Nuestras
limitaciones son invisibles porque si las viéramos no existirían.
Las hubiéramos borradas a nuestras limitaciones porque no admitimos
fronteras que prohiban el paso a nuestra voluntad, a nuestra
inteligencia, a nuestra imaginación. Pero, como no las vemos a
nuestras limitaciones, nuestras limitaciones existen. Su existencia
invisible le parecía clara, evidente, aunque no se las notaba. No se
las notaba a menos que se pidiera lo imposible. Por eso mismo que no
debería haber imposible si no habría, se decía, estas malditas
limitaciones invisibles y en tanto que invisibles imborrables.
Bajó del
coche. Acababa de recorrer muchos kilómetros. Estaba en un estado de
cansancio como de excitación máxima. Tantos años sin ver a su
hermano mayor, Albert. Albert vivía en Toulouse. Volvía Pascual de
España donde cada año veraneaba con toda su familia. ¿Por qué no
hacerle una visita ? Les tocaba de camino. Se adelantó. Aquí
adentro estaba su hermano. Aquí adentro, Pascual, cuídate. Pero no
le sonó o no la oyó, del cansancio, de la excitación, aquella
pequeña voz que nos pone sobre aviso cuando hay peligro. Y fue a dar
contra el cristal tan limpico del bar que llevaba Albert desde tantos
años en Toulouse.
Nadie sabe.
La historia no lo dice. Si Pascual aquel día se preguntó si no se
había pedido a sí mismo lo imposible y por lo tanto había dado de
lleno en las limitaciones invisibles que tantos años les habían
mantenido separados a los dos hermanos. Pero una cosa está segura es
que nunca más Pascual volvería a ver a su hermano mayor, Albert. El
choque fue tremendo. No se refiere uno al de Pascual con el cristal, que quien sabe si todavía estaría temblando o estremeciéndose, aún
recorrido por invisibles ondas, pero a otro choque, más invisible
todavía, que es el encuentro de dos hermanos ; cuyo encuentro
para que fuera posible algunas invisibles limitaciones fueran
franqueadas y eso no se hace sin que redunda en perjuicio de nadie.
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire