Estaba
leyendo. Se alejaba de su vida a todo vuelo. No podía mirar a la vez
su libro y su vida. Si eso fuera posible la hubiera visto tan
pequeña. Se había elevado tanto como llevado sobre las alas de la
imaginación. Al final le importa poco que fueran suyas o de otro las
alas, como de préstamo, mientras leía se las aprovechaba para verlo
todo desde el cielo. El Parnasse de los poetas estaba a su alcance.
Desde ahí todo parece tan precioso que le hubiera gustado quedarse
siempre a estas alturas. Desgraciadamente no era un Dios del Olimpo
sino un pobre ser humano. Pero a veces se quedaba tantas horas
leyendo que tomaba por suyas las alas prestadas. Entonces dejaba el
libro. Se decía que ya no le hacía falta. Quedaba viéndolo todo
desde el cielo. Pero ahora que no tenía el libro entre las manos era
su vida que veía. Sí, tan pequeña, pero no le disgustaba, no le
repelaba, no se hundía en ella, no era él más pequeño que su
vida, le pasaba por encima, estaba volando, aunque le parecía que
estaba perdiendo altitud y que no lo podía remediar. A veces se le
ocurría recoger sus impresiones, sus sentimientos, sus pensamientos,
todos elevados mientras estaba todavía a estas alturas volando, pero
no tenía mucho tiempo para ello. Estaba en caída libre. Siempre se
reprochó de ser muy lento. Entonces, recuperaba su libro y
reemprendía su lectura. Suerte, se decía, otros han sido más veloz
y puedo ahora gracias a ellos volar.
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