El hombre de
la acera con gruesas lentes y cara bondadosa volvía como una imagen
remanente sin que supiera por qué.
Cuando se le
ocurría tenía que dejarlo todo incapaz como era de hacer nada sino
pensar en lo que pensaba. Se le podía sorprender en medio de
cualquier actividad. La dejaría. Esperaría que le pasé aquella
tormenta de pensamientos para retornar a la calma de una vida que no
le diera mucho que pensar.
El hombre de
la acera con gruesas lentes y cara bondadosa volvía como una imagen
remanente sin que supiera por qué.
Mientras
tanto se había detenido en su lectura de Los buenos amigos de Use
Lahoz en la palabra violo y no sabía por qué se había puesto a
pensar que una paliza era como un violo ya que se tocaba a la
integridad de un cuerpo con mucha violencia y que haber recibido
muchas palizas sería por consecuencia como haber sufrido muchos
violos. El dolor lo mismo, el trauma lo mismo. Sixto Baladia se
representaba el entierro del Vizconde. Habían puesto un placa
comemorativa en el nicho donde dormía su padre de un sueño eterno,
celebraban al director del Líceo francés de Madrid. Al entierro del
Vizconde se imaginaba Sixto Baladia elogiaran la figura de las
letras, del arte y de la banca. Quien supiera que lo había violado
cuando solo era un niño confiado y necesitado de un padre. Nadie.
Es ahora que
se lo piensa pero fue ayer cuando pasaron a la tele los éxitos de
Charles Aznavour y lo que hizo por Armenia y la buena persona que fue
y cuanto sufró y tardó en ser reconocido como el gran cantante y el
poeta y sí el buen hombre que era. Eso es, pensaba él, reconocido
no conocido. Que a nadie se conoce.
El hombre de
la acera con gruesas lentes y cara bondadosa volvía como una imagen
remanente sin que supiera por qué.
Y retomó su
calma y pudo volver a su lectura sin que le acometiara más la
tormenta de los pensamientos gracias por seguro a la recurrencia a la
persistencia a la presencia benévola de aquel hombre que lamentaba
no haber conocido cuando tanto le habría hecho falta.
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