samedi 15 juillet 2023

El exiliado de la lengua


Le parecía que con esta lengua tocaba su tierra, que era la en que habitaba su pensamiento, ya que no se conocía otra, ya que él era como un exiliado de la lengua porque había vivido y vivía donde no se usaba dicha lengua que no era su lengua materna ¿Cómo iba a serlo? Si ya no se usaba en ninguna parte del mundo. Era lo que se llamaba una lengua muerta. ¿La habrá estudiado en no sé que manuscrito recondito o perdido?, caído entre sus manos por suerte o por desgracia, y al estudiarla conforme su conocimiento iba creciendo iba percatándose de que cabía perfectamente y exactamente en cada palabra su pensamiento, como su encadenación en largas oraciones le daba un temple casi místico, como ya era imposible lograr a partir de cualquiera lengua expurgada o aseptisada como lo eran todas en su época laíca de toda conotación o sentir religioso, y eso en nombre de la ciencia que imperaba en toda la superficie de la tierra. Se le revelaba un pensamiento como un sentir distinto pero que le era propio, a no ser que fuera propio a esta lengua arcáica porque cómo nombrarla de otro modo. Metía fin sin enbargo a su exilio cada vez que escribía no que hablaba ¿con quién iba a hablarla? encontrando en ella el lugar preciso e idóneo como queda dicho donde habitaba su pensamiento. Se guardaba muy bien de difundirlo, seguro como estaba que así escrito nadie menos él pudiera entenderlo. Este idioma actuaba sobre él como una revelación: nunca se hubiera pensado así o que pensara así como ella se le permitía pensar, que hacía de él otro ser convidado por ella a esta otro existencia que se le otorgaba por el simple uso de su palabra. Pudiera bien haberla inventada que no encontrada en su locura de exiliado, que ya no bien recordaba sino que a partir de aquel momento su vida cambió, tocó tierra el exiliado de la lengua. No alargaré más el cuento porque la dicha se pasa de comentarios pero me parece que María Zambrano la filósofa sabe muy bien de quien hablo y como encontrarlo: " Desde el fondo de la soledad y aún más de la desdicha, si es dado que una ventana se abra, se puede, asomándose a ella, ver, pues que andan lejos e intangibles, a los bienaventurados." pues en efecto lo es: bienaventurado por haberse topado, seguramente un día de lluvía en París no con la muerte (Me moriré en París con aguacero) como dice el poeta, sino con su lengua.

A  María Zambrano

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