dimanche 1 juillet 2018

Nuestras limitaciones


Nuestras limitaciones son invisibles porque si las viéramos no existirían. Las hubiéramos borradas a nuestras limitaciones porque no admitimos fronteras que prohiban el paso a nuestra voluntad, a nuestra inteligencia, a nuestra imaginación. Pero, como no las vemos a nuestras limitaciones, nuestras limitaciones existen. Su existencia invisible le parecía clara, evidente, aunque no se las notaba. No se las notaba a menos que se pidiera lo imposible. Por eso mismo que no debería haber imposible si no habría, se decía, estas malditas limitaciones invisibles y en tanto que invisibles imborrables.

Bajó del coche. Acababa de recorrer muchos kilómetros. Estaba en un estado de cansancio como de excitación máxima. Tantos años sin ver a su hermano mayor, Albert. Albert vivía en Toulouse. Volvía Pascual de España donde cada año veraneaba con toda su familia. ¿Por qué no hacerle una visita ? Les tocaba de camino. Se adelantó. Aquí adentro estaba su hermano. Aquí adentro, Pascual, cuídate. Pero no le sonó o no la oyó, del cansancio, de la excitación, aquella pequeña voz que nos pone sobre aviso cuando hay peligro. Y fue a dar contra el cristal tan limpico del bar que llevaba Albert desde tantos años en Toulouse.

Nadie sabe. La historia no lo dice. Si Pascual aquel día se preguntó si no se había pedido a sí mismo lo imposible y por lo tanto había dado de lleno en las limitaciones invisibles que tantos años les habían mantenido separados a los dos hermanos. Pero una cosa está segura es que nunca más Pascual volvería a ver a su hermano mayor, Albert. El choque fue tremendo. No se refiere uno al de Pascual con el cristal, que quien sabe si todavía estaría temblando o estremeciéndose, aún recorrido por invisibles ondas, pero a otro choque, más invisible todavía, que es el encuentro de dos hermanos ; cuyo encuentro para que fuera posible algunas invisibles limitaciones fueran franqueadas y eso no se hace sin que redunda en perjuicio de nadie.

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