sin romper el silencio de la noche, otra luz, otro relámpago y de nuevo la noche. Se acostó despuès de haber corrido la cortina que había quien sabe si a uso de mujeres recatadas. Tuve que resignarme y convencerme que me había equivocado sobre su cuenta o bien sabía ella algo sobre la mía de cuenta y el poco dinero que dejé en el otro albergue como en este, que ya era mucho porque juntando las dos noches no me hacía ni una dormida, por lo menos como un buen cristiano.

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